15 de junio 2011 - 00:22

La gran decisión, sola en El Calafate

Un ritual ancestral K está en riesgo. Las cenizas -chilenas, ironizó la Presidente- del Peyehue paralizan vuelos y acechan el plan de Cristina de Kirchner de embarcar este atardecer hacia El Calafate para enclaustrarse, el fin de semana, en aquel refugio familiar.

Fue, estos años, una ceremonia recurrente de los Kirchner: replegarse en una lejanía que la Presidente definió como «mi lugar en el mundo», al punto que celebró que el FpV ganó allí el 28-J, aunque ese día perdió en Santa Cruz y en esa ajenidad que es el conurbano. Anoche, ante la posibilidad de que esta tarde las cenizas todavía obstruyan el cielo, en la Casa Rosada se evaluaba una ruta no convencional: volar a El Calafate vía Chile, lo que implicaría solicitar permiso para usar el espacio aéreo trasandino.

Ayer, el ministro de Defensa chileno, Andrés Allamand, pudo regresar a Santiago -estuvo en Buenos Aires por la visita de Ban Ki-moon- previo viaje, en auto, hasta Córdoba, para luego volar desde esa ciudad donde, días atrás, aterrizó el titular de la ONU.

La Presidente, en tanto, suspendió su presencia en Córdoba, donde debía inaugurar en Villa María un aeropuerto que lleva el nombre de su esposo fallecido. Gambeteó, de paso, la foto con Juan Schiaretti, que volvió a habitar el parnaso de traidores K.

La ejecución, por ahora potencial, de todo ese protocolo con el solo propósito de que la Presidente pueda encerrarse junto a su hijo Máximo y Carlos Zannini en el sur inducirá, en otros foros, a análisis vinculados con el pensamiento mágico. O, en días borgeanos, con la cábala.

Si viaja, en la mansión familiar -a la que acceden Zannini, Rudy Ulloa y a veces el señor 5, Héctor Icazuriaga-, la Presidente permanecerá hasta el domingo. El lunes debe estar en Santa Fe para el acto por el Día de la Bandera, en el clásico monumento rosarino.

Mundana y voraz, la política observa esa estadía como un retiro predefiniciones: no tanto sobre la previsible confirmación de que ella braceará por un tercer mandato K -lo anunciaría el jueves 23; sería otro éxito del pronosticador Carlos Kunkel-, sino respecto de su compañero de fórmula.

El procedimiento para la selección de ese vice -también el de Daniel Scioli en la provincia- derrumba una práctica habitual del kirchnerismo. El misterio y la sorpresa, hasta ahora, tuvieron rasgos de previsibilidad.

La historia reciente lo confirma: un año antes de que Cristina se anotase como senadora por Buenos Aires en 2005, Kunkel la postuló para encarnar la madre de todas las batallas; su candidatura presidencial de 2007 osciló varios meses detrás del pingüino o la pingüina.

Otro dato: en marzo de 2007, Julio Cobos festejó el primer triunfo transversal en Catamarca, ya perfilado como vice (Alberto Fernández ha contado que se lo eligió porque era el único gobernador radical que no podía reelegir). Cristina contó que nunca le gustó y que quería, para esa butaca, a un legislador.

El nombre de ese dirigente duerme junto a otros secretos K y animó, en estos días, la versión de que Nicolás «Tito» Fernández figura como posible vice. Los K destrozaron varias lógicas políticas, pero ¿anotarían una fórmula integrada por dos santacruceños?

En noviembre de 2006, Daniel Scioli se enteró de que sería candidato a gobernador. Unos meses después, irrumpió el nombre de Alberto Balestrini como su segundo para encargarse de un comisariato político en la provincia. Al final, eso fue lo que ocurrió.

Un caso más: en diciembre de 2008 se rastrearon al detalle las novedades sobre cambio de domicilio que el ReNaPer le enviaba a la Justicia Electoral. Por entonces, ya circulaba la hipótesis de que Kirchner fijaría, como ocurrió, domicilio en Olivos para competir como primer diputado.

En todos los episodios, la Casa Rosada se reservó el último movimiento y lanzó, mientras tanto, engaños y globos de ensayo. Hasta le hicieron creer a José «Pepe» Scioli -incluso comenzó a aparecer en todos los actos- que encabezaría la lista de diputados del FpV.

El último round lo protagonizó Daniel Filmus. Hasta que Amado Boudou se mudó a Capital, era el -único- candidato a jefe de Gobierno porteño K. Balcarce 50 agitó al ministro y a Carlos Tomada, pero regresó, al fin, a lo lógico, no sin antes abonar la teoría de la preferencia presidencial por Boudou.

El jefe del Palacio de Hacienda tuvo que soportar que unas horas antes de que la Presidente lo convoque a Olivos para decirle que no sería candidato, dos supuestos poseedores de los enigmas de Cristina le juraban que él sería el elegido. Doble bluff.

La particularidad en este turno es que la tira de mencionados es corta e imprecisa: Boudou, Zannini -avisó que lo descarten: «Cristina me necesita acá», por Casa Rosada-, Juan Manuel Abal Medina y dos gobernadores: el chaqueño Jorge Capitanich y el santiagueño Gerardo Zamora. Poco más.

A diferencia de Kirchner -que fatigaba Olivos con charlas, fútbol y asados-, Cristina es poco accesible. Como interlocutor, Zannini exalta su apodo. «El Chino» actúa con modos zen: escucha, sonríe y vocea pocas definiciones. Se confesó, además, abrumado por el oficio que le delegó la Presidente.

Los sondeos previos son mínimos, lo que explica la incertidumbre de la galaxia K. Y la ansiedad a la espera de que el lunes Cristina empiece a correr el velo que permita proyectar lo que viene. Pero sobre todo, con quiénes viene eso que viene.

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