La crisis 2001 dejó secuelas que afectaron el entramado social argentino, especialmente el de la clase media, donde su bienestar material y su capital simbólico se vieron en franco deterioro por la ruptura del modelo económico que venía de 1989.
Agustin Salvia: "La crisis de 2001 produjo un deterioro de las clases medias"
El director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA analizó cuál fue el impacto del estallido social de 2001. En la entrevista con Ámbito habló del avance y el retroceso en material social en Argentina en estos 20 años.
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La ruptura del entramado social, con expulsados de las clases medias que cayeron en la pobreza y la indigencia, fue uno de los fenómenos que marcaron ese diciembre de 2001. Sus efectos han perdurado hasta 2003-2004, cuando el repunte de la economía permitió mejorar la calidad de vida y recomponer el bienestar de la población.
En diálogo con Ámbito, el director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el sociólogo Agustín Salvia, analizó en perspectiva los hechos que marcaron la crisis 2001, como la pobreza estructural, la precarización del empleo y el deterioro de una clase media argentina que fue modelo en el mundo.
Periodista: ¿Cuál es el panorama de Argentina hoy en materia de “deuda social” respecto al 2001?
Agustín Salvia: Argentina avanzó en los últimos 20 años de forma muy importante en los sistemas de seguridad social, ya sea ampliando los beneficios a personas mayores que no tenían los aportes necesarios permitiendo que se jubilaran, como también los programas de AUH y empleo. Eso hoy alcanza a caso el 35% de la población.
Si bien Argentina avanzó mucho en este sentido, después de los primeros años pos crisis 2001, no siguió creciendo, el crecimiento no fue sostenido. El principal déficit fue la creación de empleo. Lo que venía en ascenso hasta 2007, con la crisis del 2008 se estancó. Comenzó a decrecer el empleo formal y privado e incluso no mejoró el empleo ya existente.
Hoy uno de cada tres trabajadores está en situación precaria o no cubierto y siete de cada 10 no son asalariados. Hay cierta deuda porque el empleo no crece ni tampoco se facilitan las condiciones para que eso suceda. Hablo del trabajo que permite crear bienes y servicios para luego ser consumidos. Esta creo que es la principal deuda: un modelo económico que no crece, y cuando ha crecido, no lo hace creando buenos empleos para el mercado interno, en la economía social.
P: ¿Cuál es el recorrido de la matriz social en estos 20 años? ¿Cuál es el diagnóstico actual de esa matriz?
A.S.: La sociedad de poscrisis (2002-2003) era menos desigual en términos estructurales que hoy. Las clases medias, es decir sectores formados, han logrado un progreso económico basado en las actividades más dinámicas, mientras que los sectores informales se han ido empobreciendo. La matriz social es más desigual.
En ese sentido lo que se mantiene, de hecho se ha agravado, es la matriz productiva y el mercado de trabajo. Lo que quedó es un mercado de trabajo segmentado, con el sector público por un lado -con trabajadores formalizados y remuneraciones más altas que la media- y un sector privado formal con ingresos superiores a la media.
A eso se suma un nivel de empleo de sectores informales (es decir que no está registrado, no tiene las protecciones necesarias y las remuneraciones son bajas), que tiene a su vez dos grupos: uno más vulnerable a las crisis económicas; y por el otro, un sector de desplazados de las actividades formales, que son trabajadores en indigencia, que tienen baja calidad de vida.
Hoy Argentina tiene al 47% de los trabajadores sometidos a esa situación de precariedad e informalidad, a lo cual a eso hay que sumarle el desempleo. Antes de la crisis de 2001-2002 el desempleo era alto, pero el nivel de exclusión social era menor, los trabajadores estaban incluidos en el sistema en más de un 60%. La crisis deterioró esa situación y después no hubo una recuperación.
P: ¿Qué falló para llegar al estallido de 2001?
A.S.: Era un contexto donde la economía venía estancada los últimos tres años (1998-2001). Junto al nivel de endeudamiento, produjo condiciones macroeconómicas insostenibles, como otras veces han ocurrido, incluso como las tenemos ahora.
En aquel momento, la salida de la convertibilidad (que era inevitable) y el ajuste de las variables macroeconómicas, ocasionaron un quiebre en el aparato productivo, que ya venía gestándose. Si bien en Argentina hay clases medias integradas, cada crisis va produciendo una nueva expulsión: 2001-2002 fue una de ella, como también lo había sido en 1980-82 y en 1989-91.
Un deterioro de clases medias, que si bien tienen capitales físicos y mantienen ciertos capitales culturales, empiezan a tener crisis en lo económico, por lo tanto no pueden invertir en el capital humano de las nuevas generaciones, como en salud, educación, vivienda, etc.
La crisis produjo un deterioro de las clases medias, con expulsión de los trabajadores integrados a la marginalidad. No solamente eso debe verse desde lo estadístico -como algo resultante del efecto inmediato en lo numérico en términos de la pobreza por ingresos- sino como un fenómeno que impactó “intergeneracionalmente”. Los niños de la crisis 2001-2003 hoy tienen alrededor de 20 años, son jóvenes que hoy están menos capacitados que sus padres para enfrentar las demandas del mercado de trabajo, dado que la crisis afectó la vivienda, la educación, la alimentación, entre otras cuestiones.
P: ¿Cuáles son las problemáticas estructurales que se mantienen desde 2001?
A.S.: La crisis del 2013-2014, que sigue estallando en 2016, que se profundiza en 2018-19 y a la que se empalma la pandemia en 2020, marca una larga década de estancamiento estructural, el cual produce el mismo efecto que 1999-2002.
Aquello no se puedo sostener porque la convertibilidad no se podía mantener, y hoy tampoco se puede sostener la actual situación de déficit fiscal y alta emisión, con endeudamiento cíclico que generó el gobierno anterior. Es decir, un contexto actual desde lo macroeconómico, con un marco inflacionario sin horizonte, sin certidumbre ni un proyecto de estabilización que permita que haya motivación en la inversión en Argentina.
Mientras eso ocurre, el deterioro de las clases medias es creciente. Hay clases medias que se han movido a las clases bajas, dado que tienen menos capital económico para invertir y sostener su estatus.
P: La ayuda en materia social del Estado en estos 20 años permitió contener a millones que se habían caído del sistema. ¿Se terminaron convirtiendo en paliativos más que en un principio de solución para el empleo y el crecimiento?
A.S.: Los planes sociales vinieron a compensar la falta de generación de empleo, algo que se acentuó en 2008, cuando el repunte pos crisis empieza a decaer. A partir de allí, los gobiernos proponen la ampliación de planes sociales (AUH, ProgresAr, Plan Jefes y jefas de Hogar, entre otros). En ese contexto, son sistemas que vienen a asistir, son paliativos porque efectivamente no brindan inclusión social, sino alivio y control social, entendiendo por estos conceptos que han evitado estallidos sociales. Hoy por hoy la pobreza sería casi del 50% sin esos programas y la indigencia seria de casi el 19%.
Vienen a dar alivio, pero no son sostenibles porque los beneficiarios no pueden lograr la inserción de tener un ingreso que permita un horizonte de progreso. Ese ingreso (la ayuda social del Estado) lo que hace es básicamente garantizar la alimentación. Y como hay más de 4 millones de hogares demandando eso, es mucho el gasto social efectuado.
Si la mitad de ellos pudieran recuperar el trabajo y una vida plena en términos de un proceso social de progreso social a través del trabajo, habría dos millones de partidas que podrían ser distribuidas entre otros que no tienen acceso a ello. Hoy por hoy los recursos públicos se distribuyen entre muchas familias, en más de un tercio de las familias argentinas, sin que el trabajo sea la herramienta de inclusión. Sin duda son un alivio y un paliativo, pero hay que ir saliendo de este esquema a través de un programa de crecimiento, con creación de empleo incluso duplicando la cantidad de pequeñas y medianas empresas. Eso generaría una revolución en el empleo y no sería necesario recurrir tanto a los planes sociales.
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