19 de febrero 2002 - 00:00

La Argentina autista en prensa y gobiernos

El reciente viaje del ministro de Relaciones Exteriores y el actual del ministro de Economía muestran cómo opera la información local que cubre los viajes de los funcionarios públicos al exterior. Este fenómeno no es atribuible al mayor o menor éxito en la gestión de ambos funcionarios, sino que se vincula a una antigua tradición que confunde la repercusión interna con la repercusión internacional de una gira. Normalmente esas dos visiones no se parecen en absoluto.

Mientras los medios de comunicación en la Argentina dedican la primera página a la información del viaje -y en muchos casos una o dos interiores-los medios de los países que visitan -principalmente en los Estados Unidos-le dan mínima o ninguna cobertura. Lo cierto es que la Argentina no es un tema prioritario en la política exterior de los países centrales.

Esta circunstancia tiene una consecuencia importante: los argentinos construyen una idea del éxito y la relevancia de estos viajes que en general no coincide con la realidad. Este no es un dato menor, en medio de una crisis como la actual, cuando la opinión pública tiene tan sensibilizado el nivel de sus expectativas.

La Argentina ha pagado un precio muy alto, en el pasado, por tomar la visión local como verdadera. Entre 1982 y 1983 se produjeron dos hechos significativos: la Guerra de Malvinas y la renegociación de la deuda externa. En el primer caso, toda la idea de la invasión y del conflicto estuvo sostenida en supuestos falsos: (a) los Estados Unidos no iban a enfrentar el interés de un país latinoamericano -Argentina-para sostener la posesión británica de una isla perdida en el Atlántico Sur; (b) la entonces Comunidad Económica Europea estaría del lado argentino -en razón de la fuerte afinidad étnica y cultural-principalmente por la inmigración recibida de países como España, Italia y Francia y (c) China y Rusia -como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas-vetarían cualquier resolución contra la invasión argentina, porque su objetivo era atacar los imperios coloniales y fomentar la creación de focos a la manera de Vietnam. Con el conflicto ya declarado, la evolución del mismo y los viajes de los funcionarios argentinos, eran presentados como parte de un proceso en el cual la Argentina estaba venciendo. Muchos de esos argumentos tuvieron amplia aceptación en la Argentina. Mirados desde el exterior, se parecían a un acto de locura colectivo.

El restablecimiento del sistema democrático en 1983 enfrentó al gobierno del presidente Alfonsín con la necesidad de resolver el tema del default de la deuda externa declarado un año antes. La idea central de la negociación -que exteriorizaban los ministros de Economía y Relaciones Exteriores, Bernardo Grinspun y Dante Caputo- era que la Argentina conseguiría los mejores términos para reestructurar su deuda porque se había transformado en un país democrático. Lo cierto es que, durante todo el tiempo de ese gobierno, no se llegó a ningún acuerdo global, no se pagaron capital ni intereses de la deuda y la Argentina mantuvo, intacta, su fidelidad al incumplimiento de las obligaciones asumidas.

En la crítica década de los ochenta la Argentina estuvo afuera del mercado internacional de capitales, cuando aparecieron -además-todos los productos financieros derivados de los commodities, que son la riqueza del país.

Planteo errado

En ese marco, el desconocimiento de la realidad internacional llevó al presidente Alfonsín, en un encuentro con el presidente Reagan, a plantearle -en nombre de su país en default-, durante tres cuartas partes de los treinta y cinco minutos en que estuvieron reunidos, la inconveniencia de que los EE.UU. intervinieran en los problemas internos de Nicaragua.
Otros dos hechos son altamente significativos y ambos se desarrollaron en el Congreso de la Nación. En 1963 -ante la Asamblea Legislativa reunidael presidente Illia anunció «que los contratos petroleros firmados a espalda del pueblo serán anulados». La Asamblea, de pie, tributó a la decisión una larga ovación. A fines de 2001 el presidente Rodríguez Saá anunció, en el mismo recinto, la suspensión de los pagos de la deuda externa. Nuevamente de pie, la Asamblea estalló en una larga ovación aprobatoria. En ninguno de los dos casos, ni a la mayoría de los políticos presentes ni a la opinión pública en general, se les ocurrió analizar cuáles serían las consecuencias internacionales de esas decisiones unilaterales.

La Argentina es una país que, en general en los últimos sesenta años, no ha considerado para la construcción de su política nacional la repercusión en el exterior de las decisiones políticas internas. El resultado es una actitud casi autista que se extiende desde el gobierno a la mayoría de los medios de comunicación y a la opinión pública. Se ha desarrollado un argumento -que goza de amplia aceptación-en el sentido que los acuerdos internacionales pueden modificarse por la sola decisión de los argentinos y ese acto no tiene por qué generar reacciones contrarias a los intereses del país.

Si la crisis actual es una etapa de un largo aterrizaje hacia la realidad sería oportuno rever esta actitud. Pero la pregunta es cómo cambia esa visión. Por ejemplo, en la página
www.ambitoweb.com del martes 12 pasado se publicó una declaración del presidente del gobierno español, José María Aznar, que contiene cuatro afirmaciones: (a) las medidas implementadas por el gobierno argentino van en la dirección correcta, (b) la amenaza de la economía argentina es la hiperinflación, (c) las empresas españolas con presencia en la Argentina deben ser coherentes con la inversión estratégica y (d) el gobierno español no puede obligar a ninguna empresa a hacer lo que no quiere.

Los argentinos pueden tomar algunas de esas afirmaciones -por ejemplo la primera-y colocarla como titular triunfalista a todo lo ancho de su diario imaginario. Esa actitud indica que sabe leer pero no entendió nada. Pero también puede optar por balancear cada una de las cuatro respuestas, tratar de entender la totalidad del mensaje y advertir la dimensión de la crisis mirada por alguien fuertemente involucrado en la Argentina. En ese movimiento hacia la realidad la Argentina puede empezar a cambiar.

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