Los generales Videla y Pinochet están presos. Sus grados militares los ganaron en escritorios, sobando políticos y trenzando camarillas con sus colegas.
Ganaron batallas contra civiles indefensos y jóvenes sin entrenamiento y mal armados que erróneamente soñaban con un mundo mejor que surgiría por procedimientos violentos y ejercicios de la ideología socialista.
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Fueron adulados por empresarios y banqueros asustados e irresponsables, incitados y luego tolerados por la doctrina de seguridad nacional y condecorados por sus supuestos enemigos estratégicos de los «Imperios del mal» soviético y chino. En el caso Pinochet hubo una mística autoritaria que logró éxitos económicos y un curioso acatamiento a la voluntad popular de terminar con el régimen y abrir las puertas del sistema democrático.
Cuando muera, igual que Franco, la historia no lo perdonará, pero tampoco lo condenará como a Hitler o a Pol Pot. Videla será recordado por su cara de «yo no fui», su cínico silencio y su herencia de destrucción y muerte. No figurará ni en la lista de los «tiranos bananeros» como Somoza y Trujillo.
Ambos expresan lo peor de nosotros mismos, los que los defienden irritan hasta a los que fueron opulentamente beneficiados por sus arbitrariedades. En el sistema de equilibrios naturales, se asocian con los reptiles que se arrastran frente al Cóndor que vuela en las alturas de los Andes.
Condenarlos es salvarnos todos, acallar nuestra conciencia y enterrar el pasado vergonzoso de nuestras propias cobardías y complicidades. Pero no nos engañemos, la única forma de exorcizar el pasado es construir un futuro mejor.
La violencia, el instinto totalitario, el populismo barato, la opulencia y la desvergonzada frivolidad nos siguen acechando en nuestros países estructuralmente injustos y proclives a sacralizar las soluciones estatistas o mercadistas.
Videla y Pinochet son parte de la historia que supimos construir. Son lo que no deberíamos haber sido pero, desgraciadamente, siguen siendo parte de lo que somos.
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