30 de agosto 2002 - 00:00

Un falaz "que se vayan todos"

Está casi documentado: Elisa Carrió, Luis Zamora & Cía. proponen el «que se vayan todos» por interés político. Imaginan, al mejor estilo de las ideas revolucionarias que tanto dañaron el siglo pasado, que de un plumazo se pueden borrar todos los cargos electivos y ellos, que normalmente nunca cosecharon demasiada cantidad de votos, en una ocasión de vacío pueden alcanzar el poder o al menos una porción de éste vía Legislatura. No demasiado constitucional (el espíritu alberdiano es la renovación parcial de los mandatos para lograr equilibrios), claro, pero nadie habla de respetar normas, sino de aprovechar un cierto hastío de la población con los que gobiernan. Casi un golpe pacífico, civil, por las urnas, con esa casquivana actitud de la pequeña burguesía que se inclina por militares o guerrilleros según el momento, la reiterada tentación para «salir de la crisis extrema». Identidad de un país. Con el que «se vayan todos» se va la culpa y se supone que llega la utopía. Como en Onganía, Perón, Videla, Alfonsín. Siempre los nuevos serán mejores.

Pero en lugar de abundar en esta frívola propensión argentina, hay que detenerse en otro momento. Se supone que la Carrió y Zamora son propietarios de su casa, pagan la hipoteca o un alquiler, además de expensas, luz, gas u otros servicios. Algunos parecen obligaciones insalvables, otras son condiciones que ellos mismos aceptaron. Al igual que el votante, el año pasado, se comprometió en el sufragio para legisladores que debieron jurar por un determinado mandato. Si hay reglas domésticas, internas, a las cuales la Carrió y Zamora mantienen a pie juntillas, ¿cuál es la razón por la que se debe vulnerar con el «que se vayan todos» como forma de golpe la voluntad ciudadana expresada el año pasado? (más, inclusive, cuando el proceso electoral del año próximo supone el cambio de 73% de los cargos).

Hoy se hace una marcha con nombre y apellido para quitar la representación que otros anónimos, legalmente, entregaron el año pasado. Es un despojo, casi una injuria a una ley que ya nadie exhibe que decía defender la democracia. Lo peor, para los autores de esta marcha y de este proyecto represivo es que, si triunfaran, a los pocos meses podrían aparecer otros Carrió o Zamora, con nombres distintos, sin duda creyéndose mejores, más honestos y otras cualidades, reclamando un «que se vayan todos». Hasta se pueden reemplazar gobiernos por generaciones y terminar administrando un país al mejor estilo asiático de la guerrilla, con menores o adolescentes como jefes.

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