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Las fábricas-carceles: la cara oscura del exito económico chino
La República Popular China ha conquistado mercados en todo el mundo gracias a los bajos costos de sus mercaderías. Pero el milagro económico y los asombrosos aumentos de productividad se basan en increíbles abusos consentidos por el gobierno comunista de Pekín. Más de 70 millones de mujeres jóvenes trabajan en verdaderas fábricascárceles, con puertas de metal y barrotes en las ventanas. La jornada laboral dura un promedio de entre 14 y 18 horas, tienen sólo 15 minutos para comer y apenas cuatro horas para dormir hacinadas en la misma planta. Al finalizar la jornada, muchas veces a las 2 de la madrugada, son registradas para probar que no han robado nada.

• Rentabilidad
«Les niegan todos los derechos, no tienen permiso de residencia aunque pasen 10 años trabajando en el mismo lugar. Las tiendas o los médicos de las ciudades donde están situadas sus fábricas les cobran más que al resto de los vecinos», asegura la profesora, que ha reunido su experiencia en varios informes.
Las pesquisas de Pun Ngai no son las únicas. La investigación de un periódico de Hong Kong descubrió en agosto del año pasado, que los juguetes que la multinacional de hamburguesas McDonald's regalaba en sus promociones en el país asiático estaban siendo elaborados en China por adolescentes de entre 12 y 17 años. Las menores trabajaban sin descanso de 7 a 23, todos los días de la semana. En ocasiones la jornada se alargaba hasta las 2 de la mañana a cambio de un sueldo de 2,10 dólares al día y una habitación de 25 metros cuadrados a compartir con otras 15 chicas.
El Comité Industrial Cristiano de Hong Kong, una ONG que se dedica a rescatar a los pequeños que trabajan en estas condiciones, envió un equipo de investigadores a la fábrica subcontratada por la cadena de restoranes americana. Las historias que escucharon se parecían todas a las de Wang Hashong, de 12 años: «Mis padres no querían que viniera. Lloré e imploré para que me dejaran porque quería ver el mundo. Mi familia tiene otros tres hijos, pero todos van al colegio. Quiero ahorrar dinero para que mis padres puedan sobrevivir».
Es un círculo casi indestructible. Por una parte, las multinacionales americanas o europeas no tienen que responder por las condiciones de sus fábricas en países del Tercer Mundo y ahorran costos laborales. Por otra, los gobiernos locales tampoco están interesados en espantar la inversión extranjera haciendo demasiadas preguntas. Y las fábricas se multiplican.
• Sanciones
La empresa Chun Si Enterprise, por ejemplo, fue contratada por la mayor cadena de supermercados del mundo, Wal-Mart, para que confeccionara bolsos de mujer en su factoría de Zhongshan, en la provincia sureña de Guangdong. Más de 900 trabajadoras permanecían encerradas todo el día, salvo los 60 minutos de descanso y comida establecidos. Los guardias golpeaban constantemente a las empleadas y las multaban por faltas como «la utilización excesiva del baño».
De la media docena de fábricas subcontratadas por empresas occidentales que ha visitado este medio sólo una cumplía las mínimas condiciones. El resto estaba sucio, se mantenían a las empleadas trabajando en horarios ilegales, con sueldos míseros o habían sido convertidas en cárceles donde las ventanas estaban bloqueadas con barrotes y las puertas cerradas con llave las 24 horas del día.
En un intento de contrarrestar las crisis de relaciones públicas que tenían que afrontar cada vez que se denunciaban abusos, las grandes multinacionales comenzaron a contratar equipos de inspección más o menos independientes a mediados de los años '90. No sirvieron de mucho. «Los controles han sido un fracaso porque las empresas no tienen ninguna intención sincera de cambiar el sistema», según el Comité de trabajo Nacional (NLC), una asociación de los EE.UU., que centra sus denuncias en empresas americanas.
Los inspectores de Wal-Mart, por ejemplo, nunca descubrieron las irregularidades en su centro de producción en China y sólo una denuncia periodística logró en 1999 revelar lo que estaba sucediendo.
En la entrada de la factoría de la marca deportiva Nike de Jiaozhou, en la provincia de Shandong, se puede leer su famoso lema: «Just Do It» (Simplemente, hazlo). Dentro, 1.500 jóvenes, siempre menores de 25 años, trabajan 12 horas al día, según el NLC. Se trata de una pequeña parte de los más de 100.000 chinos que fabrican prendas deportivas Nike en todo el país, a los que hay que sumar 70.000 personas en Indonesia y 45.000 en Vietnam.
«Con su puerta de metal y sus barrotes en las ventanas, la fábrica se parece más a un cuartel militar que a una factoría», asegura en su informe NLC, que describe como «papel mojado» los códigos de conducta creados por las multinacionales.
Pero son las fábricas de productos de «todo por un peso», unas gestionadas y explotadas por empresas chinas y otras por empresarios extranjeros, las que peores condiciones tienen. La presión para abaratar los precios es mayor y detrás del negocio suelen estar compañías desconocidas que no tienen que cuidar su nombre. El lema es producir mucho, barato y rápido. Los accidentes entre las trabajadoras o incendios como el que ocurrió recientemente en una nave de Shenzhen en el que perdieron la vida 80 personas, son contingencias cotidianas.
La política de contratación en estos talleres es no admitir a mujeres mayores de 25 años, pero en ocasiones los gestores se saltan su propia regla si la candidata tiene hijos pequeños dispuestos a sumarse a la cadena de producción sin cobrar nada a cambio. Las madres sí cobran, pero un sistema leonino de sanciones tiende a reducir su retribución a unos 26 dólares al mes: se recorta la paga de una hora por cada minuto de retraso en el trabajo, se penaliza con otras cinco horas las ausencias para ir al baño o se retira completamente la mensualidad a las que se comporten de modo incorrecto.
• Atemorizadas
La situación en China es especialmente desesperante para las víctimas de los abusos porque la dictadura comunista mantiene la ilegalización de sindicatos y asociaciones de trabajadores. «Aquellos que tratan de unirse para defender los derechos de los trabajadores son encarcelados. La gente tiene miedo de decir lo que les está pasando, aunque las condiciones sean extremadamente duras y no hayan recibido una sola paga durante meses», asegura Han Dongfeng, editor del «Boletín del Trabajador» en China y disidente encarcelado tras las manifestaciones de Tiananmen en 1989 por movilizar a los trabajadores. «Estoy en contacto con gente que trabaja en las factorías y a menudo me cuentan el miedo que les tienen a los jefes. Les he pedido que se unan y luchen por lo que es suyo», dice Han.
De esta forma, las «dagongmei», abandonadas a su suerte y sin nadie que las defienda, trabajan hasta que sus cuerpos aguantan y después regresan a sus pueblos con lo puesto. El perfil de las «chicas trabajadoras» de China es casi siempre el mismo: jóvenes de entre 14 y 25 años, sin estudios secundarios y dispuestas a enviar más de la mitad de su sueldo a sus pueblos de origen. Muchas, cada vez más, terminan dejando las factorías para prostituirse. «Es mejor que trabajar en la fábrica», dicen las muchachas que ya han dado el paso y ofrecen sus cuerpos abiertamente en las calles del centro de Shenzhen. ente No muy lejos, en la planta de fabricación de muñecos, la jornada termina cuando se ha cumplido el objetivo de producción impuesto por los supervisores, nunca antes de las 2 de la madrugada. Aunque las 600 trabajadoras han tratado de mantenerse durante horas, varias han sido descubiertas exhaustas, completamente inconscientes, con la cabeza reposando sobre la mesa de montaje. Este mes tendrán que ver cómo su sueldo queda recortado a la mitad.
«Hay muchas chicas dispuestas a venir aquí, así que la que no trabaje bien se puede volver al pueblo», explica el capataz, cuyo sueldo depende también del número de camiones que se logren llenar con la producción. No existe un lugar mejor para ver hasta qué punto el pueblo chino está pagando con sudor y con lágrimas que la ropa, los electrodomésticos o los juguetes que compran los occidentales se vendan lo más barato posible.
Así suena la matraca incesante de la ley del «made in China»: montar, empaquetar, montar, empaquetar, montar, empaquetar...


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