Suben el precio del aval a Scioli

Política

Felipe Solá recibió en La Plata a Daniel Scioli como si la elección en la que se decide su sucesión se hubiera realizado y sólo tuvieran que conversar sobre formalidades de la transición. El vicepresidente no fue menos triunfalista. Concurrió con el dueño de todos sus secretos, el contador Rafael Perelmiter: quería hablar de plata (que en público se denomina «gobernabilidad»).

Más allá de estos dos protagonistas de la saga bonaerense, en el resto del oficialismo local no están tan seguros de que el destino del poder esté tan determinado. Dudas sobre Scioli que no son sólo expresión del análisis político sino de motivaciones más crueles y pasionales: muchos sectores del kirchnerismo de la provincia se resisten a prestar ya su adhesión a la que, se supone, será la candidatura oficial. Antes preferirían que les comuniquen cuál será el propio lugar bajo el sol.

Era lógico que el ala ubicada más a la izquierda del Presidente sea la primera en producir una señal. Ayer la conducción del Frente Grande bonaerense deliberó en su local de la calle Luis Sáenz Peña, en la Capital, pero prefirió postergar la decisión de hacer de Scioli su propio candidato. No se trata, es cierto, de una fuerza masiva, destinada a protagonizar una marcha triunfal. Pero en el orden que dominan los Kirchner el Frente Grande, embrión del Frepaso, cuenta con un capital simbólico que se vuelve más rentable en la medida en que el candidato principal se ubica más a la derecha de la oferta política. Por otra parte, de esta corriente provienen muchos funcionarios actuales del oficialismo: desde su presidente, Eduardo Sigal (subsecretario de Relaciones Económicas Latinoamericanas de la Cancillería) a la ministra Nilda Garré (quien el lunes participó del congreso de su partido en la Capital), pasando por una legión de neodiplomáticos, como Darío Alessandro y Carlos Chacho Alvarez.

En el cónclave provincial de ayer, estos centroizquierdistas comenzaron a poner «peros» a las pretensiones del vicepresidente. La más obvia, que todavía no están despejadas las dificultades que enfrenta su candidatura desde el punto de vista reglamentario. Además, en el Frente Grande tienen la expectativa de que alguien les explique por qué deben concurrir detrás de un dirigente al que los propios Kirchner destacaron en la última frontera del oficialismo, más cercano a Eduardo Duhalde y Carlos Menem que al latir «progre» de «la fuerza» (Scioli confirmó bastante esta localización: no sólo con sus promesas de disidencia a Duhalde, también con sus visitas a Menem, en el Senado y en la quinta de amigos en Tigre). Esta objeción, que se escuchó repetidamente en la reunión que encabezó Sigal, no fue sino el eco de la que escuchó el propio Kirchner hace meses, volviendo en el Tango 01 desde Venezuela, cuando Chacho Alvarez le dijo, abiertamente: «No nos podés obligar a ir en Capital con un hombre de Menem (Scioli) y en la provincia con un prófugo de la Justicia» (se deja a la perspicacia del lector descubrir a qué ministro estaba referida la vigilancia incesante de este antecesor de Scioli). Kirchner, por lo visto, cumplió: ahora Chacho puede ir con Jorge Telerman o Daniel Filmus en la ciudad y con Scioli, pero en la provincia.

Si el Frente Grande comenzó a levantarle el precio al proto-candidato, también en el seno del PJ se escuchan condicionamientos. Intendentes, diputados y caudillejos acostumbrados a soportar cualquier humillación del Presidente (la militancia a su lado es como una eterna «probation», como observa un prestigioso penalista radical), ahora exhiben un paladar más delicado ante este nuevo «manjar». Están los que temen que Scioli sea visto como un foráneo cruzado desde la Capital, también los que temen que no consiga al final los papeles que lo legitimen como candidato.

Tantos pruritos se vuelven sospechosos. Y lo son: hay una legión de peronistas encumbrados que quieren saber, antes de adherir al nuevo candidato, si se respetarán sus posiciones en el esquema de poder posterior al 10 de octubre de 2007. Ya hay cuatro intendentes con esa inquietud: Baldomero «Cacho» Alvarez (Avellaneda), Manuel Quindimil (Lanús), Jorge Rossi (Lomas de Zamora) y Juan José Mussi (Berazategui). Pero también la Cámara de Diputados está llena de almas carcomidas por la incertidumbre. Un caso notorio, José María Díaz Bancalari. ¿Renovará como diputado? ¿En qué lista? ¿Será presidente de bloque? ¿De qué bloque? No habría que descartar que el fracaso de algunas iniciativas del oficialismo, la semana pasada, tengan que ver con estas angustias; en la situación de Bancalari están Alfredo Atanasof, Carlos Ruckauf, Mabel Müller, Oscar Rodríguez y varios ex duhaldistas más. Sin contar a Graciela Camaño, una de las estrellas del bloque, a quien varios de sus pares consideran haber aportado al gobierno lo suficiente como para integrar la fórmula con Scioli, como vicegobernadora. Es cierto, sería una señal definitiva de desdén hacia los quejosos del Frente Grande.

La ola de gente que le levanta el precio a Scioli antes de darle un espaldarazo merecería una intervención agresiva de Guillermo Moreno en el sector. Pero, por ahora hay un dato que autoriza tantos condicionamientos: Kirchner todavía no abrió la boca en público sobre la candidatura de su segundo. No vaya a ser que la postulación de Scioli también sea condicional para sus progenitores, los dos habitantes de Olivos.

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