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Mecanismo simplista que puede resultar peligroso
Dado este antecedente, en 1955 el gobierno de facto de la Revolución Libertadora removió la Corte y designó una nueva, alineada políticamente con la nueva administración.
• Un poco de historia
Tres años después, llega Frondizi al gobierno. Con mayoría en el Congreso, aumenta de cinco a siete el número de miembros de la Corte y pasa a tener su control.
En 1966, el gobierno de facto que preside Juan Carlos Onganía, reemplaza la Corte anterior y nombra una nueva de cinco miembros, adicta con la nueva situación. El quinto cambio por razones políticas del máximo Tribunal de Justicia tiene lugar en 1973 cuando llega al poder Héctor J. Cámpora, quien reemplaza la Corte del gobierno de facto y designa una nueva coherente con el gobierno que se inicia.
El sexto cambio total tiene lugar en 1976, cuando se inicia el gobierno de facto conocido como el Proceso y el séptimo es cuando asume Alfonsín en 1983, quien remueve la Corte anterior, designando una nueva alineada con la nueva situación.
Llega Menem en 1989 y con la mayoría en el Congreso, aumenta los miembros del tribunal de cinco a nueve y pasa a tener su control.
El noveno cambio por razones políticas fue en 1993, cuando a raíz del pacto de Olivos, Menem y Alfonsín promueven renuncias en la Corte, la que políticamente queda constituida por cinco «menemistas» y cuatro «alfonsinistas».
El juicio político que se inicia ahora en el Congreso a los miembros de la Corte, sería el décimo cambio del tribunal por razones políticas y procedimientos no normales, que tiene lugar en sólo 56 años.
Mientras en los primeros 85 años de vida institucional el país nunca cambió la Corte, en los 56 años siguientes la habría modificado diez veces.
Pensar que el cambio de los miembros de la Corte en estas circunstancias puede restablecer la institucionalidad del Poder Judicial, es simplista y puede ser peligroso.
Es que el desprestigio del máximo Tribunal de Justicia en la opinión pública, sólo es similar al del mismo Congreso que va a acusarla y juzgarla.
Con una renovación política en el Ejecutivo y el Legislativo que genere un nuevo poder legitimado por la sociedad mediante el sufragio y nuevas reglas electorales, el cambio de la Corte puede ser eficaz para reconstruir la institucionalidad del deteriorado Poder Judicial.
En caso contrario, la Argentina corre el riesgo de sumar una crisis institucional a la política, económica y social que viene sufriendo.


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