1 de abril 2008 - 00:00

Ya sin palabras gobierno pasa a la acción directa

Alberto Fernández
Alberto Fernández
Carne de diván, ella es una invitación al apunte «psi»: ¿a qué tanto toqueteo de micrófono (más de 30 veces)? ¿A qué tanta repetición de «ya lo dije» para avalar obviedades? Por ejemplo, «no está mal comer carne, ya lo he dicho, etc.». Sólo la superó el latiguillo insufrible de Martín Lousteau «está clarísimo», que repitió más de quince veces en menos de veinte minutos.

Inevitable reparar en los detalles porque la letra del acto en el Salón Blanco estuvo desencajada de la música. El gobierno quiso mostrar una aglomeración de funcionarios, en son de paz, que escuchaban atentos en un acto de escenografía soviética: fue interminable la lectura tediosa de los nombres de los presentes, los mismos que van a todos los monólogos en ese santuario del gobierno.

Esta tarde mostrará a los mismos pero en son de guerra. Esa fue la música, entrelíneas para acompañar el mensaje amenazador de Cristina de Kirchner: «Si no hacemos esto vamos a tener problemas». ¿Quién va a tener problemas? ¿Quién los va a provocar?

El drama del gobierno es que, después de la Plaza de hoy, sólo quedará el alarido. Como si no captase la frecuencia de la demanda del campo -y tampoco de los sectores de la clase media que lo apoyan-, el mensaje oficial en esta cuestión es el de un emisor afónico. Habla y no la escuchan. Cuando usó el micrófono la semana pasada en el Salón Sur, Alfredo de Angelis le respondió, apenas terminó, «¡Caradura!». Ayer, este representante de una de las etnias que más da que hablar en el país había adelantado el rechazo a los anuncios que se conocían desde el viernes. Si la Presidente le hablaba a este De Angelis, o a alguno de sus 10 hermanos (varios de ellos administran campos y también cortes en varios puntos de la geografía entrerriana), fue en vano el esfuerzo retórico.

La Plaza de hoy sólo pondrá ruido. No irán sino los dirigentes y militantes, llevados en centenares de micros que desde la madrugada de hoy entornarán la Casa de Gobierno. No habrá adherentesni simpatizantes, ahuyentados por temor a que termine todo en otra demostración del estilo D'Elía de defender al gobierno. Eso hará de la Ciudad hoy una urbe vacía, en la cual el gobierno, arrinconado por la sonrisa desdentada de De Angelis, echará el último resto. Tiene razón este activista en redoblar sus gestos agresivos: al gobierno ya le ganó en Botnia. Fue antes quien organizó el corte del puente de Gualeguaychú y no hubo Dios que lo sacara de ahí. Celebra todas las mañanas esa victoria sobre dos países, una multinacional y la Corte de La Haya. ¿Cómo no va a retrucar en cada mano a un gobierno al que ya doblegó y cuyas debilidades conoce desde hace dos años?

La pelea entre el campo y el gobierno es entre dos veredas bien débiles; es difícil de explicar cómo los chacareros van corriendo al gobierno metro a metro. Le rechazaron el acuerdo el viernes pasado no sólo por el contenido de las medidas; fue también porque el gobierno mantuvo la amenaza de la Plaza de hoy. Si se levantaba, había conversación. El gobierno creyó que sentarse, y encima desbaratar la Plaza, sería una doble capitulación. En este conflicto, lo que privilegia sobre todo es la autoridad presidencial. «Ustedes saben lo que ha costado construir autoridad presidencial en la Argentina. Lo de ustedes atenta contra esa construcción», les dice Alberto Fernández a los ruralistas cada vez que se reúne con ellos. Todo lo demás es negociable, con lo cual el gobierno está pidiendo que lo dejen entregarse en la negociación pero que no se note. Defender con tanto énfasis la autoridad es prueba de que no se tiene autoridad.

El tono de la plaza de hoy, necesariamente agresivo, marcará el comienzo de una negociación desde mañana, luego de que los activistas del campo repliquen el gesto del gobierno y ofrezcan -como hizo ayer Cristina de Kirchner- alguna prensa de acuerdo. Teme el sector que el desbastecimiento haga cambiar con el correr de los días el apoyo de las grandes ciudades. También que el gobierno, agotada la última instancia de la Plaza, se lance al alarido con Guillermo Moreno a la cabeza y blandiendo la Ley de Abastecimiento.

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