Para quienes aman la microhistoria, va el dato: la guerra entre Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde se inició en Santiago de Chile. Fue durante una comida de la que participaban, además del Presidente y su esposa, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y el ministro del Interior, Aníbal Fernández. Kirchner cortó la conversación y ordenó: «Díganle al chico de la ANSeS que elija si quiere ir al acto de la lealtad que organizó Duhalde o si quiere seguir en mi gobierno». La misión le fue encomendada a José Pampuro, el nexo más activo entre «el chico» Sergio Massa y la Presidencia.
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Pampuro le comunicó el veredicto a Massa, quien de inmediato decidió: «Quedate tranquilo que me quedo en el gobierno. Tengo un viaje a Washington, así que me viene bárbaro para no ir a Tres de Febrero». La anécdota vale porque se fijó un criterio: quien está con Duhalde corre el riesgo de ser expulsado del gobierno. Por primera vez se aplicó en el caso Massa. No hizo falta en otras situaciones, como la del propio Pampuro, la de Aníbal Fernández (quien firmó en su momento la solicitada a favor de Duhalde y en contra de Felipe Solá) o la de Ginés González García. A ninguno de ellos se les ocurrió siquiera ir a manifestar lealtades con su antiguo jefe. Tal vez ni fue necesaria una prohibición presidencial para que adoptaran esa conducta.
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