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El impuestazo de Cavallo profundizará la depresión
3) Muchas veces, cuando los políticos defienden el botín que para ellos es el gasto público, dicen que el gasto público es «inflexible a la baja». Pregunta: ¿por qué el gasto público es inflexible a la baja y el gasto privado no? ¿Por qué un trabajador privado tiene que aceptar menores salarios (cuando no queda directamente desempleado), mientras los «ñoquis» y los jubilados de privilegio continúan cobrando ingresos injustificados? La única explicación válida es que los empleados públicos toman edificios públicos, pueden cortar calles y enloquecer el tránsito, movilizarse a Plaza de Mayo. En fin, pueden ejercer la extorsión de la violencia política. El pobre ciudadano, en cambio, no tiene capacidad de protestar y tiene que «tragarse» su empobrecimiento para mantener a los «vivos» que parasitan en el Estado.
Lo que pasó con la experiencia de Ricardo López Murphy es un claro ejemplo de lo afirmado en el párrafo anterior. Más allá de que la baja de gasto público que propuso era insuficiente porque implicaba mantener el déficit fiscal en niveles insostenibles, ¿quién se atrevería a negar que el presupuesto universitario que López Murphy afectaba se destina, al final de toda la ronda de pases de manos y «vueltos», para que los políticos tengan su propia tropa en la universidad? Más allá de que la universidad está para quemarse las pesta-ñas estudiando y no para hacer política, si los políticos quieren tener un comité en la universidad, que lo paguen del dinero que reciben del presupuesto de los partidos políticos que tan generosamente fija el Congreso todos los años.
Sin embargo, cuando López Murphy anunció la baja de gasto público, las calles se llenaron de estudiantes, muchos dirigentes políticos repudiaban el «ataque a la educación», a la igualdad de oportunidades, etc. La principal oposición la tuvo en la propia Alianza, peor aún, dentro del mismo gobierno y los cortes de avenidas tuvieron el apoyo total de la Policía Federal manejada desde el Ministerio del Interior. En realidad, lo único que defienden los progresistas es el gasto político en la universidad, plasmado a través de «ñoquis», estudiantes crónicos y dirigentes que hacen política.
Frente a tamaña «injusticia» y «falta de tacto político» de López Murphy, Cavallo opta por el séptimo impuestazo por un monto de $ 3.100 millones. Total, los ciudadanos no tenemos capacidad de rebelarnos, ni siquiera la mayo-ría puede percibir cómo es que termina pagando el impuestazo a través de menores salarios o directamente con el desempleo. Es mentira que no se puede bajar el gasto público. Los ejemplos abundan.
El fisco (nacional+provincial+municipal) gasta $ 30.000 millones en salarios por año de los cuales, por lo menos 1/4 son exceso de políticos, su amiguismo y clientelismo, o sea, un subsidio al desempleo encubierto. La Presidencia de la Nación gasta $ 800 millones por año sin contar ninguno de sus ministerios. El sistema previsional de reparto tiene un déficit fenomenal de $ 7.000 millones anuales pero paga jubilaciones superiores a los $ 1.000 mensuales que representan un gasto de $ 1.900 millones anuales. Más aún, los sueldos de la mayoría de los empleados públicos no se justifican en función de lo que podrían ganar en el sector privado.
De todas maneras, para ser serios, hay que reconocer que bajar el gasto público de manera grosera, en el corto plazo traería casi la misma recesión que «reventando» a la gente con impuestazos. La gran diferencia es el mediano plazo. Más impuestazos nos sumirán en una depresión económica tan grande y larga que nos llevará al caos económico y financiero que la sociedad no merece sufrir con consecuencias difíciles de predecir hoy. En cambio, bajar el gasto público para ir a déficit fiscal 0 hoy solucionaría simultáneamente el problema fiscal y algo (aunque mucho menos) el de competitividad, abriendo la puerta para una estrategia de crecimiento sostenible basada en el crecimiento de las exportaciones.
Antes de la hiperinflación de fines de los '80 y principios de los '90, casi todos los políticos decían que vender empresas públicas era enajenar el patrimonio nacional. Tanto se lo creían que cuando Rodolfo Terragno quiso introducir capital privado en Aerolíneas Argentinas en 1988, le tiraron un inodoro por la cabeza. Pues bien, vino la hiperinflación, la gente invadía los supermercados para comer, los políticos vieron que su poder desaparecía y de pronto privatizaron todo en dos años. O sea, cuando las «papas quemaron» hicieron algo sensato. ¿Necesitarán un caos similar 10 años después para bajar el gasto público? Ojalá que no.


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