14 de agosto 2002 - 00:00

Savonarola con faldas

Girolamo Savonarola (1452-1498), ferrarés de nacimiento y fraile de la orden de Santo Domingo, con la blanca sotana de su congregación y una cruz que ocupa casi desde la gola hasta el bajo vientre y de hombro a hombro, camina de un lado a otro por la ciudad de Florencia. Anda por los mismos lugares que algún tiempo antes han pasado Buonarotti -para quien la belleza es la expurgación de toda superficialidad-, y Machiavelli -tanto nomine nullum par elogium.- Los pasos tenebrosos de Fra Girolamo se ven agitados por tres cosas: derrocar el gobierno, reformar la Iglesia y dar organización definitiva al partido político de los «piagnonis». Los estudiosos desconocen, aunque nosotros intuimos, cuál es el orden que para realizar tales cosas tiene el fraile en su cabeza.

La figura de Savonarola es interesante en varios aspectos, pero hay algo que la destaca. Con la cruz como pendón y estandarte, es una personalidad equívoca, de ésas que prenden más en tiempos de profunda crisis. Es combatiente de buena fe, místico y sólo útil para mártir. Sobre su mentalidad pesa una ideología apocalíptica y en su corazón anida el orgullo que le dice que todo puede ser salvado por él.

El sacrificio de las caminatas y los sermones dan sus frutos. El fraile de la larga cruz al pecho, de la mano de los «piagnonis», llega al poder en la Ciudad de la Flor. Su gobierno dura cuatro años. Como antes de alcanzar el gobierno ahora también se atribuye el don de la profecía. Afirma: «Y tú, Florencia, que piensas sólo en ambiciones y empujas a tus ciudadanos a exaltarse, sabes que el único remedio que te queda es la penitencia, porque el flagelo de Dios ya está próximo». En sus cuatro años de gobierno convierte a Florencia en un gran monasterio. Con la soberbia que da la victoria a los mediocres, impone a los hombres arrodillarse. Y, como consecuencia de sus exageraciones y la de sus «piagnonis», provoca el resentimiento de los que se han arrodillado. El final es la hoguera para Savonarola y el escape del Renacimiento de la bella ciudad del Arno a otros lugares de Italia y Europa.

Muchos años después de apagada hoguera que, en la Plaza de la Señoría, terminó con la vida del fraile, Goethe, el genial escritor alemán, lo va a calificar de «monstruo grotesco»; y, ya en el siglo XX, un italiano hace que se le levante un monumento. El itálico mentor de esa construcción se llama Benito Mussolini.

La historia es maestra de vida y sus enseñanzas las hace por analogía. Los argentinos de hoy debemos evitar a Savonarola. Y, frente a su cruz grandota y el misticismo con que quiere reformarlo todo; frente a la ideología de la verdad revelada y el orgullo de sentirse profeta, estamos obligados a discernir para que no se nos aleje el Renacimiento que debemos lograr. Renacimiento que para ponerlo en marcha exige de la inicial distinción entre mística criolla y realismo político.

*Presidente del bloque justicialista de la Cámara de Diputados.

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