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De la Rúa recibió lección de Cardoso
Como en la Argentina, esa coalición tiene a la cabeza a un hombre en cuyo liderazgo se reconoce sólo una minoría del oficialismo. También como aquí, la articulación de los distintos partidos se consiguió gracias al «pegamento» que ofrece el reparto de cargos públicos: cuotas del gabinete fijadas para cada integrante de la «cooperativa».
Apenas un escalón más abajo que Cardoso se ubicó, en los últimos 6 años, Antonio Carlos Magalhaes (a quien los brasileños, en una especie de imitación lingüística de los Estados Unidos, llaman por sus iniciales, «ACM», así como al primer mandatario le dicen «FHC»). Fue presidente del Senado y, desde allí, el hombre más importante de la alianza de gobierno después -y a veces «con»- el presidente. Magalhaes manejó con mano de hierro al PFL e insinuó siempre diferencias con el sociólogo Cardoso, a quien a menudo le daba consejos a través de declaraciones televisivas.
Derrotado, Magalhaes se abrazó a las columnas del templo. Dijo que Cardoso estaba favoreciendo a la corrupción, que no quería limitarla dentro de su gobierno. Visitó a un grupo de fiscales a propósito de una denuncia y, al concluir la reunión, uno de ellos exhibió una grabación en la que el senador decía: «Si quieren llegar a Cardoso tienen que apuntar a Eduardo Jorge Caldas Pereyra», refiriéndose a un ex secretario general de la presidencia que renunció envuelto en un escándalo de corrupción.
Después Magalhaes fue más allá e insinuó que el gobierno tiene maneras «non sanctas» de torcer la voluntad de los senadores. «Hablaré de privatizaciones, de la mucha gente que el presidente dijo que eran pillos, pero que estaban en el gobierno ... denunciaré la corrupción. FH (Cardoso) fue tolerante con la corrupción y denunciaré eso», prometió ayer el senador a través del diario «O Globo», de su amigo (y dicen que socio en la TV de Bahía), el poderoso Roberto Marinho.
Si el aliado del presidente de Brasil no se parece a Alvarez no es sólo porque lo supera mucho en edad (tiene 73 años). Magalhaes, o al menos su leyenda, parece sacado de una novela sobre caudillos («coroneles») del nordeste brasileño. Manejó a su antojo el estado de Bahía en los últimos 20 años y fue un buen aliado de los militares durante la dictadura en su país.
El bahiano jamás hubiera sacrificado el poder para salvar su matrimonio (en eso es más parecido a Carlos Menem, quien hizo lo contrario: al revés de Alvarez, perdió un matrimonio por conservar el poder).
Pero la distancia entre Brasil y la Argentina se agiganta por otra razón, mucho más importante: la manera en que De la Rúa resolvió la crisis.
Tal vez está aquí y no en otra diferencia la razón por la cual no aparecen en el país vecino las consecuencias económicas que sí se manifestaron entre nosotros cuando se desató la turbulencia.
Cuarenta y ocho horas después de que las declaraciones de Magalhaes ante los fiscales se publicaran en la revista «Isto é», Cardoso liquidó a los dos ministros que respondían al senador dentro del gabinete.
Esas 48 horas fueron el plazo máximo (y tácito) que les dio para que esos dos funcionarios fueran a besarle la mano y dejaran en claro que no serían solidarios con su jefe, el bahiano.
Debería recordarse que cuando Alvarez estalló en denuncias, De la Rúa debió ver por televisión cómo colaboradores suyos, entre ellos una ministra, escoltaban a su acusador en la conferencia de prensa.
Si Cardoso pudo dejar en claro su conducción -y evitarle al país cualquier tipo de sospecha sobre dónde está el centro del poder-no fue porque sea un hombre de carácter más templado que el presidente argentino.
Al contrario: desde que comenzó su primer mandato, el sociólogo es calificado como un «consensualista» casi patológico, afecto a no definir conflictos y a demorar las soluciones.
Si en esta crisis pudo actuar con más decisión fue porque el castigo a los infieles está articulado con una operación más sofisticada.
Los reemplazantes de los dos ministros serán del PFL de Magalhaes, sólo que responderán a adversarios internos del senador: serán designados por indicación de Marco Maciel (vicepresidente) y de Jorge Bornhausen (presidente del partido).
A su vez, Cardoso se cuidó de fortalecer a los aliados de Magalhaes dentro de su propio partido: Tasso Jereissati, gobernador de Ceará y poderoso empresario, fue hasta ahora el ahijado de Magalhaes en la interna del PSDB para la sucesión presidencial.
Por eso el presidente le quiere aliviar su orfandad asignándole un ministerio de su propia «cuenta».
Falta una última variable en la comparación, que sólo el tiempo puede desentrañar. Se trata de saber si, a diferencia de Alvarez, Magalhaes tiene algo más que sospechas e indicios que incriminen a su aliado.
En caso de que poseyera pruebas con valor judicial, entonces sí la brecha se haría más amplia y Cardoso correría, recién ahora, en desventaja con su tocayo argentino.


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