8 de marzo 2007 - 00:00

Tour chavista, ¿plan o mera provocación?

En las calles de San Pablo, Brasil, también hubo expresiones anti-Bush. Pero el epicentrode las protestas será Buenos Aires, donde mañana piqueteros kirchneristas montaránun acto en la cancha de Ferro sin ningún control policial.
En las calles de San Pablo, Brasil, también hubo expresiones anti-Bush. Pero el epicentro de las protestas será Buenos Aires, donde mañana piqueteros kirchneristas montarán un acto en la cancha de Ferro sin ningún control policial.
Fue Julio De Vido quien pactó, previa bendición de Néstor Kirchner, el tour político que Hugo Chávez iniciará hoy -lo esperan a las 20- por la Argentina y tendrá como instantánea más estridente el acto que encabezará mañana, escoltado por Hebe de Bonafini y rodeado por cortesanos K, en la cancha de Ferro (ver vinculada). Cuando el ministro, inspirador de negocios con el caribeño, transmitió el OK, la Casa Rosada sabía no sólo que por esas horas George W. Bush estaría a pocos kilómetros de Buenos Aires; sabía también que la irrupción de Chávez sería funcional a la estrategia de los socios del Mercosur de defender el bloque.

Desde ese enfoque, el show de Chávez afanoso detractor por TV de Bush, pero, a su vez, el mayor socio estratégico de EE.UU. -le envía 1,6 millón de barriles de petróleo por día- con auspicio de Kirchner se enlaza con la visita que días atrás realizó Lula da Silva a Uruguay para evitar un derrape de Tabaré Vázquez. Tanto el oportuno viaje de Lula a Montevideo como la ruidosa presencia de Chávez en Buenos Aires responderían a una estrategia común: los socios mayores del Mercosur -con Brasil como líder regional, la Argentina como segundo aliado y Chávez como financista- no permitirían que EE.UU. «opere» libremente en el Sur. Supone admitir una fragilidad: que Uruguay coquetea con un TLC con EE.UU. porque se siente despreciado por el Mercosur -protesta, sin ser oído, por las asimetrías; remó, sin suerte, contra el bloqueo de puentes por las pasteras-. En ese marco, podría ser una cabeza de playa para Estados Unidos en el Sur. Frente a esa supuesta amenaza, Brasil -con la visita a Tabaré-, la Argentina y Venezuela, en tándem, estarían bailando un mismo minué para poner límites a la eventual irrupción de la potencia del Norte. Esa mirada, no desprovista de esa tendencia a entrever conspiraciones, la alientan organizadores del tour chavista y actores del kirchnerismo que aplauden la llegada del comandante. Son quienes le otorgan un rango -a simple vista, poco visible-de asunto de geopolítica a la presencia de Chávez en la Argentina. Pero la novela chavista presenta otros perfiles menos conocidos, los que le dan a la aparición de Chávez en el país más un sesgo de mera provocación para seguir alimentando su personaje como antagonismo de «Mister Danger», lo reducen a un juego electoral de entrecasa de los Kirchner o, cuando no, a negocios del bolivariano:

  • Entre los destinos -al margen de la ESMA, el acto en Ferro y una cita con Kirchner en Olivos-que Chávez tiene en agenda aparecen dos particularmente interesantes: planea ir a Sunchales, en Santa Fe, a visitar la planta que en esa ciudad tiene SanCor, cooperativa en quiebra de la que se convirtió en acreedor VIP al cursar un millonario salvataje. Pero, además, irá a Carlos Casares, a verse con el mayor productor sojero del país, Gustavo Grobocopatel, a quien quiere tentar para que instale parte de sus negocios en Venezuela. Ese país tiene una enorme falencia en materia de infraestructura alimentaria -lo que explica, por caso, la intervención en SanCor a cambio de productos-y el interés por seducir a Grobocopatel se entiende en ese marco.

  • El patagónico acepta que Chávez incursione en esos rubros porque, a su vez, hace su propio negocio: la visita del bolivariano le sirve para alimentar el supuesto de que no está en sintonía con Estados Unidos, hecho (o presunción) que se transparentó con el impulso que la Casa Rosada dio al dictamen del fiscal Alberto Nisman por la causa AMIA que imputa a ex funcionarios de Irán. Dual, el gobierno alienta esa investigación y, al mismo tiempo, anima la presencia de Chávez en la Argentina, un equilibrio imprescindible en temporada electoral: Cristina quiere compararse con Ségolène Royale y Hilary Clinton -una la saluda 32 segundos; la otra le niega una cumbre-; Kirchner se abraza con Chávez.

  • Lo cierto es que, con su aparición por la Argentina, el bolivariano logra una vez más agitar su show de antagonismo con Bush. En el gobierno entienden ese movimiento como una provocación. Lo hizo, también con permiso de Kirchner, pero con fondos venezolanos, en la cumbre de Mar del Plata y lo repitió en Córdoba durante el mitin que compartió con Fidel Castro y Hebe de Bonafini. En ese revuelo, Chávez logra mostrar algo que a Kirchner se le niega: engloba a sectores de la izquierda, como el PCR, el PC y trotskistas como el PO, que se resisten a los «encantos» del patagónico. Por eso, la foto del chavismo es mucho más amplia que la del kirchnerismo.
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