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30 de octubre 2003 - 00:00

Trama política que le imputa crímenes a elogioso Duhalde

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Casi ingenuo, ante hechos posteriores, entonces pareció ayer Duhalde sosteniendo que su heredero era «un conductor excepcional», lo calificó como un jefe de Estado que había superado «todas mis expectativas» (claro, nunca antes las había revelado). Y siguió luego con su mensaje ditirámbico, sólo competitivo con el oficialismo cortesano de Miguel Pichetto o Jorge Yoma, superando inclusive al «recontrachupamedismo» de Luis Barrionuevo en sus mejores épocas: «Es un hombre (Kirchner, para que no haya dudas) con condiciones sobresalientes para conducir el país».

Sospechosa tanta amabilidad, como si tuviera gratitud por alguna gentileza presidencial o para prevenir cierta tromba. No olvidar, por ejemplo, que en la Casa de Gobierno resuena una advertencia del piquetero propio, Luis D'Elía, quien hace un par de meses señaló con temor que la estabilidad del Ejecutivo podía ser afectada por núcleos piqueteros alentados desde el aparato político de la provincia de Buenos Aires. Léase Duhalde u operadores de su riñón tipo Mariano West en esas gestiones intrigantes y demoledoras, como ocurrió contra Fernando de la Rúa. Por alguna razón, se comenta, D'Elía (La Matanza) hizo esta declaración en su momento, la que adquirió grave actualidad cuando en la semana pasada se irritó la relación entre Kirchner y grupos piqueteros no afines. Aunque estos «revoltosos» -como gustan denominarse- exhiben una tendencia marxista, en apariencia opuesta a cualquier afinidad con Duhalde, muchos cercanos al gobierno desconfían de esas ideologías irreconciliables a la hora de impulsar manifestaciones hostiles a la administración (como el encierro al ministro Tomada, la sucesión de marchas sobre Plaza de Mayo), quizás estimuladas por intereses crematísticos. Kirchner relee el libro de su amigo Miguel Bonasso «El palacio y la calle», donde se sostiene detalladamente que Duhalde volteó a De la Rúa con una pueblada. Frente a un buen argumento, mueren los hechos.



Momentánea se torna la solución con estos grupos, sea porque Tomada se presenta en la Justicia como ciudadano común (y aparta al Estado de cualquier denuncia cuando, en rigor, debiera haber procedido de otro modo) o debido a que la amenaza de un cuerpo especial para disolverlos abortó en 24 horas, casi un ridículo oficial al anunciar una medida de esa envergadura y voltearla después. El conflicto del dominio de la calle empieza a ser la mayor inquietud de Kirchner, venga de la izquierda que no domina (¿serán acusados de «reaccionarios» como hacían los montoneros con el ERP?) o de recalcitrantes y presumidos bonaerenses que quieren repetir episodios de otrora. Por supuesto que nadie puede imaginar a Duhalde, sobre todo luego de sus últimas declaraciones, en esa inspiración «revoltosa», pero si a Kirchner se le escapa cierta izquierda, ¿por qué no podría ocurrir lo mismo con algunos merodeadores del duhaldismo? El jefe bonaerense, delegado de este gobierno en el Mercosur, debe estar perplejo por estas consideraciones, aunque más atónito quedó con la imputación de «criminal» que le propinó la Bonafini. Nunca hubiera esperado que desde la sala de prensa de la Casa de Gobierno alguien que había estado intimando con Kirchner le arrojaría tamaño cargo. Otra historia hay detrás de esa pantalla vociferante.

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