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4 de marzo 2008 - 00:00

Sede impedida

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Raído, persiste el sordo conflicto entre el gobierno argentino y la Iglesia Católica. Extraño malestar con un Vaticano tan amplio que envía a un delegado a Cuba y éste se olvida de quejarse por los detenidos políticos, mientras que en Buenos Aires la alta prelatura se ocupa por impedir marchas o protestas de los feligreses contra los seguidores de Hebe de Bonafini que utilizaron como baño la Catedral. Comprensiva en exceso la Santa Sede en ciertos ruedos, más intolerante en otros. Se sabe que bloqueó (al no responder en término) la designación del ex ministro Alberto Iribarne como embajador argentino ( justificativo: es divorciado) ante la Iglesia. Gaffe inaudita de la Cancillería local (se cree que dispone y paga por una Subsecretaría de Culto), ya que el Vaticano en los últimos años sólo aceptó en su cuerpo diplomático a tres embajadores separados (uno que hizo el trámite en sede religiosa y los otros dos, sólo casados por civil). Ningún divorciado. Lo de Iribarne, de aceptarse, hubiera sido un novedoso precedente. Si falló Jorge Taiana, algo en picada en estos meses, la imprevisión también se extiende a todo el gobierno y, por supuesto, al silencio del designado, quien debió admitir su obvia limitación. Pero, como también se sabe, en lugar de aceptar el entonces error de Néstor Kirchner, algunos colaboradores imaginaron una escalada de represalia: eliminar la Vicaría castrense, ya jaqueada por el tema del ahora jubilado cura Baseotto, fue uno de los proyectos. Hasta que, se enteraron, ese hecho implicaba que el Vaticano iba a considerar como «sede impedida» a todas sus iglesias o santuarios en jurisdicciones militares. Lo que no constituye solamente una declaración: supone que distintas autoridades religiosas, obligadas entonces a anular el carácter sagrado de esas «sedes impedidas» en todo el país, deberán quitar ornamentos y otros símbolos católicos en las iglesias. Ceremoniosamente y, tal vez, televisivamente.

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Demasiado costo para un gobierno que se reconoce católico (más ella que él), pero que no puede salir de la fría distancia en sus relaciones con la Santa Sede. A pesar de que allí se observa vista gorda para ciertos acontecimientos.

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