10 de octubre 2002 - 00:00

Pax Americana: ¿es liderazgo o mesianismo?

Tal como lo han reflejado los medios de comunicación del mundo entero, George W. Bush ha entrado, a partir del 20 de setiembre próximo pasado, en la selecta franja de presidentes de los Estados Unidos que han elaborado una doctrina que lleva su nombre. La posteridad registrará la doctrina norteamericana de la Estrategia de la Seguridad Nacional, hecha pública en treinta y tres páginas por la Casa Blanca, como la «doctrina Bush».

Tuve el raro privilegio de asistir a la proclamación de esta doctrina mientras participaba de un evento internacional en Europa Central donde resonaban en todos los rincones los ecos de una arenga que significaba una clara declaración de guerra a algo más amplio que el terrorismo internacional, y que incluía una potencial e inminente invasión militar al Irak de Saddam Hussein, con fuertes implicancias para los países de la Unión Europea, extremadamente presionados por Gran Bretaña y los Estados Unidos para acompañarlos en ese paso.

Europa recibió la proclama no muy convencida ni informada respecto de los verdaderos motivos, alcances y consecuencias de la acción bélica; tampoco de sus plazos ni de sus costos; y para nada seducida por la idea de tomar parte en forma inmediata en una confrontación con Irak.

Si bien el corazón de la Doctrina de la Seguridad Nacional es de carácter militar, el contenido general de la misma así como las consecuencias que de la construcción filosófica se derivan tienen sustancia eminentemente política. Ha sido construida tanto por el presidente Bush a partir de determinadas declaraciones públicas desde los trágicos sucesos del 11 de setiembre de 2001, como por sus asesores en materia de seguridad, con una particular participación de Condoleeza Rice, su consejera de Seguridad Nacional, que no ha dudado en manifestar públicamente -respecto del conflicto con Irak- que «a los Estados Unidos les gustaría ser considerados -o pensados- como libertadores...».

Pasando una rápida revista al contenido del documento, puede advertirse que el mismo se centra en sostener el inalienable derecho de los Estados Unidos de actuar preventivamente en defensa propia contra todos aquellos que puedan poner en juego su seguridad, quienesquiera que sean, dondequiera que se encuentren y antes de que ello ocurra. Las amenazas incluyen desde el punto de vista presidencial tanto al terrorismo internacional como a ciertos regímenes o gobernantes a los que califica como «tiranos».

Asimismo sostiene que las fuerzas americanas deben ser suficientemente sólidas para «disuadir a los potenciales adversarios de conformar y construir una fuerza militar con la esperanza o el deseo de superar o igualar el poder de los Estados Unidos».

En lo que al accionar directo en materia de política exterior se refiere, la doctrina contiene también un interesante punto de vista respecto de la misión de defender y promocionar ciertos valores, a punto tal de afirmar, claramente, que los Estados Unidos deben utilizar su ayuda exterior para promover la libertad en todos los ámbitos, y para ayudar a gobiernos moderados y modernos, especialmente en el mundo musulmán, para «asegurar que las condiciones e ideologías que promueven el terrorismo no tengan un suelo fértil en ninguna nación». De allí nacería, en el pensamiento de Bush, no sólo el derecho sino también la obligación de actuar preventivamente.

Desde el punto de vista del presidente, en momentos de inminente e impredecible peligro no se puede esperar a que deba probarse con anterioridad la existencia concreta de la amenaza para comenzar a actuar.

• Convencimiento

Pero el eje central alrededor del cual gira toda la Estrategia de Seguridad Nacional es el convencimiento de los Estados Unidos en la necesidad del triunfo mundial de la democracia y del libre mercado, y el sentimiento del presidente Bush de que es una responsabilidad propia también de los Estados Unidos, como el único superpoder militar, «defender la paz». Ha dicho Bush: «La gran fuerza de esta nación debe ser usada para promover un poder equilibrado que favorezca la libertad».

Esto ha sido ratificado por Condoleeza Rice al sostener que «los Estados Unidos están hoy en una posición inusual, ya que hay sólo muy pocos estados que a lo largo de la historia han estado en una posición con una preponderancia tal de poder militar». Para la consejera de Seguridad, la actitud asumida por el presidente Bush es tan sólo el «simple reconocimiento de que, como consecuencia de ello, vienen acarreadas ciertas responsabilidades de proveer un entorno seguro».

Del mismo modo en que los americanos pudieron pensar que la Guerra Fría terminó imponiendo el poder y la fuerza así como los valores del mundo occidental sobre el comunismo, hoy piensan y sienten que el Irak de Saddam Hussein es el próximo frente en el cual debe librarse la guerra por la libertad. Y lo curioso que ocurre en aquel país es que, por divididos que estén en tantas cuestiones -la raza, la clase social, la economía, su historia y hasta el propio sistema federal cuestionado desde la Guerra de Secesión-, los estadounidenses comparten la conciencia de poseer una sagrada misión nacional que los enfrenta a un mundo contaminado al que deben purificar para salvarse y protegerse de él. Y en tal sentido, la gran mayoría del pueblo americano se ha encolumnado detrás de su presidente aprobando un eventual ataque bélico contra Irak; aunque difiriendo los márgenes de aprobación -57% y 79%- para el caso en que el ataque se resuelva unilateralmente o con la intervención de las Naciones Unidas.

El presidente Bush ha sostenido: «No dudaremos en actuar solos, si es necesario, para ejercer nuestro derecho de autodefendernos...». Nadie puede poner en duda el flagelo que significa, para todo el mundo civilizado, el terrorismo internacional; tampoco que existen estados y gobiernos que lo protegen y fomentan; menos aún que debe existir un firme compromiso de la comunidad internacional en su conjunto, de prevenir estas acciones antes de que ocurran, y combatirlas enérgicamente una vez ocurridas. Pero ello siempre dentro del marco y las reglas que la misma comunidad internacional ha escogido en el ámbito de los organismos internacionales. Sin pecar de ingenuos debemos diferenciarnos de quienes pretendemos combatir.

Sin embargo, esta nueva Doctrina de la Seguridad Nacional -aunque contiene en su estructura muchas verdades- parece exceder un manifiesto de principios y acciones, para convertirse en una suerte de mensaje para la constitución de una Pax Americana, de similar contenido a la antigua Pax Romana, en la cual las reformas de Augusto no estaban limitadas a aspectos económicos, políticos y sociales solamente sino que también incluían reformas fundamentales en la cultura en sí misma, convirtiendo a Roma en la nueva capital del mundo, enseñando a los romanos a identificar su destino con el destino de la humanidad. ¿Hombres elegidos que pueden brindar paz y estabilidad a un mundo cambiante y violento? Hoy, más de 2.000 años después de aquella Pax Romana, ante el intento de construcción de una nueva Pax -esta vez Americana-, debemos formular votos porque la razón prime sobre las emociones; y la prudencia sobre el arrebato.

(*) Especialista en crisis y coautor de la Ley de Quiebras 24.522.

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