«Capitalistas del mundo: hacéos cargo.» Insatisfecha con haberse declarado hegeliana hace dos semanas en el Segundo Congreso Nacional de Filosofía en San Juan, Cristina de Kirchner dio ayer ante el Foro de la Nueva Economía, en la ciudad de Madrid, lo que un teórico marxista llamaría el salto cualitativo del idealismo al materialismo, aunque esta vez el sujeto de la historia aparece en la forma de la burguesía española, no la clase obrera internacional.
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Lo de ayer en Madrid fue básicamente un autoelogio -del 28 de desocupación en 2003 se pasó a un dígito ahora, de 60% de pobreza a 26%, el superávit de este año superará los 10.000 millones de dólares; las exportaciones, los 50.000-, pero no desprovisto del tono admonitorio que la candidata a presidenta electa de facto gusta de usar aunque diga -y en el mismo discurso- que no le gusta. Fue cuando, después del «hacéos cargo», Cristina de Kirchner enseñó a los empresarios que «la mayoría de los seres humanos quiere vivir en un mundo donde puedan consumir, donde puedan tener acceso a las cosas que quieren y que ven a través de los medios de comunicación, otro de los temas que no podemos evitar en este mundo que se transforma».
¿A qué viene tanta conciliación? En realidad, los hilos rectores del discurso pueden discernirse en cinco:
2003. Cristina de Kirchner no se privó de recordar las circunstancias en que su esposo asumió la presidencia, y el caos de 2001 que lo precedió, cuando «furiosos argentinos que arrojados de la estructura productiva cortaban calles, caminos y puentes por miles y miles, hasta también miles de ahorristas -clase media argentina- que golpean furiosos las puertas de los bancos que debieron ser tapiadas y donde ser empresario o político era una profesión de riesgo».
La disculpa. Citando esta vez a la novelista francesa Charlotte Bronté -qué leída es esta primera dama-, habló de la novela homónima «Cumbres Borrascosas» para evocar la que su esposo, flamante presidente de los argentinos, protagonizó con los empresarios españoles, «a menos de haber asumido con el 22 por ciento de los votos».
La legitimidad. Inmediatamente, la senadoraadmite que se trataba de «un proceso que tenía fuerte deslegitimación política, teníamos legalidad institucional pero fuerte deslegitimación política». Claro, porque el gobierno de Kirchner había llegado en gran parte gracias a un golpe de Estado civil manipulado por Eduardo Duhalde, y, como ella misma lo dijo ayer, hubo «crónicas periodísticas y también afirmaciones y trascendidos empresariales: 'esto no dura más que este año, no dura más que un veranito'». Los cuatro años pasados desde entonces, por lo tanto, significarían la legitimación de ese «hombre del 22 por ciento que tuvo que gritar más alto que todos los que gritaban al unísono». Es decir, la confianza que no le tuvieron a Kirchner en ese momento los empresarios internacionales pueden tenérsela a ella ahora.
La sustentabilidad económica como base de la social y la política. «Partidos populares que llegan al gobierno con un más que un aceptable caudal de votos, esto es de voluntad popular, de consenso de las sociedades, y finalmente terminan por falta de sustentabilidad de los modelos de crecimiento con inclusión social, implosionando también y aceptando lo que en un principio fue legítimo deviniendo en crisis de legalidad». Fernández de Kirchner evocó los casos de Bolivia, Ecuador y Perú.
Por último, un lapsus, al menos, ideológico: «Curiosamente, este hombre (Kirchner), tildado de progresista (...) comienza por primera vez en la historia a administrar con superávit fiscal primario y con superávit comercial. Curioso, curioso, porque economistas que dan clase en Harvard y nos hablaban del déficit como casi la plaga de la economía y de la política administraron durante toda la gestión con crónico endeudamiento, que llegó a tener el 160 por ciento del Producto Bruto Interno el monto de la deuda externa argentina, un verdadero cepo para cualquier sociedad y para cualquier proyecto económico a futuro».
¿Una conversión kirchnerista? En todo caso, una muestra de que, por dinero y por votos, se puede llegar a alegar cualquier cosa.
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