27 de febrero 2001 - 00:00

De la Rúa recibió lección de Cardoso

Cualquier operador financiero que esté delante de su pantalla en Francfort, Nueva York o Londres podría estar tentado a creer que, de pronto, Brasil se convirtió en la Argentina y Fernando Henrique Cardoso en su tocayo, Fernando de la Rúa. Tantas son las similitudes entre la crisis política que azota a Brasilia y la que se desató en Buenos Aires a partir de mediados del año pasado. Sin embargo son mayores las diferencias, sobre todo por la manera en que Cardoso puso a salvo su autoridad en medio del tembladeral político. Basta observar:

Cardoso preside una coalición muy diversa, en la que su partido (PSDB) convive con varias fuerzas de las cuales el Partido del Movimiento Demo-crático Brasileño (PMDB) y el Partido del Frente Liberal (PFL) son las más importantes. Entre esos dos partidos se ha abierto ya una disputa en torno de la identidad y la orientación del sucesor del presidente, que deja el cargo en diciembre del año próximo. Esa puja se anticipó al manejo del Senado, donde el Ejecutivo brasileño cuenta con una mayoría muy inestable, que es necesario componer para cada votación.

Como en la Argentina, esa coalición tiene a la cabeza a un hombre en cuyo liderazgo se reconoce sólo una minoría del oficialismo. También como aquí, la articulación de los distintos partidos se consiguió gracias al «pegamento» que ofrece el reparto de cargos públicos: cuotas del gabinete fijadas para cada integrante de la «cooperativa».

Apenas un escalón más abajo que Cardoso se ubicó, en los últimos 6 años, Antonio Carlos Magalhaes (a quien los brasileños, en una especie de imitación lingüística de los Estados Unidos, llaman por sus iniciales, «ACM», así como al primer mandatario le dicen «FHC»). Fue presidente del Senado y, desde allí, el hombre más importante de la alianza de gobierno después -y a veces «con»- el presidente. Magalhaes manejó con mano de hierro al PFL e insinuó siempre diferencias con el sociólogo Cardoso, a quien a menudo le daba consejos a través de declaraciones televisivas.

En los últimos tiempos, Magalhaes abrió una guerra a muerte por conservar, personal-mente o a través de un delegado, la presidencia de la Cámara alta. Con quien aspiraba a su sucesión, el líder del PMDB Jader Barbalho, mantuvo un debate para nada edificante: ambos discutieron acerca de quién de los dos era más corrupto y ladrón. Magalhaes cometió un error incomprensible: trabar la aprobación de un par de medidas provisorias (equivalentes a los decretos de necesidad y urgencia) del Ejecutivo, lo que dio a Cardoso la posibilidad de inclinar la balanza en favor de Barbalho. Fue una jugada táctica y, acaso, también temperamental: profesores centroizquierdistas de la muy urbana Universidad de San Pablo, los Cardoso (Fernando pero, sobre todo, Ruth) jamás se sintieron cómodos con la amistad de alguien como el bahiano, un hombre que jamás necesitó buscar en libro alguno las razones por las cuales debe disfrutarse del poder.

Derrotado, Magalhaes se abrazó a las columnas del templo. Dijo que Cardoso estaba favoreciendo a la corrupción, que no quería limitarla dentro de su gobierno. Visitó a un grupo de fiscales a propósito de una denuncia y, al concluir la reunión, uno de ellos exhibió una grabación en la que el senador decía: «Si quieren llegar a Cardoso tienen que apuntar a Eduardo Jorge Caldas Pereyra», refiriéndose a un ex secretario general de la presidencia que renunció envuelto en un escándalo de corrupción.

Después Magalhaes fue más allá e insinuó que el gobierno tiene maneras «non sanctas» de torcer la voluntad de los senadores. «Hablaré de privatizaciones, de la mucha gente que el presidente dijo que eran pillos, pero que estaban en el gobierno ... denunciaré la corrupción. FH (Cardoso) fue tolerante con la corrupción y denunciaré eso», prometió ayer el senador a través del diario «O Globo», de su amigo (y dicen que socio en la TV de Bahía), el poderoso Roberto Marinho.

Es lógico que cualquier observador más o menos impreciso se confunda Brasil con la Argentina. El responsable del Senado y principal socio político del Presidente enciende el ventilador e insinúa que el Ejecutivo, además de tener su propia corrupción, contamina al Legislativo con la compra de leyes. Hasta aquí las similitudes son llamativas. Pero más lo son todavía las diferencias entre los dos casos. En primer lugar, porque Magalhaes no es Carlos Chacho Alvarez y, en segundo lugar, porque Cardoso demostró hasta ahora que no es De la Rúa, distinción que en este caso le da ventaja.

Si el aliado del presidente de Brasil no se parece a Alvarez no es sólo porque lo supera mucho en edad (tiene 73 años). Magalhaes, o al menos su leyenda, parece sacado de una novela sobre caudillos («coroneles») del nordeste brasileño. Manejó a su antojo el estado de Bahía en los últimos 20 años y fue un buen aliado de los militares durante la dictadura en su país.

Entre las versiones que circulan sobre él está la de, presuntamente, haber mandado a matar a su yerno por cuestiones de negocios, lo que explicaría -según el mismo relato muy difundido en Brasilia- el suicidio de su hija. Signado por la desgracia, Magalhaes vio también morir a su hijo, Luis Eduardo, «sucesor natural» de Cardoso en 2002.

El anciano no superó la angustia pero da la impresión de que la transformó también en política: infinidad de dirigentes advirtieron en Brasil lo fácil que era capturar su voluntad con sólo ponerle «Luis Eduardo Magalhaes» a un puente, una escuela o un sanatorio. Como se ve, «ACM» no es de la misma raza de Chacho, no sólo por sus en apariencia distintos patrones morales.

El bahiano jamás hubiera sacrificado el poder para salvar su matrimonio (en eso es más parecido a Carlos Menem, quien hizo lo contrario: al revés de Alvarez, perdió un matrimonio por conservar el poder).

Pero la distancia entre Brasil y la Argentina se agiganta por otra razón, mucho más importante: la manera en que De la Rúa resolvió la crisis.

Tal vez está aquí y no en otra diferencia la razón por la cual no aparecen en el país vecino las consecuencias económicas que sí se manifestaron entre nosotros cuando se desató la turbulencia.

Cuarenta y ocho horas después de que las declaraciones de Magalhaes ante los fiscales se publicaran en la revista «Isto é», Cardoso liquidó a los dos ministros que respondían al senador dentro del gabinete.

Esas 48 horas fueron el plazo máximo (y tácito) que les dio para que esos dos funcionarios fueran a besarle la mano y dejaran en claro que no serían solidarios con su jefe, el bahiano.

Debería recordarse que cuando Alvarez estalló en denuncias, De la Rúa debió ver por televisión cómo colaboradores suyos, entre ellos una ministra, escoltaban a su acusador en la conferencia de prensa.

Si Cardoso pudo dejar en claro su conducción -y evitarle al país cualquier tipo de sospecha sobre dónde está el centro del poder-no fue porque sea un hombre de carácter más templado que el presidente argentino.

Al contrario: desde que comenzó su primer mandato, el sociólogo es calificado como un «consensualista» casi patológico, afecto a no definir conflictos y a demorar las soluciones.

Si en esta crisis pudo actuar con más decisión fue porque el castigo a los infieles está articulado con una operación más sofisticada.

Los reemplazantes de los dos ministros serán del PFL de Magalhaes, sólo que responderán a adversarios internos del senador: serán designados por indicación de Marco Maciel (vicepresidente) y de Jorge Bornhausen (presidente del partido).

A su vez, Cardoso se cuidó de fortalecer a los aliados de Magalhaes dentro de su propio partido: Tasso Jereissati, gobernador de Ceará y poderoso empresario, fue hasta ahora el ahijado de Magalhaes en la interna del PSDB para la sucesión presidencial.

Por eso el presidente le quiere aliviar su orfandad asignándole un ministerio de su propia «cuenta».

Falta una última variable en la comparación, que sólo el tiempo puede desentrañar. Se trata de saber si, a diferencia de Alvarez, Magalhaes tiene algo más que sospechas e indicios que incriminen a su aliado.

En caso de que poseyera pruebas con valor judicial, entonces sí la brecha se haría más amplia y Cardoso correría, recién ahora, en desventaja con su tocayo argentino.

Dejá tu comentario