9 de junio 2005 - 00:00

Sin paz Kirchner y Duhalde: el problema son las damas

Cristina Kirchner
Cristina Kirchner
Finalmente uno debe incurrir, otra vez, en la densa y complicada pérdida de tiempo que significa escribir sobre la interna entre Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde en la provincia de Buenos Aires. Quizá porque el acuerdo entre ellos cada vez se vuelve más distante y la ruptura para las próximas elecciones -de producirse- podría derivar en consecuencias de tipo institucional, a partir del temerario e inútil desafío del mandatario por convertir los próximos comicios en un plebiscito. Y, como dicen en el tablón, en este ejercicio político tan particular de los peronistas ávidos, no se gana tanto por las ideas y talento de los participantes sino por la cantidad de dobles faltas que cometen sus jugadores.

El entuerto entre las partes -más allá de la hipocresía de Kirchner («tengo excelente relación con Duhalde») o la del bonaerense («estamos trabajando para el Presidente»)- ingresó en un capítulo de difícil resolución y, se supone, cualquier salida implica una «capiti diminutio» para el otro. Lo que el orgullo de ambos tal vez les impida aceptar. Y curiosamente, más allá de la velocidad y agravios mutuos que le imprimieron al conflicto (¿se podrá tolerar que a Chiche le dijeran que no tenía estatura para postularse o que a Kirchner le atribuyeran, sin que lo rectificara, que quería ganarle a Duhalde por un voto para terminarlo?), la realidad es que ellos hoy aparecen sometidos a la esclavitud de sus mujeres, a una dependencia que ni siquiera soñaron. Ya que en la posesión también está la servidumbre.

¿Se puede bajar Cristina Kirchner de la candidatura? Sin duda -ya que ni siquiera ha confesado su deseo de lidiar en la pobreza de la provincia-, pero ese retiro de un Kirchner supone el encumbramiento de un Duhalde. Y viceversa: si resigna su aspiración Chiche Duhalde, su marido es como si entregara el territorio que suponía escriturado a su nombre. O sea que más allá de entendimientos y promesas, negociaciones en las listas (tercios, mitades, vetos), acomodo de caudillejos y prebendas, el fenómeno simbólico de haber dejado prosperar las dos nominaciones femeninas ha encerrado a los dos protagonistas en un callejón sin luz. Complicación de esposas y de apellidos, default probable de cualquiera de los líderes, al extremo que algún imaginativo sospecha que la única forma de unificar al PJ en la provincia será con el apartamiento de las dos candidaturas y la habilitación de un tercero que no provoque rechazos.

Es cierto que Kirchner dispone de su mujer, políticamente, como si fuera un cuadro: la puede mandar a Buenos Aires, a la Capital o a Santa Cruz. También la puede descolgar o mandar a hacerlo. No sucede lo mismo con Duhalde, incapacitado de esa arbitrariedad masculina, por lo menos en estos tiempos. Debido a múltiples razones, ahora Chiche no es una dócil pieza a mover con facilidad en el tablero. Quizás él no haya pensado, al principio, que su dama sería la candidata; pero, la sucesión de provocaciones desde la Casa Rosada -lanzamiento inconsulto de Cristina, presiones del periodismo adicto, reparto de fondos a las intendencias y manifestaciones ultrajantes y personales de las que no se puede volver- lo han obligado a perpetuar su alternativa. Por si esto fuera poco, Chiche hace campaña a pie por la provincia, todos los días, besa y estrecha manos en todos los barrios -algo inimaginado para Cristina por el momento- y, en esa tarea, dicen que mejoró su exposición en las encuestas. Simultáneamente a ese proceso, acumula voluntades, adhesiones partidarias. Bajarla a ella, además de arduo, sería bajarse él.

• Ensayo consagratorio

Kirchner, a su vez, casi un arrebatador de capitales ajenos (políticamente hablando, claro), ensayó con su mujer casi consagrándola, alistó voceros para combatir al duhaldismo al mismo tiempo que a los intendentes duhaldistas les prometía fondos para obras (o hizo firmar presuntos subsidios con fotografías en la Casa Rosada), en magnitudes que los beneficiados municipios jamás imaginaron (tampoco que a ellos les permitirían elegir a las empresas constructoras).Dejó avanzar o estimuló a Felipe Solá en su pugna contra Duhalde y, de pronto, advirtió que no todos eran éxitos, inclusive fatua la pretensión de ignorar el escudo y las fotos de Eva y Juan Perón en las boletas el día de las elecciones, reemplazadas por el sello Frente para la Victoria. Bajarla a Cristina, entonces, es bajarse él.

De ahí que sólo fue un juego si van Juan o Pedro como diputados, si uno prohíbe a Basile (Daniel), Müller (Mabel) y el otro a Kunkel (Carlos), o si uno se queda con los legisladores municipales y el otro con los nacionales. Ese negocio de abalorios se ha desmoronado, por el momento, frente a la realidad de que Duhalde -por ejemplo- ya celebra acuerdos con otras fracciones para sumar porcentajes a su esposa (¿Aldo Rico o Luis Patti no podrían ir como diputados, por otros partidos, y avalar la postulación de la señora?). Esa es una de sus especialidades. No lo ignora Kirchner, quien además ha advertido la peligrosidad de que avance el juicio político a Solá (hoy bajo la determinación de Duhalde) con la misma rapidez que él no bloquea el de Aníbal Ibarra en la Capital. Misma medicina en distritos diferentes. De ahí que el Presidente reciba a encuestadores con rabia (arroje sus informes por los aires), suspenda audiencias o visitas como la de los mandatarios de Portugal o Sudáfrica (algo inexplicable en el tratamiento a un cliente, ya que el comercio es 7 a uno a favor de la Argentina) y se concentre en entregar simpatía, chistes y cheques de dudoso cobro con intendentes bonaerenses que sólo había visto en fotografías, confiando en que éstos la apoyen a su mujer en la provincia. Paga un precio alto por esa promesa, ya que sabe -finalmente, es un peronista de origen- que alquila en lugar de comprar, lo que lo vuelve desconfiado ante otro dato: sus beneficiarios no arriesgan el pellejo, son elecciones legislativas, y a él que no le correspondía arriesgarlo, por una exaltación impropia ha quedado en situación de riesgo. O acaso no plebiscitarse, obtener exiguos réditos electorales o sufrir un traspié a manos inclusive de sus propios justicialistas, ¿no le alterará la gestión a partir del 24 de octubre? No vaya a ser que, por ganar gobernabilidad con un plebiscito forzado, termine dinamitando el único cimiento estructurado sobre el que se apoyó hasta ahora.

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