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Con Carrió ya hubo un intento temprano y malogrado, que consistió en convertirla en ministra de una Corte Suprema modificada en su composición, propuesta que la legisladora escuchó de labios de un radical que orbita en el sistema Duhalde. Expuesto el objetivo, varios colaboradores se afanan ahora por llevar a la mesa de Duhalde a la codiciada Carrió. Lo hace Rafael «Balito» Romá, el diputado bonaerense que después de ser vicegobernador de Duhalde por dos mandatos se incorporó al ARI. También Rodolfo Gil, futuro embajador en la OEA y asesor discreto de la diputada. Hasta Mario Cafiero, representante de la familia en esa variante política, puede tender puentes hacia el oficialismo al que su hermano Juan Pablo se sumó con tanto entusiasmo.
Sin embargo el que, según parece, se ha propuesto prestar los servicios más ostensibles es el secretario de Inteligencia, el manzanista Carlos Soria. Incipiente candidato a gobernador de Río Negro, Soria fue hasta ahora diputado bonaerense. En esa condición integró la Comisión Investigadora sobre el Lavado de Dinero que presidía Carrió. Allí el actual «señor 5» trabó amistad con la legisladora aunque no por su pasión por la pesquisa, que se ha destapado recién ahora.
Al tercer día de instalarse en Olivos, Duhalde recibió de Soria una propuesta de ésas que tanto agradan a los discípulos de José Luis Manzano. Un ministro y dos legisladores bonaerenses fueron testigos de la conversación en la que el Presidente escuchó del jefe de su servicio «secreto» la idea de poner en la picota a alguna figura destacada del gobierno anterior o del sistema financiero. En ese momento no se habló de los Rohm sino del titular de un banco nacional que permitiría «calmar el corralito» (fue la expresión usada esa noche). Aunque la aspiración principal analizada en ese conciliábulo fue la de «atraer a la Carrió». Tal vez no se equivocaban: ayer la jefa del ARI dijo que ver a Eduardo Escasany preso sería para ella «la gloria».
María Servini de Cubría colaboró ayer, al parecer imprevistamente, con estas maquinaciones al apresar a Rohm. Sorprende la metamorfosis de esta jueza al cabo de una década: 10 años atrás, si hubiera estado tan inquieta como ahora por los avatares de la vida pública, Carrió hubiese maltratado a la magistrada como lo hacía el resto de la izquierda por no ser todo lo rigurosa que se esperaba con Amira Yoma, por entonces acusada de ingresar al país dólares que, se presumía, provenían del narcotráfico. Sin embargo Carrió ignora esos antecedentes, hoy es confidente de la jueza y tal vez, seguramente de manera involuntaria, termine por colaborar con el sueño de Duhalde: que todos se le unan, hasta Carrió, bendiciendo a su gobierno.
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