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2 de octubre 2008 - 00:00

Sorpresas en Casa de Gobierno

Más de una sorpresa ayer en la Casa de Gobierno. Primero, el discurso de Raúl Alfonsín al descubrirse un busto en su homenaje, lleno de contenido político; aprovechó la tribuna para echarles en cara a la Presidente y a su esposo todos los lemas de la oposición. Le reprochó, con suavidad dialéctica, gobernar mirando hacia atrás, le reclamó más apertura y debate, y remató pidiendo que prevenga al país de la crisis global. Faltó, además, Julio Cobos, quien había alardeado de que se haría presente aun sin invitación. Igual lo nombró Alfonsín como si estuviera en el acto cuando comenzó su discurso, con lo cual cargó todavía más de sentido político ese agradecimiento (después de todo, el acto se hizo a pocas horas de comenzar hoy la convención de la UCR que le allanará al vicepresidente un retorno al partido). Le respondió con acritud Cristina de Kirchner sin mencionar el juicio a los comandantes -lo considera Alfonsín su aporte máximo a la democracia- y confesando que en 1983 había llorado... por la derrota de Italo Luder. No fue la única sorpresa que animó un acto llamado a aburrir: la mayoría de los presentes advirtiónotables diferencias entre la fisonomía de Alfonsín y la escultura. ¿Es otro diseño de Moreno en el INDEC? ¿Buscó esa diferencia el mandante de la obra -el gobierno- como otra manera de deformar la historia o se trató de una licencia del artista hacia el arte no figurativo?

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«Deje, deje... yo sigo hablando igual». Fue casi un susurro el de Raúl Alfonsín para, condescendiente, indicarle a Cristina de Kirchner que no se esforzara por acallar el murmullo que, en el tumulto del Salón de los Bustos, acompañó las palabras del ex presidente.

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Las risas incomodaron a la Presidente que, atenta en exceso, sobreactuó como una asistente. Alfonsín se permitió la humorada. Un juego dialéctico que el caudillo radical lleva en la piel y todavía disfruta de ejercitar.

Unos segundos después, en la Casa Rosada volvió a sonar un coreo que parecía un eco fantasmal, ese «Al-fon-sín, Alfonsín» que asomó desde el lateral donde estaban los invitados, un tímido canto de tribuna, un rapto de nostalgia que el homenajeado apagó con una sonrisa. Por un rato, la cofradía radical volvió a copar Balcarce 50. Desde Víctor Martínez hasta Chrystian Colombo, además de toda la familia sanguínea y una extensa ristra de hijos políticos. Por allí, entre otros, anduvo Enrique Nosiglia. Pero el radical más buscado no estuvo: Julio Cobos, que había prometido ir, no se apareció por la Casa Rosada. El vice había sido invitado por Alfonsín y, por eso, anticipó su presencia. Al final se quedó en el Senado para presidir la sesión de la ley de movilidad jubilatoria.

Sagaz aún en la quietud, Alfonsín mencionó y agradeció a Cobos como si estuviese presente. Otro festival de muecas entre la confusión y los cuellos estirados rastreando la figura del mendocino. Sólo Alfonsín sabe si se trató de un descuido o de una picardía.

Antes, siempre ágil, en gobierno se bastardeó al vice. «Cobos no necesita ninguna invitación para entrar a la Casa Rosada porque acá tiene un despacho así que puede venir cuando quiere», dijo, mordaz pero certero, un ministro.

Alfonsín había llegado pasadas las 17.30. Subió al despacho presidencial, pero como la anfitriona todavía no estaba se quedó a charlar unos minutos con Sergio Massa. Antes, siempre cordial, saludó a mozos y secretarias. Y se prestó a las fotos personales.

Puntual, en el Salón de los Bustos, el Himno sonó unos minutos antes de las 18. En el centro, Alfonsín y Cristina de Kirchner, flanqueados por los bustos de Arturo Illia y, cubierto, el del homenajeado. Todo el gabinete, más gobernadores y Néstor Kirchner llenaron la tribuna vip.

Alfonsín contribuyó con su propia lista de «buena fe», donde figuraba el ausente Cobos, que aportó a Federico Storani, Jesús Rodríguez, Adalberto Rodríguez Giavarini, Carlos Becerra, Angel Rozas y, entre tanto radical, al peronista Antonio Cafiero.

También Graciela Fernández Meijide, Aníbal Ibarra, monseñor Justo Laguna, el ex fiscal Julio Strassera y los ex camaristas en el tribunal que juzgó a las juntas militares, León Arslanian, Andrés D' Alessio, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma.

Se sumaron los cortesanos Ricardo Lorenzetti, Enrique Petracchi, Juan Carlos Maqueda y Eugenio Zaffaroni, además de la familia de Alfonsín, entre la que resaltó inquieto y parado al fondo del salón, Ricardito, el único que se zambulló en la política.

«Si los contamos todavía encontraremos más presidentes de facto que elegidos por el pueblo», dijo Alfonsín como pie para su frase más aplaudida de su discurso: «Esto, notablemente, ha cambiado desde 1983» porque «no hubo ni habrá aquí más presidentes de facto».

No hubo fisuras en el aplauso: el staff oficial se plegó junto con los ex funcionarios radicales, muchos ya sin cargo, las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, y hasta el líder de la CGT, Hugo Moyano, que días atrás homenajeó a Saúl Ubaldini, feroz combatiente de Alfonsín.

«No se realiza un homenaje a mi persona, sino a la democracia que logramos los argentinos», se apartó el ex presidente del reconocimiento personal.

Evaluó, además, que el país vive una «joven e incompleta democracia» que sólo será plena, sostuvo, con «vigencia de la libertad y los derechos, pero también la existencia de igualdad de oportunidades y distribución equitativa de la riqueza». Un tema recurrente de los Kirchner.

Deslizó, siempre sutil, algunos sablazos hacia los modos presidenciales. Cuestionó la «intolerancia y el maniqueísmo» así como que «los argentinos hemos vivido demasiado tiempo discutiendo para atrás». Hasta se permitió una cita bíblica referida a Sara, la mujer de Lot, que se convirtió en estatua de sal. Cerró, en voz baja pero emocionado su discurso para darle paso a Cristina de Kirchner que recordó cuando lo visitó, un mes atrás, en su casa -donde se recupera de una dolencia delicada- y rememoró su elección, en 1983, donde confesó que lloró, pero por la derrota del PJ.

Entre los elogios, la Presidentese olvidó una mención, quizá la que más deseaba escuchar Alfonsín: la referida al impulso, por parte de su gobierno, del juicio a las juntas militares. Los Kirchner siempre ningunearon aquel hecho porque se consideran iniciadores de la causa de los DD.HH.

Al final, un largo besamanos, y la despedida: desde ayer, Alfonsín es una presencia permanente en la Casa Rosada.

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