La Argentina y la convertibilidad

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Nuestro régimen cambiario y monetario tiene muchas características propias de una «caja de conversión», pero también algunas diferencias importantes respecto del modelo clásico de aquéllas. Por un lado está basado en la plena convertibilidad de la moneda local a un tipo de cambio fijo respecto del dólar de los Estados Unidos y en reglas explícitas sobre el respaldo de la base monetaria y, por lo tanto, sujeto a todos los riesgos y restricciones propios de los regímenes de cambio fijo. Por otra parte y debido al hecho de que no llegamos a esto «pacíficamente», sino tras una historia monetaria turbulenta que había llevado a la adopción del dólar de los Estados Unidos como unidad monetaria «de facto», la ley consagró el derecho de los residentes a tener, transar y denominar sus contratos, créditos y obligaciones en monedas distintas de la moneda local, dándoles a estos contratos y obligaciones el mismo carácter y valor legal que si se hubieran estipulado en moneda nacional. Es un bi o multimonetarismo, en el cual una moneda extranjera (el dólar de los Estados Unidos) mantiene el rol relevante de «unidad de cuenta», en tanto que otras monedas (incluyendo el peso) desempeñan roles menores.

Es bien sabido que los regímenes tipo cajas de conversión y/o bancos centrales sosteniendo tipos de cambio fijos requieren compromisos muy sólidos de las autoridades en la administración y manejo de la deuda pública, en la regulación y supervisión de la banca y en la vigencia de reglas en todos los mercados (incluyendo particularmente el mercado laboral) que aseguren una elevada flexibilidad de precios (especialmente, flexibilidad descendente). Y se sabe, también, que en ausencia de las condiciones y compromisos mencionados en el párrafo anterior, la adopción de esta clase de regímenes cambiarios/monetarios puede dar lugar a distorsiones crecientes, que desembocarán, más tarde o más temprano, en su eventual abandono, en condiciones más o menos traumáticas.

Citando la numerosa evidencia de la dinámica de regímenes de tipo de cambio fijo debiendo coexistir con políticas fiscales, financieras y/o laborales inconsistentes, algunos economistas sugieren que antes de que las presiones desemboquen en crisis, las autoridades nacionales podrían «salir» de la situación mediante alguna forma de devaluación de la moneda local. Es mi opinión (y, creo, la de muchos otros observadores), sin embargo, que esta opción es inviable en la Argentina, siendo la principal razón el hecho de que el peso no desempaña el rol de unidad de cuenta de la economía.

• La unidad de cuenta

Es bien conocido que el dinero desempeña a la vez funciones de unidad de cuenta, de medio de pago y de reserva de valor. Y es frecuente ver mencionar estas tres funciones como si las mismas tuvieran idéntica jerarquía. Pues bien, no es así. La función primaria y esencial del dinero es la de ser la «unidad general de cuenta» de la economía. Esto es el denominador común, patrón o «standard» que una sociedad utiliza para medir precios y valores y -fundamentalmente- patrimonios, activos, deudas y compromisos a largo plazo.

Las cajas de conversión clásicas, tanto como los bancos centrales que se regían por patrones metálicos, tienen (o tenían) un pasivo que es la unidad de cuenta efectiva de la economía en cuestión (el «dólar» en los Estados Unidos, la «pound» británica, el «franco» en Francia, el «franco suizo», el «marco» en Alemania, etcétera) respaldado por un activo de aceptabilidad y confiabilidad general (como eran el oro y la plata), pero que no constituía en sí mismo la unidad general de cuenta.

En la Argentina, en cambio, la unidad de cuenta efectiva es el dólar, o sea aquello que constituye el activo de reserva de la caja, en tanto que el pasivo (el peso) juega un rol menor, sólo aplicable a cuentas y pagos de baja denominación.

En los casos «clásicos», cuando situaciones de guerra y/u otras emergencias llevaron a a) la suspensión de la convertibilidad del pasivo de la caja de conversión/banco central en los activos del mismo, y/o b) a la reducción del valor del pasivo respecto del activo (devaluación), el fenómeno fue lo suficientemente limitado en el tiempo y/o en la magnitud, como para que la población del país respectivo dejara de considerar el pasivo como unidad de cuenta. En cambio, las devaluaciones de la moneda argentina entre 1945 y 1991 (y sobre todo entre 1975 y 1991) fueron de magnitud y frecuencia tales que llevaron a la población a abandonarla y sustituirla en su rol de unidad de cuenta.

Las quince cifras de la tabla adjunta son la demostración del fracaso de la política monetaria argentina desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el advenimiento de la convertibilidad, en marzo de 1991.

A lo largo de estos 45 años la moneda nacional (peso) -sometida a tan extremo y brutal proceso de devaluaciones y degradación- fue perdiendo la confianza de la población, y el dólar fue gradualmente adoptado como unidad monetaria. La incesante desvalorización del peso hizo que el mismo perdiera rápidamente el rol de reserva de valor, pasando la población a ahorrar en inmuebles, billetes-dólar, activos externos y -cuando pudo-depósitos denominados en dólares en los bancos locales. Gradualmente, el peso dejó también de ser unidad general de cuenta y de denominación de compromisos a largo plazo. En cuanto a medio de pago, el peso dejó inicialmente de serlo (a favor del dólar) para pagos de alto valor. En la fase final de la hiperinflación se vio también un notable aumento de los pagos en dólares de baja denominación. Así, en vísperas de votarse la Ley de Convertibilidad vigente, la economía argentina estaba «de facto» altamente dolarizada, no solamente como reserva de valor y medio de pago, sino fundamentalmente como unidad de cuenta.

La Ley de Convertibilidad estableció el tipo de conversión entre el peso y el dólar y el respaldo que la base monetaria debía tener en reservas internacionales (aspecto precisado más tarde en la Carta Orgánica del Banco Central), pero también consagró la plena libertad y valor ante la ley a las operaciones comerciales y financieras pactadas en dólares y otras monedas extranjeras. Bajo ningún concepto la ley -ni ningún otro instrumento legal subsiguiente- pretendió forzar la demanda por pesos, ni «desdolarizar» la economía. En la actualidad y como resultado tanto de aquella historia previa a 1991, como de la posterior, el dólar sigue siendo la unidad de denominación relevante en la mayoría de los contratos y compromisos a mediano o largo plazo, sean éstos financieros (bonos, depósitos y préstamos, otras financiaciones) o comerciales (contratos de alquiler y/o de provisión de otros bienes y servicios).

Este hecho (es decir que la unidad de cuenta sea el activo y no el pasivo de la caja de conversión) es crucial para explicar por qué en la Argentina sería irrelevante devaluar el peso. No es un caso clásico en el que el príncipe o el Estado le han dado a la unidad nacional de cuenta (el pasivo de la caja) el respaldo de un activo «ancla», el cual puede variar dentro de ciertos márgenes y circunstancias especiales, sino una sociedad civil que «eligió» una unidad de cuenta más allá de cualquier deseo o designio del «príncipe» y acepta el pasivo de la caja (el peso) para roles monetarios menores.

• La devaluación

En las condiciones descriptas, una devaluación del peso argentino -tanto como la interrupción de su convertibilidad a tipo de cambio fijo con el dólar- podría provocar una caída tan marcada en su demanda que signifique tal vez su desaparición final o -por lo menos- lo relegaría a una posición y a un rol completamente irrelevantes en la economía.

Esto es porque, al no ser la moneda nacional la unidad de cuenta relevante de la economía, enfrentados con un cambio brusco en su valor (o la expectativa de que tal cosa pueda ocurrir), todos los actores y sectores económicos tratarán de mantener constantes sus ingresos nominales en dólares, aumentándolos en pesos. Es dudoso que este objetivo sea logrado por todos los actores, entre otras cosas porque es altamente probable que un evento de devaluación sea seguido por un proceso de desconfianza, salida neta de capitales y recesión. En otras palabras, es indudable que el abandono de la regla cambiara va tener consecuencias sobre la estructura de precios relativos de la economía, pero más asociadas o provocadas por la recesión resultante que por efecto o mérito de la devaluación en sí misma.

En materia de efectos de una devaluación del peso, el sector público y el sistema financiero merecen párrafos aparte. El primero podría beneficiarse por la eventual caída del valor real de sueldos y pensiones. No tendría el mismo beneficio sobre sus obligaciones financieras, ya que ellas están mayoritariamente denominadas en monedas extranjeras, y arriesgaría una brusca caída en el valor real de sus ingresos tributarios. El sistema financiero, por su parte, tiene (al menos en el agregado) un razonable «match» entre sus activos y pasivos en monedas, pero no se puede afirmar lo mismo de sus deudores. Así, ambos sectores podrían verse envueltos en serias dificultades.

En resumen, si el impacto real (sectorial y agregado) de una devaluación del peso argentino es harto dudoso, lo único que parece cierto es que esta moneda perderá la poca relevancia y confianza de que actualmente goza. Así, el abandono de la regla de convertibilidad (precio y respaldo) podría significar para el país el final definitivo de su moneda nacional.

• Conclusión

Tratando de hacer historia contrafáctica (what if...?), muchos han intentado imaginar cuán diferente pudo haber sido la historia de estos años si la Argentina hubiera contado con la posibilidad de hacer una política monetaria independiente. La primera reflexión que debe hacerse es que, si bien se trata de una pregunta válida, la cuestión no pasa de ser una inquietud de carácter académico, ya que como se mostró más arriba la Argentina no eligió libremente en 1991 el modelo de política monetaria, sino que el mismo le fue impuesto por la realidad. En segundo lugar, varios autores han demostrado que el margen efectivo para ejercer políticas monetarias independientes en economías emergentes es moderado.

Fuera de un acuerdo de unificación monetaria con los EE.UU. (variante más seria que una simple dolarización unilateral), el régimen cambiario vigente en la Argentina desde 1991 es el único posible en una economía cuyo gobierno ha perdido la capacidad de imponer una moneda nacional. Aun si otro régimen monetario hubiera estado entre las opciones posibles, el mismo hubiera servido de poco para resolver los problemas que se han acumulado hacia el final de este período de diez años, ya que esos problemas tienen origen y raíz en la baja capacidad demostrada por el país: a) para reformar las instituciones que gobiernan el mercado laboral y b) para controlar su política fiscal, acumulando superávit en los años de crecimiento para financiar los déficit de los años malos.

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