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¿Una luz al final del túnel?
En realidad, no existe una manera «voluntaria» de bajar el peso de la deuda. Nadie en su sano juicio canjeará amigablemente un flujo de fondos de capital más intereses de 100 por otro de 60. En principio, existiría una chance de lograr una mejora si se canjeara la totalidad de la deuda actual por instrumentos colateralizados. Aun en este caso, la mejora sería mínima porque a pesar de que la emisión de bonos con garantía bajaría al costo del financiamiento, habría que computar el costo del endeudamiento adicional en el que se incurre para comprar las garantías.
Por lo tanto, lo que ha ocurrido en realidad, más allá del formalismo elegante pero falaz de «bajar el peso de la deuda de manera amistosa», es que el mercado ha interpretado que tanto el Tesoro como el FMI participarán activamente de una futura renegociación forzosa de la deuda por parte de la Argentina (al mejor estilo Ecuador) en caso de que el ajuste que implica el déficit cero sea insostenible. Esto es un gran logro, porque si el «default» se torna inevitable, ya no podremos ser acusados de locos irresponsables que nos «cortamos» solos para estafar innecesaria e injustamente a nuestros acreedores externos. Son los mismos países acreedores quienes piensan que una reestructuración de la deuda puede ser inevitable y que en ese caso resulta justo que los prestamistas imprudentes paguen parte del costo de la quiebra.
La otra novedad fundamental del acuerdo es que ha quedado planteada abiertamente la necesidad de que la Argentina alcance un crecimiento sostenible a través del aumento de sus exportaciones. La posibilidad de una negociación acelerada hacia el ALCA es una novedad de una enorme importancia estratégica. ¿Quién puede plantear una estrategia de crecimiento sostenible a través de un endeudamiento explosivo, como pretendió el Estado argentino? La gente se endeuda de vez en cuando para comprar su casa o el auto pero no para consumir sistemáticamente por encima de sus ingresos, como lo hizo el Estado. El ALCA es la puerta que se nos abre para un replanteo total de nuestra forma de inserción en la globalización.
Por lo tanto, el principio del déficit cero es irreprochable y tiene que ser extendido a todo nivel. Si las personas no pueden vivir endeudadas sino que viven de lo que ganan todos los meses y el Estado no gasta más de lo que recauda de impuestos (a partir de la idea del déficit cero), el país como un todo tiene que vivir de lo que produce. ¿Pero a quién le vende el país lo que produce? Porque así como las personas venden a sus pares bienes y servicios para vivir, el país le tiene que vender a un tercero lo que produce si no queremos volver a la época de las cavernas de la economía cerrada y más prebendaria y corrupta que la actual.
Así, el país tiene que vivir de lo que produce para venderles a terceros países, o sea, tiene que vivir de lo que produce para exportar. Esto implica desterrar la idea de que si vamos a déficit fiscal cero es bueno que aparezca el crédito para el sector privado. Cavallo se equivoca de manera grosera si piensa que es solamente malo que el Estado viva endeudado. Si hubiéramos financiado durante una década un boom de consumo privado en vez de uno del sector público hubiéramos terminado «hechos torta» de todas maneras (como terminó Chile en el '82). La Argentina tiene que empezar a pensar que tiene que dejar de pensar en «vivir de arriba» y dedicarse a trabajar para producir lo que el mundo puede comprarnos.
Pero si estamos con el peor atraso cambiario de nuestra historia, ¿cómo podemos pensar en una estrategia exportadora? ¿Será posible volver a ser competitivos a través del déficit cero?
• El déficit cero
El déficit cero alcanzado a través de bajas de gasto tiende a cerrar el déficit fiscal y a provocar una deflación interna que mejora la competitividad. La baja del gasto es una forma de atacar simultáneamente los dos principales males de nuestra economía, el déficit fiscal y la falta de competitividad. Es la fórmula (técnicamente irreprochable) preferida por un gobierno que pretende evitar la reprogramación de la deuda y la devaluación como fórmulas alternativas de ajuste. ¿Será creíble por el mercado luego que se esperó hasta último momento para hacerlo, y a la vez política y socialmente factible?
Consideremos primero qué ajuste adicional es necesario para lograrlo. Para pasar en el gobierno federal de un déficit de $ 11.500 millones anuales a 0 la baja de gasto público tiene que ser de 51%. Esto implica que algunos trimestres como el que estamos transitando, con 13% puede alcanzar y otros, como el que viene, se necesita casi 60%. En las provincias deficitarias, para llegar a déficit 0 el ajuste tiene que ser de 17% ($ 3.500 millones) y a nivel consolidado, de $ 15.000 millones, o sea, 5,5% del PIB. Un esfuerzo realmente enorme que, en un contexto de nula entrada de capitales, profundizará en el corto plazo la recesión, la caída de la recaudación y la necesidad de volver a insistir con más baja de gasto público, cosa que pone muchas dudas sobre su sostenibilidad desde el punto de vista político y social.
En definitiva, hoy tenemos mucho más claro que nuestra salida sostenible estará en una inserción exportadora en la globalización y en un equilibrio fiscal estricto. El problema es cómo saltar desde donde estamos hacia esa luz que se avizora al final del túnel. ¿Podremos recobrar la competitividad sólo a través de una enorme deflación interna? ¿Podremos equilibrar las cuentas públicas sólo con una disminución draconiana del gasto público interno? Si no fuera posible, al menos ahora tenemos el consuelo de que tendremos apoyo internacional para una transición más traumática pero quizá inevitable.


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