Con un afán quizá más político que económico, aunque ésa no sea la excusa, Roberto Lavagna ha realizado en los últimos días una suerte de road-show. Hasta obsequia un folleto de 65 páginas, primorosamente impreso por el Ministerio de Economía.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Con espíritu democrático, Lavagna no repara en sus auditorios, finalmente en todas partes concede el mismo mensaje alentador y, a la hora de buscar adhesiones, nunca se revisa el pelaje. Así habló en el Parque Norte del sindicalista Armando Cavalieri o, ayer, ante un grupo de presuntos jóvenes empresarios católicos. Si un día lo exoneran, no va a ser por falta de explicaciones.
Procede con sencillez el ministro: hace un discurso -a partir del «Tiempo de ideas y de acción» que él cree que vive el país- y luego responde preguntas de los asistentes. Casi como un consultor, como anteriores ministros (tipo Martínez de Hoz o Cavallo), un protagónico de la escena con actuaciones felices o no. En la víspera, frente a dirigentes de ACDE, tuvo aplausos al final y no pocos advirtieron que al referirse a su colaboración con Néstor Kirchner señaló las características circunstanciales de su función.
Lo más simpático del encuentro, sin embargo, fue un silencio ministerial, embarazoso como tantos silencios, pero que la audiencia apreció gentilmente. Fue cuando uno de los asistentes le preguntó, vía el asesor de Lavagna, cuáles eran las tres condiciones que hacían falta para que el país recuperara la confianza, la gente creyera en los bancos y volviera la inversión.
• Grandes dudas
Allí dudó el ministro más de la cuenta, tanto que el público lo premió por esa discreción y lo aplaudió mientras él pensaba su respuesta. Luego, por supuesto, Lavagna dijo que no iba a mentir sobre esa carencia de confianza, que hacían falta ciertos elementos, pero que el país se encaminaba en esa dirección. Un momento de alegría no habitual en confesiones siempre acompañadas por gestos de las manos que hacen recordar a los mismos movimientos que utiliza Carlos Ruckauf.
Justamente esa posible influencia política -jamás negada- es lo que se observa desde la Casa de Gobierno con más disgusto en todas estas conferencias públicas de Lavagna. Desde que Ruckauf impulsara sin éxito la candidatura de Lavagna en lugar de la Néstor Kirchner, esa nonata aspiración presidencial sigue fresca en la Rosada. No en vano la propia esposa del mandatario, Cristina Kirchner, se apareció en el acto de Lavagna con los sindicalistas de Cavalieri y opacó la participación ministerial: hecho demasiado inusual, porque el marido no es partícipe -o al menos limita- que ella se incluya en operativos políticos. Le asigna otra estatura.
O sea que tantas apariciones públicas de Lavagna son sospechadas en intencionalidad. Mientras el público las disfruta por la ilustración económica, en otras partes se desconfía por su posible insistencia política.
Dejá tu comentario