15 de agosto 2002 - 00:00

Rodríguez Saá

Ya hemos publicado en este diario la semblanza de tres candidatos al proselitismo que viene. Fueron Carlos Reutemann (en ese momento lo era), José Manuel de la Sota y Elisa Carrió. Hoy sumamos al ex gobernador de San Luis.

Para Rodríguez Saá todas las adhesiones valen en su avance hacia la Casa Rosada, por ejemplo las de Aldo Rico y Hugo Moyano.
Para Rodríguez Saá todas las adhesiones valen en su avance hacia la Casa Rosada, por ejemplo las de Aldo Rico y Hugo Moyano.
Presume Adolfo Rodríguez Saá de ser uno de los pocos candidatos del justicialismo que circula por las calles porteñas y no lo insultan. Al contrario, hasta repara en algún espontáneo que lo alienta. Orgullo o distintivo de efímera duración, tal vez, en esta época de cambios repentinos. Ha crecido sin duda por estar al margen de la gran batalla partidaria (Eduardo Duhalde versus Carlos Menem) y denunciarla en todo caso como si fuera un premeditado cohecho. En esa ruta propia cosecha adhesiones impensables, menos comprometidas con las partes en guerra, cabos sueltos y heridos de viejas reyertas (el militar Aldo Rico, el sindicalista Hugo Moyano, el radical Melchor Posse o el piquetero Raúl Castells, con arresto domiciliario). Y sube seguramente en las encuestas -sobre todo en el sector de no afiliados- por haber convertido esa vía lateral en un nicho productivo mientras los otros sueñan con la guerra por el monopolio. Pero hasta ahora es un nicho, tanto que la medalla que exhibe hoy Rodríguez Saá es la coincidencia que tanto Menem como Duhalde -gente que no suele coincidir- manifiestan sobre él: ambos juran que será uno de los dos protagonistas de la segunda vuelta. Eventualidad que al ex gobernador de San Luis le fascina: cree que esa alternativa última es el recorrido más corto a la Casa Rosada, confía en que los votantes de otros partidos lo preferirán ante cualquier otro candidato.

• Con fondos

También ascendió en los sondeos por otros elementos. Por ejemplo, haber primereado al resto de los postulantes en esta campaña presidencial (una réplica de los orígenes de Menem) manteniendo un recuerdo en la memoria colectiva como candidato de siempre (recordar que ya se reiteró inútilmente en la interna que ganó Duhalde llevando a Jorge Asís como segundo). Símil de otros gobernadores que, luego de cumplir más de un mandato -él ha batido todos los récords en el país desde San Luis- e insatisfechos con los límites provinciales, parecen obligados a una aventura nacional de magnitud. Como si el que puede lo menos, pudiera lo más, al revés de lo que dice el Derecho. Y, bibliotecas aparte, Rodríguez Saá es abogado. Tampoco debe despreciarse otro dato, vital en la política y en su última proyección: dispone de fondos y se ha decidido a gastarlos. En ese aspecto, hasta ahora le lleva ventaja al resto de sus competidores, algunos de limitados recursos, otros que reservan dinero para la etapa final -y no desean mostrar ostentación ante la sociedad- y aquellos de reconocida tacañería. A cada cual su sayo.

Aunque proviene de una administración provincial libreempresista, conservadora -y hasta feudal o de derecha según sus críticos-, su fama se incrementó con el default y por haber recibido a las Madres de Plaza de Mayo además de sus exageraciones (decir que iba a privatizar del Obelisco a la Casa Rosada) en esos 7 días de presidente que conmovieron al país. No fue lo único inolvidable de esa semana presidencial suya en la cual debe por un lado difusión nacional y algo externa gratuita. Pero también que los moderados le sigan desconfiando. Hubo bochornos como sus designaciones: ministro de Economía al duhaldista Rodolfo Frigeri, ya entonces y más hoy con serios problemas jurídicos por su devastadora presidencia en el Banco Provincia de Buenos Aires; Carlos Grosso resurgido que citó su inteligencia contra «un prontuario»; José María Vernet que cuando le preguntaron si iba a ser «canciller» respondió: «No, ministro de Relaciones Exteriores»; un ensoberbecido David Espósito que apenas presidió un día el Banco Nación y le tuvo que pedir la renuncia. Además, en esos 7 días promesas de dudoso cumplimiento (una millonada de empleos), improvisaciones varias y hasta su propia renuncia que aún le cuesta explicar.

Sin embargo, remontó esa imagen o la diluyó en muchos y hasta se podría decir que también capturó nuevas voluntades por anunciar el no pago de la deuda externa, lo que revela que existe una Argentina subyacente -y que muchos no entienden- dispuesta a violar contratos y no honrar obligaciones, representada no casualmente por un Congreso de pie aplaudiendo esa decisión, durante el interinato de Rodríguez Saá frente a su anuncio.

Porque Rodríguez Saá ha descubierto la conveniencia no sólo de ir por afuera del justicialismo, sino que persigue la creación de un movimiento que lo impulse: vasto, heterogéneo, contradictorio, voluble, sin demandar currículums o antecedentes. Primero la bolsa, después la vida. Finalmente, es un peronista y su modelo original intenta copiarse de lo que hizo el general en la década del '40. Cuando se cuenten los votos se sabrá de su imposible utopía o de la eficacia de su plagio.

• Venezuela

Más actual, uno podría sostener que emula al modelo del venezolano general Hugo Chávez, una cierta debilidad por la «melange» (sin que esto remita a otras cuestiones de su pasado), donde se mezcla la tradición, el nacionalismo, una izquierda militante, garantía a los inversores, la ruta informática y un catálogo de soluciones facilistas. Un populismo primario, aunque -explica su creador- lo utiliza como etapa con las reglas básicas del fútbol americano: se sirve de un «equipo para ganar» y, luego, de otro «para gobernar».

En su deseada jura sueña que en el palco lo rodeen Fidel Castro, el Papa y George Bush. ¿Y qué menos?, diría un riojano famoso, con el cual a veces se compara. Aunque, justo es admitir que uno fue populista en su provincia como gobernador y luego liberal al conducir la Nación, mientras Rodríguez Saá ha actuado justamente al revés y predica con insistencia que mantendrá esa religión.

Lo que nadie tiene aún en claro es, al margen de esas fantasías, cuál será la naturaleza y dirección del «equipo para gobernar». No lo va a confesar el candidato por prudencia electoral y, también, debido a que en este particular momento logró una extraña amalgama personal: hoy acumuló su juvenil y revolucionaria participación en la «tendencia» peronista (una variante «light» de montoneros) con su continuado mandato burgués en la gobernación. Bazar para todos los gustos. De alguna manera, sus seguidores todavía no entienden esa mímesis y, en los distintos enclaves partidarios, ya hay pugnas evidentes entre esos dos sectores políticos, la eterna disputa de izquierda y derecha que acompañó al peronismo. Por ahora se impone la inclinación de izquierda -como se advirtió en su corta administración presidencial- determinada por el peso de su hermano Alberto y un grupo de asesores en los que aparecen como próximos el abogado de derechos humanos Alberto Zuppi (fugaz ministro de Justicia) y el periodista Horacio Verbitsky. Gente de mundo que, sin embargo, no se ruboriza por compartir filas con Aldo Rico. Tampoco esos vínculos parecen ofenderlo al ahora candidato a gobernador bonaerense de pasado carapintada y manifiesta posición antiizquierda. La cercanía del poder, la posibilidad de tocarlo, une a muchas voluntades.

• Militares

En el ejercicio de su semana de gobierno, sin embargo, hubo fuertes chispazos entre esos dos grupos: cuando se quiso sacar el decreto para encarcelar militares y después extraditarlos al juez Baltasar Garzón (lo que en parte ha hecho el magistrado Claudio Bonadío en esta etapa de Duhalde). No prosperó aunque salió divulgado en los diarios. Por alguna razón, Rodríguez Saá se disculpó ante los generales, no firmó nada y les prometió que «ningún oficial argentino le vería la cara a Garzón». Algo semejante ocurrió con la designación del actual jefe de Policía, Jorge Giaccomino, a quien Zuppi y otros colaboradores sepultaron con denuncias sobre su pasado y hasta descalificaron, en una reunión de gabinete inolvidable, con una catarata de agravios. Rodríguez Saá ni se inmutó: lo nombró igual. Sin beber puede tambalearse de un lado al otro para avanzar. Hace también a su estilo.

También estuvo enérgico, según él mismo confesó, con Héctor Magnetto del monopolio «Clarín», cuando le llevó el proyecto de ley de quiebras, el mismo que Duhalde luego asintió y un Congreso lobbiado sancionó y más tarde anuló. Entonces, en una reunión que no duró 6 minutos, Rodríguez Saá -de acuerdo a su versióndespidió al empresario que le garantizaba «protección» en sus medios a su gobierno si le aprobaban la norma. De ahí que luego el ex y breve mandatario cargara contra «Clarín» en cualquier entrevista pública, responsabilizando a ese monopolio (entre otros factores) de su caída. Justo es admitir que esa beligerancia no ha disminuido a pesar de que los instrumentos del monopolio son cada vez más generosos con sus fotografías. Si no puedes con tu enemigo, por lo menos únete a él (dogma de Magnetto).

Fue un muro de contención en esos episodios, pero se desconfía de él por otros desaliños populistas como la visita a la CGT empapándose de sudor con toda la burocracia sindical y prometiendo un repertorio de la década del '50. Populismo e izquierda son las vertientes que le atribuyen a su hermano Alberto, ex legislador y constitucionalista, casi excéntrico para la política por su inclinación a la plástica u otras preferencias intelectuales. Hombre que ha pasado por la vida silvestre, la soledad en la sierra y el cabello largo hace apenas unos años. Casi el perfil de un lector de «Le Monde» que en ocasiones gusta recluirse en una residencia puntana de dudosa inspiración estética: clavada en la piedra, casi blindada, toda de cemento con rieles y durmientes de ferrocarril, y no recomendable para distraídos ya que apenas se superan las combinaciones de seguridad para ingresar a su interior, uno se zambulle sin querer en la piscina que opera casi de palier.

Quienes se fastidian con Alberto, reconocen a cambio la devoción de Adolfo por su hermano. Aparte de tenerlo como único confidente -preside con «el portugués» Luis Luzquiño como asistente la «mesa chica» del Sheraton Hotel, único centro de decisiones del «adolfismo»-, a menudo repite sonsonetes cariñosos sobre la superioridad de su hermano, quien es «siempre el que mejor juega al bridge» o «no sabés lo que se van a cotizar los cuadros cuando él ya no viva». Quienes enfrentan a Alberto sostienen que a éste no le cabe siquiera la comparación con el uruguayo Pedro Figari, uno que simultáneamente fue reconocido político y mucho más notable pintor.

Ese es su dador de sangre intelectual (el cual, a su vez, se nutre de otros oficiantes de izquierda), más allá de equipos que hoy se instalan en la Capital con el ex ministro de Trabajo Enrique Rodríguez o el economista justicialista Jorge Benalcazar.

Este sanluiseño encara el sueño de ir desde la gobernación pequeña a la presidencia de la Nación, como James Carter de Georgia en 1968 o Bill Clinton de Arkansas en Estados Unidos. Claro, con la cultura política criolla que es distinta: se suele avanzar hacia arriba cuando se cansan de repetir mandatos en su provincia, como también Carlos Menem antes o Néstor Kirchner y Juan Carlos Romero ahora. Es una tendencia de estos tiempos en que la caída de prestigio de los congresales encumbró a los gobernadores.

Todo este último aluvión parece integrar el «equipo para ganar». Rodríguez Saá candidato, al margen de sus propias preferencias, parece apuntar al electorado de Elisa Carrió (de ahí las torvas declaraciones de ésta sobre él) para agregar condimento «gauchiste» a su figura de caudillo provincial, tocando en suma todas las cuerdas de la guitarra. Con eso solo ha armado un importante barullo, hasta aquí, en la campaña a presidente.

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