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Melancolía bonaerense en una Brasilia carnavalesca
Duhalde aprovechó la asunción de Lula para escuchar del propio Hugo Chávez un informe sobre la situación en Venezuela.
Desde ese edificio, en el que se encuentra el mejor despacho de Brasilia (es la oficina de Lafer, que el propio presidente reclamó en vano para sí durante todo su mandato), los argentinos se dirigieron al Palacio del Planalto, para asistir a la transmisión del mando. Duhalde quedó impresionado con la dimensión del «eje monumental», que es la gran avenida que organiza la disposición de los edificios públicos de la ciudad. Más todavía lo embriagó la visión de la multitud: un carnaval cívico, de banderas verdes, amarillas y, ahora, con el ascenso del PT, también coloradas. Allí el Presidente aprovechó para hacer sociales con algunos invitados de Lula, también provenientes de Buenos Aires. Saludó a Elisa Carrió, también a Estela de Carlotto. De Víctor De Gennaro se mantuvo alejado, por más que a Duhalde le resulta uno de los sindicalistas más familiares. Alfonsín, por su parte, no se perdió detalle de la ceremonia con la guía de su amigo Alberto Ferrari Etcheberri, un lulista exótico, que fue funcionario de Fernando de la Rúa pero, al mismo tiempo, suele afirmar que «la llegada de Lula al poder es lo más importante que pasó en América latina desde la revolución cubana».
Gracias a Ferrari, Don Raúl tuvo acceso a datos que a Duhalde le eran negados: por ejemplo, la identificación de la plana mayor del PT, en general integrada por legisladores que no pisaban la Casa de Gobierno brasileña desde hace 8 años.
Simpatía y brillo hubo en la ceremonia, en la que Cardoso dio la nota al pasar la banda a su sucesor: se enredó, dejó caer los anteojos al piso, quiso levantarlos y se topó con la cabeza de Lula, en fin, dio ocasión a salir del protocolo que es lo que más le gusta a un brasileño en estos casos. Entre los invitados especiales, mientras tanto, Alicia Castro no se perdía detalle detectando «celebrities». Desde el genial Djavan hasta la incomparable-mente frívola Vera Loyola, pasando por el teólogo de la liberación Leonardo Boff, quien anunciaba una revolución en un rincón del palco, mientras a un metro el economista Henri-que Meirelles hacía declaraciones tratando de tranquilizar los mercados. Es el nuevo presidente del Banco Central en Brasil.
• Halagos
Duhalde aprovechó la prolongada ceremonia para conversar brevemente con Castro, quien también se detuvo en una charla con Aníbal Fernández. Mientras tanto Ruckauf halagaba a cuanto norteamericano se cruzaba por el camino: no le alcanzó con Zoellick y siguió con John Maisto, el segundo del Consejo Nacional de Seguridad, experto en política latinoamericana, con quien se demoró más tiempo aprovechando que con él puede prescindir del traductor. Maisto habla español. Ruckauf sólo se distrajo de esas zalamerías cuando vio a Elisa Carrió, a quien saludó llamándola Lilita.
Duhalde prefirió, mientras tanto, escuchar cómo Chávez le describía con lujo de detalles la huelga con la que los venezolanos inauguraron 2003. Chávez le contó que hoy tendría su propia entrevista con Lula, igual que Fidel.
Apenas terminó la ceremonia, los argentinos se dirigieron al Palacio de la Alvorada para un nuevo besamanos, esta vez del presidente ya instalado en el cargo. De allí Duhalde se llevó una perla de ésas que tanto le agradan. Escuchó que Marisa da Silva, la esposa de Lula aclaraba que «no seré primera dama sino primera compañera». «Qué lindo para Chiche», le comentó Duhalde a uno de sus colaboradores, a quien le dio a entender que ya se ha transformado en jefe de campaña de su esposa.


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