Caos por reunión en Olivos

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Alrededor de 150 secretarios y subsecretarios, cada uno con su auto y chofer, se dieron cita ayer a la misma hora para entrar a Olivos, generando un descomunal atascamiento, concierto de bocinas y vecinos despotricando contra el gobierno. La esquina de Villate y Wineberg, frente al portón de acero de la residencia presidencial, fue testigo a partir de las 13 de una aglomeración automovilística parecida a un día de manifestaciones en el centro de Buenos Aires.

La Policía Bonaerense controlaba el ingreso exterior, en tanto que en la guardia interior de Granaderos se encontraba un funcionario de ceremonial con la lista de quienes estaban autorizados a entrar. También adentro un equipo provisto de espejos observaba por debajo de la carrocería de cada auto y una mujer policía con un perro negro lo olfateaba por fuera y adentro del baúl, que cada uno debía abrir.

Todo este mecanismo demoraba el ingreso con colas en ambas direcciones sobre Villate de hasta 6 cuadras, donde se confundían autos oficiales y de particulares ofuscados. Marcelo Stubrin llegó temprano y entró fácil. Rafael Pascual, con la chapa de bronce número 5, juntó paciencia y debió esperar. Lo mismo que el secretario de Culto, Norberto Padilla, José María García Arecha y uno de los peronistas presentes, Luis Uriondo (Seguridad Interior), entre otros estoicos funcionarios que se cocinaban bajo el sol. Tanto era el atascamiento que apareció el jefe de la Casa Militar, el general Julio Hang, de uniforme y condecoraciones, para ver si se podía apurar el trámite.

Este caos lo sufrió el presidente del bloque de senadores de la UCR,
Jorge Agúndez, que al parecer no estaba enlistado y, como no lo encontraban, tuvo que esperar casi una hora para poder entrar. Tan nervioso estaba que, cuando apareció un escarabajo Volkswagen con el senador frepasista Pedro del Piero al volante y enfiló para entrar, el chofer de Agúndez no aguantó más y le gritó al cabo de la Policía que los retenía bajo el sol: «¡Jefe!, ¿qué pasa que el cuatro de copas y el dos de espadas pueden entrar y nosotros no?». No hubo concesiones y Agúndez terminó ingresando cuando todo el mazo de cartas ya estaba adentro.

«Estos son todos garcas»
, masculló un vecino que, transpirando, se adelantó a pie desde su auto para requerir a la policía que los estaba reteniendo. La sala de prensa de la calle Villate, con aire acondicionado, se animó cuando desde el interior de la quinta llegaron unas pizzas con mozzarella. En la calle, la Policía hacía bromas: «A los últimos en entrar les tocan hamburguesas», canturreaba uno, mientras otro repetía como un sonsonete: «Vamos, apuren, que no hay más localidades».

Pasadas las 13.30 aparecieron en la sala de conferencias
Federico Storani y Jorge de la Rúa, acompañados del vocero presidencial, Ricardo Ostuni. Cuando concluyeron su breve informe a la prensa, retornaron a la casona de la quinta. Y lo hicieron en el mismo móvil que usaron para llegar: Storani manejando el pequeño auto eléctrico blanco que compró Menem para recorrerla, mientras Ostuni se trepó a su lado y Jorge de la Rúa se acomodó detrás.

El severo control para ingresar a la quinta contrastó con el robo que ocurrió en las narices del Presidente. Una banda de tres delincuentes asaltó ayer a las 10 de la mañana la sucursal Olivos del banco Itaú, saqueando en 2 minutos las cajas de atención al público.

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