29 de agosto 2002 - 00:00

Al maestro con cariño

Hoy día está de moda la autocrítica entre los economistas y también la crítica a otros colegas hecha por economistas que normalmente han figurado en el staff de organismos internacionales. Domingo Cavallo ya asumió públicamente que su mayor error fue formar parte de un gobierno débil. Michael Mussa critica al FMI por no haber sido más duro con la Argentina en los años de bonanza 1996-'98, olvidándose de que cuando a un país le va bien no precisa plata del Fondo por lo cual éste no puede imponer nada. La perla se la lleva Stiglitz que critica al Fondo y al Banco Mundial por recomendar políticas de ajuste fiscal a países del Tercer Mundo. Recientemente Stiglitz estuvo en Buenos Aires y sigo buscando alguna declaración suya que me indique cómo haremos para seguir financiando nuestro déficit sin que alguien nos preste.

Sin pretender compararme a tan ilustres y experimentados colegas, creo sentirme capacitado para realizar una devastadora crítica sobre dos de los pilares de mi alma mater, la Escuela de Chicago. Estos pilares son conocidos por Monetarismo y Fiscalismo, y mi crítica sólo se referirá a éstos en cuanto a su aplicación en ámbitos rioplatenses en los últimos años.

La profesión de economistas serios parece estar clara-mente dividida en dos vertientes: los fiscalistas y los monetaristas. Digo esto más allá de la obviedad contable que establece que un Estado sin crédito debe necesariamente financiar sus déficit fiscales con emisión monetaria. El típico fiscalista concentra su razonamiento en dos variables: el nivel del gasto público y el nivel del déficit fiscal. Si el déficit fiscal es cero y el gasto público es bajo, el paraíso del equilibrio macroeconómico está asegurado. Sus corazones se enternecen cuando escuchan hablar de propuestas tales como la Ley de Responsabilidad Fiscal o la Ley de Déficit Cero. Ambas leyes eran totalmente carentes de contenido económico o de viabilidad política. Eran simples manifestaciones de buenas intenciones según el código fiscalista y nunca llegaron a ser operativas.

La Ley de Responsabilidad Fiscal nació violada ya que la meta de déficit se incumplió el mismo año en que fue sancionada. La Ley de Déficit Cero fue otra de las locuras de Cavallo: establecía que sólo se gastaría lo que ingresaba, nunca financiado con emisión. Como la ley no decía nada sobre el nivel del gasto, éste se mantuvo y para financiarlo se inventaron las cuasi monedas provinciales y luego los LECOP nacionales. Gracias a esta originalidad fiscalista ahora tenemos más de una docena de cuasi monedas, las que el FMI nos pide que sean rescatadas. ¡Podríamos hacer un concurso de nombres para designar al nuevo bono con el que se rescatarán las cuasi monedas!

El típico plan de ajuste macroeconómico fiscalista se basa en reducir el gasto público en la misma proporción en todas las áreas. El algoritmo perfecto para maximizar los costos del ajuste y minimizar sus resultados positivos. Los puentes quedan parados en la mitad del río, los aeropuertos se quedan sin luces de aterrizaje y los hospitales sin remedios. Los «ñoquis» estatales cobran un poquito menos y lo compensan deteriorando el servicio y quizás coimeando un poquito más. Ningún «ñoqui» pierde su puesto y todos permanecen en las gateras esperando que se dé marcha atrás con la medida, lo que siempre ocurre. Si algún efecto esto tiene es el de incentivar a los mejores a que abandonen el sector público con lo que nos aseguramos que seguimos estando gobernados por los peores.

• Premios

En esta columna, en abril de 1999 premiamos a López Murphy por su propuesta «original y mediática» de reducir los salarios del sector público, propuesta que fue implementada por el gobierno de la Alianza en julio de 2001. Esta semana la Corte Suprema dictaminó, como era de esperar, que el ajuste era inconstitucional, debe ser abandonado y el dinero adeudado, devuelto. Imaginen qué nombre le pondrán a este nuevo bono.

El premio que dimos en abril de 1999 fue compartido también por Domingo Cavallo por proponer abandonar el 1:1 y establecer una cesta de monedas. A esta brillante propuesta de neto corte monetarista rioplatense le agradecemos los BODEN y todos los otros bonos por venir.

Los monetaristas locales creen que el dinero lo es todo. Todos los problemas se resuelven no emitiendo dinero o alterando su valor, nunca su cantidad. Esta visión simplista del dinero llevó a Machinea y Sourrouille a financiar un déficit fiscal explosivo con el «festival de bonos». No me acuerdo cómo se llamaban estos bonos porque la hiperinflación que se generó los borró rápidamente de los circuitos de la memoria colectiva.

Por suerte algunos buenos economistas monetarios (que los hay y muchos) analizaron la falacia detrás de la idea de incurrir en déficit sostenidos financiados con dinero y de luego reducir la cantidad de dinero rescatándolo con bonos y la enterraron en un trabajo brillante titulado «Some Unpleasant Monetarist Arithmetics» (Thomas Sargent y Neil Wallace).

Después del colapso del «festival de bonos» y de leer el paper de Sargent y Wallace, los economistas de la Alianza buscaron nuevas maneras de lidiar con el todopoderoso dinero. Este ingrato agregado (M2) seguía creciendo sin pausa merced a los sostenidos déficit fiscales y estaba amenazando las reservas del Banco Central. Esto fue una situación insoportable ya que si hay algo que un monetarista quiere aun más que la moneda propia es la moneda extranjera.

Cavallo llegó a la solución magistral al problema del exceso de dinero local: prohibió las manifestaciones físicas del dinero local y generó la contracción monetaria más grande de la historia mundial. Como todavía se podía tener dólares, la famosa frase de Perón, modificada por el «corralito» se convirtió en «¿Quién ha visto un peso?».

Recuerdo una pregunta de examen de mis días de estudiante en Chicago que establecía que un servicio militar compulsivo no costaba nada. El razonamiento era que como los conscriptos no cobraban plata el país no pagaba nada y, por ende, el Ejército no costaba. Se nos enseñó que el verdadero costo de una cosa es el precio de su oportunidad, el que no siempre coincide con el monetario. El costo de un ejército de conscriptos es todas las cosas que esos hombres podrían estar haciendo si no estuvieran forzados a trabajar gratis para el ejército. Uno se tienta a pensar que alguien podría creer que un Estado que no paga por lo que gasta en realidad no gasta. La respuesta correcta sería que todavía se gasta y encima mal.

Milton Friedman solía decir que la mejor política monetaria es la que logra que nadie hable de la moneda. Cuando ésta deja de ser la medida de valor para pasar a ser el medio de financiamiento del déficit fiscal, es inevitable que sea tema de referencia constante. Hace ya décadas que los argentinos estamos obsesionados con nuestras monedas y tipos de cambio. La mejor política monetaria es la que se mantiene aparte de la política fiscal y otras metas inalcanzables, como ser precios relativos o crecimiento. Esto se logra con un Banco Central independiente con un solo mandato: preservar el valor de la moneda para que la gente deje de hablar de ella.

La mejor política fiscal es la que se enfoca sobre la productividad del gasto público en relación con el costo de su financiamiento. Un déficit fiscal puede ser conveniente si el costo de la nueva deuda es menor que la tasa de retorno del gasto. La peor política fiscal es la que toma como dada la estructura del gasto público (en términos físicos) y trata de modificar su valor o formas de financiamiento.

(*) ex ministro de Economía

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