21 de abril 2005 - 00:00

Trotskistas se ríen del "gallinero justicialista"

La pelea política en el peronismo de Buenos Aires oculta, por la crudeza y por el tamaño del distrito, a cualquier otra querella preelectoral. Explicable que dé argumento a cualquier especulación y para que se ejerciten las plumas mordaces, como la del trotskista Jorge Altamira, numen y dueño del Partido Obrero. En la última entrega del periódico partidario «Prensa Obrera» el ex diputado Altamira, padrino además de piqueteros, se ceba con lo que llama el « gallinero justicialista» y las pretensiones del Presidente de protagonizar el capítulo que nunca llega de la «nueva política».

Jorge Altamira
Jorge Altamira
La quiebra del justicialismo de la provincia de Buenos Aires, ¿representa el prólogo de una crisis política generalizada en el país? De ninguna manera, al menos por ahora.

Falta una condición esencial para que algo así pudiera ocurrir y es que está ausente una división de fondo en la propia burguesía argentina. Lejos de esto, los capitalistas nacionales y extranjeros se aferran a una «recuperación» que les ofrece generosas ganancias y que impone en medida creciente una economía de precios y beneficios que se dolarizan y salarios y gastos sociales que se hunden en la pesificación.

Los intereses de conjunto de la clase capitalista marcan los límites de la riña justicialista. Pero no por esto la crisis política del justicialismo es menos aguda. El régimen político argentino exige que la jefatura del Estado sea única y Kirchner está empeñado en hacerlo realidad. El alcance de la crisis política se mide, precisamente, por el hecho de que aún no lo ha logrado, luego de dos años de gobierno, y de que probablemente no lo logre por completo en los dos años que le quedan. Kirchner pretende «plebiscitarse», dice él mismo, pero se propone hacerlo con la compañía de los Solá y los Balestrini, los Villordo y los Alak, y cuando los polvos se asienten terminará acordando con el propio Duhalde y una parte de su «troupe».

Por más que se quiera despegar de la «vieja política», ningún político de la patronal argentina puede gobernar sin ella. Más allá de la provincia de Buenos Aires, el famoso «plebiscito» no puede valerse de la portación de apellido y tiene que pasar por los de De la Sota o Romero, o incluso los Reutemann. Ha quedado atrás el intento de frente «transversal», y hasta el empeño descomunal para modelar a Santiago del Estero terminó en un fracaso estruendoso. El panorama político del oficialismo en la Ciudad de Buenos Aires continúa en la ruina.

• Insuficiente

En este cuadro, si Kirchner obtuviera una mayoría absoluta en la provincia de Buenos Aires, por medio de la candidatura de su mujer, tendríamos a lo sumo «un bonapartismo electoral en una sola provincia», sin que se pueda saber todavía si esto es malo o bueno tratándose del distrito social y políticamente más explosivo del país. Un plebiscito rengo no es suficiente para dejar de pagarle al FMI las cuentas de 2005, luego de haber «gatillado» diez mil millones de dólares desde mediados de 2002, o para arbitrar las luchas sociales tumultuosas que se avecinan.

En este marco,
el espantajo de que en la Argentina se entronice un «partido único», que se queda con la mayoría y minoría del Senado, es un asunto secundario. Para que el «partido único» sea una posibilidad, debería existir una perspectiva económica y social ascendente, cuando en la Argentina lo que existe es una pauperización galopante.

• Beneficio nulo

A quienes todos los días llaman al pueblo a la calma con el pretexto de «no-hacerle-el-juego-a-la-derecha» les debería llamar la atención el nulo beneficio que hasta ahora ha obtenido la derecha de la crisis peronista para reforzar una posición propia.

En lugar de esto, en la Ciudad de Buenos Aires la derecha se ha puesto al servicio de las necesidades de seguridad policial de Ibarra;
Macri tiene un pacto con el kirchnerismo. Los que despotrican contra Kirchner (López Murphy y Sobisch) están solos como perros y, para colmo, peleados entre ellos; las encuestas no les dan nada entre nadie. Es cierto que están los que especulan que Duhalde, que en su momento procreó a Ruckauf, podría recurrir a un frente con Patti, Rico y Menem, lo cual desnuda el potencial fascistizante de un amplio sector de la burocracia y del lumpenismo justicialista. Pero para el duhaldismo sería un pésimo negocio, porque la burguesía no quiere tumultos de ningún tipo tampoco tumultos fascistas.

En la Argentina y en América latina el centroizquierdismo le está resultando el mejor negocio.
La política argentina se desenvuelve en el marco de un Estado en semidisolución, como lo demostrará la falta de gas en el invierno próximo o la necesidad de pagar sumas siderales para importarlo o subsidiarlo.

De otro modo, el desprecio popular a los «políticos», que ha sido la norma desde que se consolidó la democracia burguesa representativa en todo el mundo, no habría llegado a los extremos que conocemos, en especial luego de haber vivido la experiencia de una atroz dictadura militar.

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