Lo que parecía ayer un cuestionable gesto del embajador brasileño, Mauro Vieira, a favor de los intereses electorales del gobierno argentino, culminó en una solidaria adhesión de la Casa Rosada al penoso tropiezo de la gestión Lula en Brasil: todo el ímpetu de transparencia que manifiesta la administración Kirchner ocultó por un rato la negativa imagen de corrupción que hoy desvela a Lula (el mismo que se permitía observaciones burlonas sobre la conducta de Carlos Menem). Es que Cristina de Kirchner concurrió a la embajada brasileña para agradecer que el diplomático la invitara a un almuerzo junto a otros colegas de América latina y, al contrario de lo pensado, fue él quien debió retribuir la visita casi con lágrimas en los ojos.
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Es que lo que empezaba mal, como diría la ley de Murphy, siempre termina peor. Ya que hasta Ricardo López Murphy -y no el de las graciosas normas- parecía ofendido por la actitud de Vieira, o de Itamaraty en rigor, de convocar a una candidata por la provincia de Buenos Aires para darle una tribuna, primera dama además, mientras los brasileños ignoran al resto de los postulantes en ese distrito. A él, por supuesto, también a la esposa de Eduardo Duhalde, quien como habrá de imaginarse estaba más escaldado que López Murphy por esa interferencia vecinal ya que él se considera no sólo un gran amigo de Lula, sino el representante argentino que más ha hecho por Brasil luego de Bartolomé Mitre.
Nadie sabe aún el curso de la protesta de López Murphy, comprensiblemente indignado, tampoco lo que hará Duhalde (aunque éste, como se sabe, siempre hace silencio). Pero él, de lejos debe ser el más ofendido con Itamaraty,ministerio que ni siquiera lo condecoró con la medalla de Río Branco (la que se reparte como planes Trabajar), a pesar de que él como presidente hasta lo hizo dormir a Fernando Henrique Cardoso en Olivos (un gesto insólito, casi subdesarrollado) y fue el mayor respaldo de la añosa propuesta brasileña por la Unión Sudamericana. Debe pensar hoy que la oficina que le instalaron en Itamaraty, también el tratamiento afectuoso de Lula -quien amorosamente lo llama «Dualdo»- o los viajes a los que lo invitaron en el avión presidencial fueron, simplemente, amagos de amistad frente a la permanente hostilidad del gobierno argentino. Tanto le costó a Duhalde esa inclinación que, en el Palacio San Martín, lo mortifican habitualmente como el «garoto de Lomas de Zamora».
Pero Vieira e Itamaraty no sólo olvidaron esa intimidad, también los desplantes del propio Kirchner a Lula, ya que se negó a participar en reuniones cumbre con los mandatarios de la región. Por no hablar del zigzagueante decir de Rafael Bielsa, quien empezó en la Cancillería prometiendo sometimiento a Brasilia y luego no le alcanzó el repertorio para cuestionar al vecino. Finalmente, tanto López Murphy como Duhalde (y su esposa Hilda) deben reconocer que los brasileños son hijos del rigor, cuanto más los castigan, más se inclinan: de ahí la convocatoria a Cristina de Kirchner. Pero los candidatos bonaerenses postergados entienden -al igual que los radicales olvidados de la provincia de Buenos Aires- que, al margen del dócil comportamiento de Itamaraty, haber sido discriminados en la agenda brasileña en la etapa previa a las elecciones constituye, por lo menos, una intromisión (o un involucramiento) que no le corresponde a un gobierno extranjero.
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