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23 de enero 2006 - 00:00

Sostiene Greenpeace que las papeleras afectan sistemas inmunológico y reproductor del hombre

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Michelle Bachelet y Aníbal Ibarra


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Lo más sensato de «Clarín» no estuvo este domingo en el análisis de su columnista principal sino en una nota perdida en las páginas donde se informa de la propuesta de Greenpeace al gobierno de Entre Ríos sobre el tema: que insista en que no se use gas cloro para el blanqueo de la pasta sino blanqueo en base a agua oxigenada, ozono y oxígeno gaseoso que no genera los contaminantes «organoclorados».

Posiblemente sea éste un empleo más caro por lo cual el gobernador Jorge Busti, de Entre Ríos, y la gente afectada allí más que luchar contra la supresión de algo ya encaminado y con miles de obreros trabajando en Uruguay deberían pedirle subsidio a Néstor Kirchner para equiparar costos de finlandeses y españoles, usando otra forma de blanqueo. En definitiva el gobierno argentino actual es especialista en desparramar subsidios por motivaciones mucho menores.

Greenpeace -que realmente sabe de medio ambiente y actividades contaminantes- dice que los «organoclorados» afectan la vida acuática y provocan trastornos en los sistemas inmunológicos y reproductores de los seres humanos, lo cual no es poco. «La Nación», más elementalmente, dice que el problema de las papeleras «es comercial» porque afectará, al impactar sobre el medioambiente, al turismo importante hacia la ciudad entrerriana de Gualeguaychú. Es obvio que a nadie le gusta ir de paseo a un lugar donde una planta industrial próxima puede -según Greenpeace- afectar los sistemas inmunológicos, como también provoca el sida, y la posibilidad de reproducirse normalmente en el ser humano. Será un problema «comercial» por turismo para Gualeguaychú pero también para cualquier habitante de allí y de la parte uruguaya, inclusive para las 2.000 personas que trabajarán directa o indirectamente en ambas plantas en la localidad de Fray Bentos y cercanas. Inclusive nadie querría -si no se aclaran estas afirmaciones de Greenpeace y su grado de veracidad- ni volver a circular por el costoso puente que une a ambos países sobre el río Uruguay si se quiere ir de veraneo a las playas orientales. No es entonces sólo un «problema ambiental» -como si todo lo «ambiental» no valiera cuando afecta la vida- como declaró demasiado livianamente el presidente Kirchner con su habitual adolescencia para gobernar y su humildad excesiva con países vecinos, totalmente dispar ello con la agresividad con que se maneja internamente con empresarios, periodistas y opositores.

Muchas dudas y sin la certeza de un organismo o conjunto de expertos auténticamente imparciales que las aclare. No es un problema del momento sino que perdurará y se acrecentará a medida que se denuncien -o inventen- casos de afecciones de salud como derivación de estos emprendimientos fabriles. Como todo tema profundo no se le ve al gobierno argentino pasta (y no celulósica) para encararlo con inteligencia. Apenas si deben estar calculando cuántos votos de entrerrianos se pierden para 2007 si no hacen nada serio. Pero no podrá eludir mucho el tema porque Greenpeace también dijo que el uso del cloro para el blanqueo igualmente lo debe aplicar la Argentina -por sus efectos nocivos- en sus cuatro plantas de celulosa, tres de éstas estarían en Misiones, aclara «La Nación», que es más centro turístico que Gualeguaychú por las cataratas.

Uruguay ve la oportunidad de industrializarsemás allá de vender carne y ofrecer turismo y no se cree que desista, aunque dude de la inocencia de lo que emprende. Es sospechoso que países de alto desarrollo vengan a emprender en países emergentes obras que no se atreverían en su país. Ya alguna vez desde el Norte se intentó utilizar la Patagonia argentina como basurero nuclear.

Luego de la simpleza en tratar el tema anterior Van der Kooy afrontó, con no menos escasez de profundidad, el cansador juicio a Aníbal Ibarra. No entiende mucho pero le llegó el rumor de que a Mauricio Macri y a Elisa Carrió les convendría más que Ibarra no sea desplazado del cargo. Es lógico. Con sólo asumir de nuevo el suspendido jefe de la Ciudad tendría más muerte política que si lo victimizan por ser cabeza superior de una actividad municipal degradaday coimera desde hace años y que quedóal descubierto por una tragedia de enorme magnitud. Ibarra no mejoró y, al contrario, profundizó más el desquicio del municipio porteño saturado de amiguismo, familiarismo, exceso de empleados, burocracia, inspectores coimeros. Igual que siempre, pero antes sin un Cromañón que afectara a otros intendentes.





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