5 de abril 2006 - 00:00

Rodríguez, testigo mudo en tragedia boliviana

Enrique Rodríguez
Enrique Rodríguez
Ni la Argentina es una isla perdida y desconocida del Pacífico, ni Enrique Rodríguez (ministro de Producción de la Ciudad) puede imaginarse ser un náufrago que casualmente encalló en ese archipiélago. Por el contrario, ha sido ministro de Trabajo de la Nación en los 90 -venía de una carrera en lo laboral que lo hizo próspero-, luego fue dos veces legislador porteño y desde hace un año ocupa funciones jerárquicas en la Municipalidad. De ahí que interesaran sus impresiones sobre el incendio en Caballito que causó la muerte de 6 personas (4 niños), el problema de las inspecciones y la seguridad, también la consecuencia de ese drama: la existencia de trabajo esclavo en la Argentina con víctimas -en ese caso- de la comunidad boliviana.

Habló Rodríguez en el programa de Joaquín Morales Solá y, lo curioso, es que frente al luctuoso acontecimiento, pareció más un espectador que un protagonista. Dijo, por ejemplo, que él conocía (porque ha tratado -según él- hasta con 20 mil bolivianos en el país) de la existencia de esas labores esclavas, aunque no de la magnitud que representaban. Confesión que no lo releva de ninguna responsabilidad: si sabía, ¿por qué no procedió o al menos denunció? Curioso: más de una década con responsabilidades en ese rubro y jamás se pronunció.

Siguió en el diálogo con el periodista describiendo las distintas formas de prisión obrera que padecen los bolivianos traídos al país para la industria textil -sistema más cruel que el aplicado a los que ejercen tareas en la construcción, señaló versado-, cómo involucra inclusive a grandes empresas y, casi un observador crítico y preciso de esas iniquidades, las comentó sin asumir cargos a pesar de su trayectoria en la materia. Hasta que llegó a una frase terrible: «A partir de la muerte (de las seis personas), digamos que empieza la sensibilidad sobre esto, inclusive del propio gobierno». Casi insólito.

Después, apartado del tema laboral, incursionó en las inspecciones a los establecimientos como el siniestrado, descubriendo en el programa -como si no lo supiera de antes- que éstas no se realizan a menos que haya denuncias. «Claro, es absurdo», reconoció, aunque no agregó información sobre si alguna vez -con toda su experiencia de legislador y funcionario- se ocupó de este disparate. Mucho más cuando añadió que, a pesar del presupuesto municipal y de una planta de unas 100 mil personas (sin hablar de contratados), la Municipalidad sólo cuenta con 18 inspectores para la construcción y apenas 17 para el resto de todas las otras actividades industriales.

  • Promesa

  • Como el reportaje incurrió en otros aspectos, también su promesa de ministro nuevo para cambiar estas anomalías, no podía cerrar Rodríguez sin otra perla inolvidable: fue al referirse, casi con exaltación, a la voluntad laboral, a la costumbre de trabajar que muestran todos los bolivianos. Al contrario «de los que reclaman subsidios». O sea, los argentinos. Sonriente, le admitió a Morales Solá -seguramente para no herir susceptibilidades- que se refería a una parte de los argentinos. Debut poco feliz del ministro en TV, poco serio para asumir una catástrofe en esa isla desconocida del Pacífico, la Argentina, de la cual vive hace 15 año casi sin darse cuenta.

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