Antes de lanzarse a la competencia por la Capital, Rafael Bielsa ya impugnó a Mauricio Macri amenazando con revelar cuestiones de su pasado. No pareció feliz esa intimidación, menos en el canciller -se lo suponía ajeno a esas miserias amarillistas- más cuando había versiones periodísticas de que los organismos de inteligencia oficiales armarían historias sobre Macri y su conducción en Boca Juniors (complicaciones por la venta de jugadores) y por su presunta vinculación en un tema de casinos (aparentes dádivas, aunque esa cuestión parece disolverse porque también afecta al oficialismo y no sólo en el distrito porteño). Ahora, lejos de aquel discurso casi policial, Bielsa avanzó en otra línea: lo trató al ingeniero y político de «botarate», palabra tan obsoleta que sólo resultó graciosa -hace años- cuando un alto militar se la endilgó al ministro Guido Di Tella. Entonces, Di Tella evitó la polémica. Ayer, Macri dudaba en responder, aunque pensaba decir que si le quieren decir «boludo», que lo hagan en esos términos. Porque, en caso contrario, el que usa la palabra «botarate» es un «boludo».
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