13 de febrero 2001 - 00:00

Alfonsín, entre la táctica y la falta de coherencia

Hace 10 días Raúl Alfonsín, con la solemnidad que suele darles a sus propios actos, emitió un comunicado como presidente del comité nacional del radicalismo. En ese pronunciamiento reclamó por el respeto a un principio que ya tiene varios siglos de antigüedad: el de la presunción de inocencia. Es decir, el derecho de todo ciudadano a que se lo considere inocente mientras no se demuestre, al cabo del «debido proceso», lo contrario. El reclamo de Alfonsín y la conducción de la UCR se produjo por un episodio concreto: los fiscales Eduardo Freiler y Federico Delgado habían apelado, con argumentos que se calificaron de «periodísticos», la falta de mérito dictada por el juez Carlos Liporaci en beneficio de los senadores acusados de haber recibido sobornos. Freiler y Delgado pidieron el procesamiento adicional de José Genoud. El ex presidente defendió la honorabilidad de todos los acusados hasta que hubiera sentencia definitiva, pidió que no se politice la Justicia, actuó en definitiva con arreglo a las formas del estado de derecho. Sólo Carlos Chacho Alvarez, cuya cultura cívica presenta a menudo inquietantes lagunas, se quejó de esa posición de los radicales y censuró: «Niegan lo que es evidente».

Si conviene recordar esta polémica, que ocasionó una nueva fractura en la Alianza, es porque Alfonsín olvidó muy rápidamente aquel principismo. El fin de semana pidió la renuncia del presidente del Banco Central, Pedro Pou, a quien condenó antes de que la Justicia comience siquiera a investigar. Ahora es él quien encuentra evidente lo que tal vez requiera de un análisis más sereno y detenido, como el que cabe esperar de los magistrados.

Transformación

Pero basta que el acusado no sea su amigo para que Alfonsín se transforme rápidamente en Alvarez. Junto con el presidente de la UCR se expresaron ayer Darío Alessandro y Nilda Garré, funcionaria de la segunda línea del Ministerio del Interior, quien, como Federico Storani no le asigna tareas, suele abocarse al librepensamiento. Pero a ellos no hay que reprocharles incoherencia alguna: provenientes de otra tradición política, jamás se les ocurriría emitir bandos «iluministas» como los de Alfonsín. «Al enemigo, ni justicia», decía el general.

Las razones por las que el planteo del jefe radical puede resultar preocupante son diversas. La más evidente es que, otra vez, toca un cable de alta tensión. Tal vez Alfonsín sea uno de los ingenuos transeúntes a los que el gobierno dedicó la publicidad sobre el blindaje 2001, con el que se come, se educa y se cura, por decirlo con lenguaje de su época. Nadie le habrá explicado que, en realidad, se trató de un salvataje para demorar el colapso, que todavía no se ha despejado del horizonte. José Luis Machinea no volverá a hacerle advertencias a su antiguo jefe; cuando le pidió que no hable de suspender el pago de la deuda, el ex presidente le retiró el saludo. Las embestidas actuales de Alfonsín acaso tengan un efecto equivalente: el Banco Central y su autonomía son vistos como la garantía institucional de la estabilidad monetaria y la Argentina todavía despierta más dudas que certezas como para agregar interrogantes en ese nivel.

Es posible que sea esta razón, el carácter auspicioso que le conceden los inversores a la continuidad del presidente del Banco Central a través de dos administraciones políticas, la que excita los prejuicios de Alfonsín. Además, es sabido que él tiene un conflicto casi personal con Pou, abierto el día en que el economista se inclinó en favor de un acuerdo bilateral con Estados Unidos que permitiera la dolarización. Fue por haber dicho esto y no por razones éticas que el ex presidente comenzó a pedir la renuncia del titular del Central. Por eso resulta tan raro que ahora Alfonsín prefiera el escándalo mediático antes que la buena argumentación política para cobrarse una víctima. Sobre todo cuando él no ignora los intereses crudamente comerciales que alientan ese escándalo.

Pasionismo

Sin embargo, la virulencia con que Alfonsín castigó a Pou antes de que, por lo menos, se lo comience a investigar tampoco obedecería a este entredicho doctrinario en torno de la dolarización. Quienes lo conocen afirman que el ex mandatario está movido por su pasión más enérgica: la que tiene que ver con tácticas electorales, candidaturas, conquista del poder. En efecto, Alfonsín está hoy atribulado por la posibilidad de que Elisa Carrió, militante principal de la saga contra el lavado de dinero, abandone la UCR y se postule como candidata a senadora en la Capital, en contra de los intereses del partido y de la Alianza.

Esto inquieta más al jefe radical que las supuestas distracciones de Pou como supervisor del sistema financiero o como abanderado de enseñanzas que él repudia. No están desacertados los que creen que el presidente del Central debe ser, en la lógica de Alfonsín, una víctima ofrecida en homenaje a retener a la Carrió en las filas de la Alianza. Aunque eso signifique una pequeña excepción respecto de aquellos comunicados en favor de los principios. Y de los amigos.


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