Rodríguez Saá
Ya hemos publicado en este diario la semblanza de tres candidatos al proselitismo que viene. Fueron Carlos Reutemann (en ese momento lo era), José Manuel de la Sota y Elisa Carrió. Hoy sumamos al ex gobernador de San Luis.
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Para Rodríguez Saá todas las adhesiones valen en su avance hacia la Casa Rosada, por ejemplo las de Aldo Rico y Hugo Moyano.
• Venezuela
Más actual, uno podría sostener que emula al modelo del venezolano general Hugo Chávez, una cierta debilidad por la «melange» (sin que esto remita a otras cuestiones de su pasado), donde se mezcla la tradición, el nacionalismo, una izquierda militante, garantía a los inversores, la ruta informática y un catálogo de soluciones facilistas. Un populismo primario, aunque -explica su creador- lo utiliza como etapa con las reglas básicas del fútbol americano: se sirve de un «equipo para ganar» y, luego, de otro «para gobernar».
En su deseada jura sueña que en el palco lo rodeen Fidel Castro, el Papa y George Bush. ¿Y qué menos?, diría un riojano famoso, con el cual a veces se compara. Aunque, justo es admitir que uno fue populista en su provincia como gobernador y luego liberal al conducir la Nación, mientras Rodríguez Saá ha actuado justamente al revés y predica con insistencia que mantendrá esa religión.
Lo que nadie tiene aún en claro es, al margen de esas fantasías, cuál será la naturaleza y dirección del «equipo para gobernar». No lo va a confesar el candidato por prudencia electoral y, también, debido a que en este particular momento logró una extraña amalgama personal: hoy acumuló su juvenil y revolucionaria participación en la «tendencia» peronista (una variante «light» de montoneros) con su continuado mandato burgués en la gobernación. Bazar para todos los gustos. De alguna manera, sus seguidores todavía no entienden esa mímesis y, en los distintos enclaves partidarios, ya hay pugnas evidentes entre esos dos sectores políticos, la eterna disputa de izquierda y derecha que acompañó al peronismo. Por ahora se impone la inclinación de izquierda -como se advirtió en su corta administración presidencial- determinada por el peso de su hermano Alberto y un grupo de asesores en los que aparecen como próximos el abogado de derechos humanos Alberto Zuppi (fugaz ministro de Justicia) y el periodista Horacio Verbitsky. Gente de mundo que, sin embargo, no se ruboriza por compartir filas con Aldo Rico. Tampoco esos vínculos parecen ofenderlo al ahora candidato a gobernador bonaerense de pasado carapintada y manifiesta posición antiizquierda. La cercanía del poder, la posibilidad de tocarlo, une a muchas voluntades.
• Militares
En el ejercicio de su semana de gobierno, sin embargo, hubo fuertes chispazos entre esos dos grupos: cuando se quiso sacar el decreto para encarcelar militares y después extraditarlos al juez Baltasar Garzón (lo que en parte ha hecho el magistrado Claudio Bonadío en esta etapa de Duhalde). No prosperó aunque salió divulgado en los diarios. Por alguna razón, Rodríguez Saá se disculpó ante los generales, no firmó nada y les prometió que «ningún oficial argentino le vería la cara a Garzón». Algo semejante ocurrió con la designación del actual jefe de Policía, Jorge Giaccomino, a quien Zuppi y otros colaboradores sepultaron con denuncias sobre su pasado y hasta descalificaron, en una reunión de gabinete inolvidable, con una catarata de agravios. Rodríguez Saá ni se inmutó: lo nombró igual. Sin beber puede tambalearse de un lado al otro para avanzar. Hace también a su estilo.
También estuvo enérgico, según él mismo confesó, con Héctor Magnetto del monopolio «Clarín», cuando le llevó el proyecto de ley de quiebras, el mismo que Duhalde luego asintió y un Congreso lobbiado sancionó y más tarde anuló. Entonces, en una reunión que no duró 6 minutos, Rodríguez Saá -de acuerdo a su versióndespidió al empresario que le garantizaba «protección» en sus medios a su gobierno si le aprobaban la norma. De ahí que luego el ex y breve mandatario cargara contra «Clarín» en cualquier entrevista pública, responsabilizando a ese monopolio (entre otros factores) de su caída. Justo es admitir que esa beligerancia no ha disminuido a pesar de que los instrumentos del monopolio son cada vez más generosos con sus fotografías. Si no puedes con tu enemigo, por lo menos únete a él (dogma de Magnetto).
Fue un muro de contención en esos episodios, pero se desconfía de él por otros desaliños populistas como la visita a la CGT empapándose de sudor con toda la burocracia sindical y prometiendo un repertorio de la década del '50. Populismo e izquierda son las vertientes que le atribuyen a su hermano Alberto, ex legislador y constitucionalista, casi excéntrico para la política por su inclinación a la plástica u otras preferencias intelectuales. Hombre que ha pasado por la vida silvestre, la soledad en la sierra y el cabello largo hace apenas unos años. Casi el perfil de un lector de «Le Monde» que en ocasiones gusta recluirse en una residencia puntana de dudosa inspiración estética: clavada en la piedra, casi blindada, toda de cemento con rieles y durmientes de ferrocarril, y no recomendable para distraídos ya que apenas se superan las combinaciones de seguridad para ingresar a su interior, uno se zambulle sin querer en la piscina que opera casi de palier.
Quienes se fastidian con Alberto, reconocen a cambio la devoción de Adolfo por su hermano. Aparte de tenerlo como único confidente -preside con «el portugués» Luis Luzquiño como asistente la «mesa chica» del Sheraton Hotel, único centro de decisiones del «adolfismo»-, a menudo repite sonsonetes cariñosos sobre la superioridad de su hermano, quien es «siempre el que mejor juega al bridge» o «no sabés lo que se van a cotizar los cuadros cuando él ya no viva». Quienes enfrentan a Alberto sostienen que a éste no le cabe siquiera la comparación con el uruguayo Pedro Figari, uno que simultáneamente fue reconocido político y mucho más notable pintor.
Ese es su dador de sangre intelectual (el cual, a su vez, se nutre de otros oficiantes de izquierda), más allá de equipos que hoy se instalan en la Capital con el ex ministro de Trabajo Enrique Rodríguez o el economista justicialista Jorge Benalcazar.
Este sanluiseño encara el sueño de ir desde la gobernación pequeña a la presidencia de la Nación, como James Carter de Georgia en 1968 o Bill Clinton de Arkansas en Estados Unidos. Claro, con la cultura política criolla que es distinta: se suele avanzar hacia arriba cuando se cansan de repetir mandatos en su provincia, como también Carlos Menem antes o Néstor Kirchner y Juan Carlos Romero ahora. Es una tendencia de estos tiempos en que la caída de prestigio de los congresales encumbró a los gobernadores.
Todo este último aluvión parece integrar el «equipo para ganar». Rodríguez Saá candidato, al margen de sus propias preferencias, parece apuntar al electorado de Elisa Carrió (de ahí las torvas declaraciones de ésta sobre él) para agregar condimento «gauchiste» a su figura de caudillo provincial, tocando en suma todas las cuerdas de la guitarra. Con eso solo ha armado un importante barullo, hasta aquí, en la campaña a presidente.




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