Fiesta de Brasil en el Palacio Pereda, a la que -salvo un ministro- no fue nadie del gobierno (tampoco un precandidato «mimado» por Brasilia). Allí se habló de temas tan variados como el futuro destino de diplomáticos argentinos a la peculiar campaña de un obispo en una provincia del Nordeste. También se siguió comentando extensamente el impacto de un discurso pronunciado por un religioso de pasado indudablemente ético. En un hotel de lujo, fue también un lujo para pocos escuchar el concierto del genial Lalo Schifrin. Sin embargo, la nota disonante no la dio ninguno de los integrantes de la orquesta, sino el encuentro (incómodo) de dos ex camaradas de ruta. Hubo además humorísticas referencias a un romance de moda, ilustradas con una melodía que sin dudas -de haberla escuchado- habría ofendido al autor de «Mission:Impossible». Veamos.
Las hermanas Rosella y
Patrizia Della Giovampaola;
Jorge Telerman
con Lalo Schifrin; Daniel
Scioli y Aníbal Ibarra
(éste con su novia, Muriel
Balbi); las inseparables
Karina Rabolini y Teresita
Garbesi; y Javier Fernández
y Mario Montoto (con
sus esposas). Todos
convocados por la radio
«Amadeus» para escuchar
en el Alvear el
concierto del genial Lalo
Schifrin (en la foto con
Telerman), quien a pesar
de los años no perdió
ninguno de sus talentos.
Brasil, como la Argentina, disfruta el momento. Tan esplendoroso en lo económico que hasta ampliaron las instalaciones del Palacio Pereda (cuyo primer titular se quedó ciego antes de verlo terminado), la residencia que tanto impresionó a Getulio Vargas, quien luego de habitarlo en una visita, ordenó su compra para la embajada cuando fue presidente. Techaron el jardín para celebrar la independencia y, módicos como siempre, invitaron a dos mil personas: debe haber concurrido 80%. Faltaron, por supuesto, figuras del gobierno, desatentas a estas festividades quizá porque el Presidente piensa que son una pérdida de tiempo, salvo el ministro Ginés González García, quien desobedece o busca un escarmiento (tal vez sea una oportunidad para poder entrevistarse con Néstor Kirchner). Vive tenso el ministro: su esfuerzo por regresar a Reinaldo Merlo a Racing (lo que significó desestabilizar la anterior administración) no sólo parece vano por las derrotas, sino que amenaza otra vez con complicar al club. Tampoco asistió Roberto Lavagna, quien fue mimado del Brasil y colaborador de la fundación del Mercosur. Tendría sus compromisos, como martillar a quienes lo quieren lanzar como candidato y él insiste en aguardarmás tiempo, como si negociara la deuda externa, a la espera de que se suavicen las distintas alas opositoras y él emerja como único aspirante. No es el pensamiento de muchos de los que lo acompañan, quienes tampoco comparten el criterio de que es suficiente apoyar a un candidato en Entre Ríos -elecciones en marzo próximo- sin necesidad de pronunciarse sobre la postulación presidencial del ex ministro. Mientras, había bossa nova en vivo, se consumía más caipirinha que de costumbre (el calor era agobiante) y para prevenir que «tornasen bebados» muchos se nutrían con platos fríos, calientes y, sobre todo, bolinhos.
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Algunos pretendían inspiración opositora reclamando, a sabiendas, los resultados de las encuestas en Misiones, donde el obispo Joaquín Piña parece acorralar al gobernador Oscar Rovira en su intento de modificar la Constitución provincial y hacerse reelegir ( comicios el domingo 21 de octubre). Le atribuían fuerte influencia en esa campaña, también, a una mujer que acompaña al sacerdote en su periplo provincial, a bordo de una moto, seguido por una monja y sin ningún político en su cercanía: es la hermana de una víctima disgustada con la resolución policial del caso, apasionada crítica del gobierno. ¿En qué afectará a Kirchner una posible derrota en Misiones, justo con uno de sus hombres más afines? Preguntaban con la mira en las elecciones del año próximo, aunque la mayor parte de los asistentes concluía en un mismo razonamiento: el mayor afectado por un resultado adverso del oficialismo será Felipe Solá, quien jura seguir el mismo propósito que Rovira. Y si no es Solá, ¿quien será? La voz de un especialista: si creen en Carlos Kunkel, profesor de doctrina de Kirchner, éste asegura que no será Solá ni Aníbal Fernández, Florencio Randazzo, ni José Pampuro. O sea que a estos personajes el gobierno los incita a gastar dinero sabiendo que habrán de perderlo. Diplomáticos a granel (Fernando Petrella, Adalberto Rodríguez Giavarini, Oscar Camilión, Carlos Ortiz de Rozas, Daniel Pepa), hablando sobre la grosera forma en que apartaron al embajador argentino en Washington, José Octavio Bordón, de la organización del viaje que realizarán la semana próxima Kirchner y su esposa. También de futuros destinos como el del vicecanciller Roberto García Moritán a Roma o Roberto Airaldi a China. Curiosos observaban embajadores de otros países, gente del mismo gremio como los representantes de Uruguay, Portugal, Italia, Francia, Bolivia. Algunos políticos, pocos entre tanto gentío, como Ramón Puerta, Horacio Massaccesi, Rodolfo Terragno, Juan Ramón Aguirre Lanari, José María Díaz Bancalari, recién operado de la cadera. Beatriz Nofal nada decía sobre su futuro cargo en Comercio Exterior, menos respondía a quienes le prometían retirarle el saludo si aceptaba integrarse al gobierno: gustaba con su marido de explicar su rutina gimnástica y deportiva los 7 días, la única forma según ella de demorar el declive de la vital glándula del crecimiento. O sea, para ella, el secreto de vivir más (o estar mejor) es transpirar las 24 horas. Si no había clima para su posible designación, menos se advertía en los gordosadhesión para su laboriosa propuesta de vida.
Más de un extranjero, sorprendido porque cada vez que los Kirchner viajan al exterior tienen encuentros con la comunidad judía del lugar ( especialmente en EE.UU.), se preguntaban si tanto esfuerzo de diálogo contrario a sus naturales actitudes había logrado superar críticas crecientes de ese sector (habrá que esperar, para saber, a los entretelones de la comparencia de la señora de Kirchner frente a una parte de esa colectividad en Estados Unidos). De esa universalidad se pasó al específico caso del rabino Sergio Bergman, ya convertido en famoso en el acto de Juan Carlos Blumberg por decir lo que otras religiones o argentinos no osan decir (aunque ayer, la Iglesia Católica se permitió un par de duras observaciones). Comentaba un especialista que Bergman es un discípuloheredero de Marshall Meyer, rabino conocido en la dolorosa década del '70 por ser uno de los primeros en objetar las violaciones humanas en el régimen militar. Curioso, decía, que un hombre de este origen ético como Bergman se haya convertido hoy en enemigo del gobierno, lo maltraten o presionen, hasta se incentive a una parte de la dirigencia comunitaria para que no lo reconozca y se despegue de sus clases públicas de instrucción cívica (contra la monarquía constitucional). Lo que más le dolía, sin embargo, no era la actitud oficial ni la deserción de algunas organizaciones judías: le molestaba el silencio de los que comparten el mensaje de Bergman.
Pasó después, ante la ignorancia general, a recordar aspectos personales de Meyer, protector y guía espiritual de Jacobo Timerman cuando éste atravesó su peor momento en esos tiempos (hoy, su hijo Héctor, desde su consulado, tampoco parece ver con buenos ojos al discípulo Bergman). Interesaba Meyer, sin embargo, quien había sido bañero, soñaba con ser cantante de ópera y, por enamorarse en los Estados Unidos de la hija de un rabino, terminó en la profesión de su suegro pero provocando cambios que ofendían a los judíos más ortodoxos,deseosos -como lograron- de trasladar a Meyer a un recóndito lugar como la Argentina. Y ahora, como ayer, Bergman también es una complicación para los ortodoxos, no sólo para el gobierno: también él, por ejemplo, intenta cambios en procedimientos añosos y tal vez obsoletos, como los estrictos preceptos que rigen la alimentación judía (kosher), de modo que la comida y bebida de ese pueblo puedan ser más accesibles, naturales y ecológicas, no mercancía de atávicos religiosos que otorgan o no la franquicia kosher. Toda una revolución, pero como él dice, ¿cuál es el sentido de hervir el vino en estos tiempos, quitarle el gusto, y no incitar al cuidado y formación orgánico de esa bebida, que como fruto de la tierra se convierta en un fruto para los seres humanos? Casi ha convertido a Kirchner en uno de esos sacerdotes creyentes a los que desafía, vestidos siempre de negro, con levitones, rulos y luengas barbas.
Por los salones de la embajada o la tienda ad-hoc desfilaban también empresarios y políticos Oscar Vicente, Eduardo Sigal, Willy Stanley, Miguel Peirano, Miguel Campos, Martín Granovsky, Federico Nicholson, Carlos Fontán Balestray la abuela Estela de Carlotto. El pintor Nicolás García Uriburu les explicaba a Camila Mackeson y a Norberto Frigerio detalles de los frescos del techo del Palacio, pintado por Sert, un catalán que también pintó las bóvedas del Rockefeller Center (aunque, en rigor, fue más famoso por su esposa Misia, también pintora y algo glotona a la hora de exigir sexualmente, según varios testimonios). Algunos diplomáticos comentaban el hundimiento del único barco que tenía Bolivia, con muertos incluidos, una barcaza que no soportó los remolinos formados por un brutal cambio de temperatura y, al respecto, sobre las peripecias previstas de Evo Morales, aludían a que no será sencilla la secesión si logra manifestarse como parece en cuatro regiones del país: la organización de los países en el mundo no acepta este tipo de independencias, casi en defensa propia, ni siquiera todavía hoy se aceptó la plena y explicable soberanía de Kosovo.
Una gala a medias (muchos hombres sólo con traje oscuro), mesas bien vestidas (cada una con dos docenas de rosas rojas), espléndido servicio de a pie (aunque extenso, casi dos horas), buen espectáculo con artistas del Colón y Néstor Marconi (variandola música de «Tango» del film de Carlos Saura), cena olvidable (aunque uno de los platos incluía faisán), razonable concurrencia, damas llamativas y con vestidos de marca (ninguna menor de 30 años, sugerentes las hermanas Della Giovampaola) y un competitivo trío político que no olvida reyertas y por lo tanto se cruzaba miradas lacerantes: Daniel Scioli, Jorge Telerman y Aníbal Ibarra. La muestra de ese encono: el forzado saludo -y las quejas cuchicheadas que se prodigaron- entre el antecesor y el actual intendente de la Ciudad. Todo en el principal salón del Alvear, donde el hotel junto a la radio Amadeus recibieron al «argentino más famoso» (al menos, en la Costa Oeste de los Estados Unidos, según la definición del ex cónsul en Los Angeles, Luis Kreckler), el pianista y compositor Lalo Schifrin, algo afectado para caminar, expresarse, pero intacto a la hora de tocar el piano. Telerman actuaba como si no hubiera existido la violencia subterránea con su ex compañero de fórmula, quien al parecer le reprocha que uno de sus funcionarios (Juan Pablo Schiavi) lo responsabilice por la ocupación de viviendas en la Capital. Para quien todavía guarda duelo, Ibarra, esas imputaciones dañan su sensibilidad y le complican su futura presentación en el distrito porteño a senador o diputado. Sueños de quien fue y quiere volver a ser, postulación que en principio amenaza con restarle votos a Telerman y su nueva agrupación, todavía a la espera de alguna manifestación favorable de Néstor Kirchner y con vistas de pasarse a otra agrupación (¿Roberto Lavagna?) si la Casa Rosada niega avales y garantías. Más seguro de esta venia se lo observaba a Scioli, cada vez más afirmado en su relación con el Presidente, lo que también implica silencio, obediencia y hasta cierto vaciamiento personal. Lo que se gana por un lado (gobierno) tal vez se pierda por el otro ( población), aunque las encuestas aún no revelan deterioro en la candidatura del vicepresidente.
El resto de los invitados, como siempre, parecía ajeno a estos avatares de la política porteña, preocupado Alejandro Ponieman (Alvear) por dos recientes cortes de luz en el hotel, haciendo publicidad suspicaz sobre su último libro: explica las ventajas de mediar y negociar por sobre la confrontación. Otros hablaban de viajes (Oscar González Oro anticipaba que esta semana, en París, la pasará bomba comiendo ¡en un restorán español! de su preferencia), las mujeres de ciertas habilidades (¿de dónde saca tanto conocimiento el secretario de Medios, Pepe Albistur, sobre temas financieros?), los hombres de vinos y de fútbol, algún experto recordando que Schifrin, un músico que tocaba guiado por un conservador Jerry Roll Norton, terminó afiliándose a versiones más modernas del jazz, el be-bop, cuando vino Dizzy Gillespie a la Argentina y se fue con él a los Estados Unidos (no sólo luego tocó a su lado, también le escribió la «Gillespiana», sino que gran parte de su obra está dedicada al piano y a la trompeta). De esa visita, recordaba, que a Gillespie lo acompañaban músicos notables, como el luego famoso Quincy Jones, hasta temas de esas jornadas en el Opera: « Doodling» y «Night in Tunisia». Demasiada información para pocos avezados oyentes, el experto terminó solo, hablando de nostalgias y precisando que Schffrin y Astor Piazzolla compartieron el mismo tiempo de formación en París, aunque separados, distinguiendo cómo al revolucionario del tango lo formó en armonía Nadia Boulanger. Schifrin, peinado batido y lentes de las series de los 60/ 70, a pesar de sus dificultades físicas y orales, tuvo la gracia de señalar que había abandonado la abogacía por la música, «pero eso no le impidió leer contratos, los sé leer muy bien». Cabeza y deditos en su mejor punto. En su mesa estuvo el banquero Jorge Brito, comprometido con el smoking de protocolo y un moño rojo que habilitaba bromas escolares sobre el «de moño rojo» o el «demonio rojo». Más chistes le hicieron con relación al gorro, también rojo, que se calzó en Wall Street cuando inauguró la sesión de la Bolsa, el que posiblemente vuelva a utilizar Kirchner cuando esta semana pase por el mismo lugar y toque el timbre de inicio en una ceremonia que ya se ha vuelto tan turística como visitar el vacío de las Torres Gemelas. Al respecto, los conocedores sabían de las bromas insistentes que hasta ahora el mandatario santacruceño -gracioso como pocos, claro, siempre con los otros- le hace a Brito con relación a ese episodio (casi una delicadeza infantil el tocado, al menos para el volumen de su testuz, no en balde lo llaman «cabezón»), tanto que si el propio Kirchner utiliza el mismo gorrito en esta ocasión, se piensa que podría actuar sobre él como una capucha.
Animoso de mesa en mesa, Telerman partió luego a otro acto, las damas también triscaban por el salón (Karina Rabolini, Celia Sofovich, Marcela Tinayre, Teresa Garbesi, Karin Cohen), Carlos Avila anticipaba pormenores de su nuevo canal transmitiendo golf las 24 horas, Daniel Hadad, extrañamente sin celular, con mucho personal de «Canal 9», haciendo de anfitrión por Amadeus y nutrida corte de empresarios (Martín Cabrales, Daniel Maman, Martín Uriburu, Luis Rusconi), Javier Fernández de la Auditoría y un Gino Bogani rapado a la «francesa» o estilo Telerman, cada vez más triste porque su mejor amiga Alicia Castro, la embajadora, no regresa tan a menudo de Venezuela como él desearía. Lo mejor de la noche, claro, fue otra revelación sentimental: había quien decía saber la causa por la cual la vedette y modelo Nicole Neumann tuvo un volcánico romance con el futbolista Fabián «Poroto» Cubero, de Vélez Sarfield. No entró en detalles, pero dijo que al jugador le cabía la canción de Ricky Maravilla, dedicada también a un empresario de baja estatura ya muerto, titulada «¿Qué tendrá el petiso?». Y se puso a cantarla con alegría, aunque no era procedente en un homenaje a Schifrin.
Otro quincho, otro redactor. En rigor, el mismo, pero amanuense de un divertido asistente a la reunión de la Fundación Sophia, en el Palais de Glace, cuyo relato es el siguiente: Cantidad de asistentes: según la Policía, 150; según los organizadores, 300; y, de acuerdo a mi opinión, unos 200. Comida, un catering de «Manos de la tierra» del sobrino de Francis Mallman, de quien Ambito Financiero diría «gran cocinero pero pésimo administrador» (evitemos, por hoy, algunos procesamientos entretenidos al respecto). Entre los asistentes, numerosas personas que entre el segundo semestre de 2001 y el primero de 2002 pensaron que eran políticos por arte del birlibirloque. Después, claro, se dedicaron de vuelta a ganar dinero o a disfrutar en pesos de los dólares acumulados en los '90. Nada que ver esto, claro, con Gabriel Castelli, ex HSBC, o Miguel Gutiérrez, ex JP Morgan, quien se dedica al deporte extremo de mantener un comedor en La Cava, Santiago Soldati, Willy Stanley, Gabriel Martino, Nicolás Dujovne, Ernesto Kritz, «Sándwichde miga» Miguel Kiguel (está en todas las fiestas), el sacerdote Guillermo Marcó (explicando, claro, la reservada sobriedad de su jefe Jorge Bergoglio frente al coraje del rabino Bergman), Emilio Perina hijo, Alejandro Rozichner, Nicolás Ducoté del Cippec (que viene a ser al grupo Sophia lo que la Astronomía a la Astrología) y Juan Carr. Naturalmente, entre otros.
Respiro prudente para recordar que el texto es obra de un relator. Abrió una chica hablando de educación, pues habían realizado un estudio -financiado por la Fundación Konrad Adenauer- ante la posible insuficiencia de los exámenes sobre lengua y matemáticas del Ministerio de Educación. Hicieron un índice propio, cotejaron alumnos, respuestas, finalmente descubrieron que el estudio había sido inútil: 95% demostró que la sospecha no era cierta. Después, para completar el informe, hubo un video con fotos de pobres y música de Soledad Pastorutti. Después, siempre bajo el influjo del testigo narrador, habló Horacio Rodríguez Larreta -ahora más mortificado porque también Ricardo López Murphy aspira a lo que él aspira como un sentido de su vida, la Intendencia porteña-, quien explicó que el trabajo conocido antes no era lo fundamental de Sophia, institución que también hace colectas por los niños pobres. Confesó, sin dar ideología, que el objetivo del grupo es integrar gente, llevarla si es posible a la administración pública (ejemplos Gustavo Lopetegui, Martín Lousteau, Pedro Lacoste), donde podrán cambiar las cosas. Claro, gente como uno, del Newman o Champagnat, la misma que cuanto uno se la cruza en el Mayling o en Martindale te comentan los logros de su gestión y que hay accountability. Se cerró, siempre según el infidente, con la recaudación de 30 mil pesos para los niños pobres. Bastante poco de acuerdo con la concurrencia y a las pretensiones y, como se dijo al principio, no lo cuenta esto un periodista, sino un miembro invitado a esos encuentros. Algo crítico, quizás.
Por supuesto, había hinchas de Boca Juniors (finalmente, la verdadera cantera del posible desarrollo de Pro, el partido de Mauricio Macri), interesados -esto ya va por cuenta del cronista- en revelar las ventajas de un nuevo emprendimiento del club: el cementerio propio. En Hudson ya funciona, tiene dos restos famosos (Estrada y el arquero-cantor Elías Musimessi, aquel de «Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor») y un lugar reservado para cuando se despida realmente Diego Armando Maradona (parece que él no está enterado de esa donación terrenal, sí parientes femeninos cercanos). Según explicaban, es mucha la cantidad de gente interesada en que la sepulten como si fuera la Bombonera, rodeada de famosos del club, parcelas que según las vecindades tendrán precios diferentes. Como corresponde, ya que también habrá que vender la bandera con la cual se arropará el féretro y otros adicionales típicos del negocio futbolístico. «Boca está en todo» ( también dispone de una compañía de taxis), reconoció un dirigente de River en la reunión, «pues nosotros debemos solicitudes, pedidos frecuentes (habló de 40 en una sola mañana) de hinchas que al morir piden que sus cenizas se dispersen sobre la cancha o se entierren en distintos sectores de su cercanía». Tal vez los de la banda también deban pensar en un cementerio propio, como ya han copiado el museo. Como reserva final, y aunque haya pedidos, este diario no revelará la fuente ni el apellido de quien fue el verdaderoautor del quincho. Simplemente, para que no lo contrate ningún otro medio.
El desenlace resultó como si lo hubieran planeado. Antonio Cafiero, a cargo de una tertulia en Gendarmería integrada en su mayoría por desocupados del justicialismo, invitó como disertante a alguien para quien alguna vez trabajó: Carlos Pedro Blaquier. Y el empresario azucarero con ventajas y protección que el Congreso le dio sin tarjeta Banelco ni estímulos -además, presentado el proyecto por una mujer estudiosa de la caña como Cristina Fernández de Kirchner- sorprendió con la respuesta: «En lugar de ir yo, ¿ustedes no quieren venir a mi casa?» (en rigor, allí no vive, sólo utiliza esa mansión extravagante para recibir). Respuesta obvia: 60 miembros de la peña, en su mayoría peronistas, se atropellaron para llegar antes a «La Torcaza», en San Isidro, reducto para invitados católicos, gente que colecciona apellidos, figuras internacionales o devotos de la música, el teatro o la filosofía, hobbies tan caros al magnate como su afición para coleccionar barcos de esparcimiento. Un mundo que el peronismo no suele frecuentar, aunque varios nombres de los asistentes han sido endulzados por el poder, como el propio Cafiero, a quien acompañaron Irma Roy, Fernando Galmarini, Moisés Ikonicoff, Araceli Bellota, Daniel Castruccio, Carlos Campolongo, Abel Posse, José Máría Vernet, Andrés Cisneros, Teresa González Fernández (ex Solá), Duilio Brunello, Carlos Leyba y Nicolás Weiz-Wassing. Faltó, sin avisar, Carlos Grosso. También atraía el menú (salmón con huevo poché, lomo con salsa bernaise) y sobre todo las bebidas: Dom Perignon del '96, Pouilly Fumée 1997, Chateau Mouton Roschild del '76 y un Chateau D'Arche del '90. No era necesario ser peronista para tratar de participar en el encuentro.
Por la comida, claro, ya que Blaquier ni siquiera habló de filosofía, hizo la visita guiada a la casa y a la bodega (¿está valuada en 3 millones de dólares?), obsequió unos libros sobre La Torcaza (tardó 18 años en hacerla), también con sus poemas o su propia introducción a la filosofía, mostró sus mármoles importados (la casa es casi toda de mármol), tocó el piano e hizo tocar el piano a un artista que sponsorea (Horacio Lavandera), exhibió el busto de la que fue su primera esposa, Cristina («Una señora a la que quiero mucho») y mostró su rastro más humano al presumir del ovejero negro -uno de los pocos en el mundo, obvio- que le responde casi como el personal. Cafiero, en respuesta, para agradecer presentó uno por uno a su delegación, antes de pedirles que «no se roben nada, van a creer que somos peronistas». De Leyba dijo que era el mejor economista del país, de Vernet que era su socio en análisis políticos que no compartían, de Ikonicoff -quien fue en zapatillas- que era un doctor en La Sorbonne tan particular que hasta había pasado por escenarios semipornográficos. «¡Semipornográficos no!», respondió Ikoniccof, «¡ pornográficos. Por favor, Antonio no me desmerezcas». El empresario anfitrión les obsequió, a cada uno, una tarjeta con su firma, no para entrar a ningún supermercado o banco, sino como recordatorio de su personalidad, en la que estampada al pie figura una estrofa de su autoría:»Aunque el amor tenga pena/Con amor todo se aguanta/Dado que la noche es fría/Y es mejor dormir con manta».
Comentarios políticos mínimos y comunes, ligera alocución de Cafiero en contra de la división de la sociedad y del autoritarismo (reconoció que, al principio del peronismo, eso estuvo en su núcleo), defectos que observaba en el gobierno actual y que pensaba marcar. Por supuesto, habló en plural. Luego, como no podía ser de otra manera, sea por el alcohol o la confianza, derivó el encuentro hacia una compentencia para contar cuentos verdes, como si participaran de un programa de Tinelli, función en la que de lejos se destacó el dueño de casa por su pimienta. Amable encuentro finalmente, del que Ikonicoff comentó en relación con el contingente que integra: «Mientras siga Kirchner en el poder, nosotros no tenemos un carajo que hacer».
Vamos a terminar con un chiste de una categoría siempre efectiva. Un gallego entra a un bar y se sienta en la barra, frente al televisor que está mostrando un noticiero. Allí se ve a un hombre, parado en una cornisa, a punto de saltar al vacío. El barman, que conoce al parroquiano y que ya había visto un rato antes en directo el desenlace de la tragedia, decide tratar de aprovecharse de la situación. Y dice:
-¡Te apuesto cien mangos a que salta!
El cliente acepta de inmediato y pone un billete de $ 100 sobre la barra. Segundos más tarde la televisión muestra al suicida saltando hacia su muerte. Seguramente afectada su conciencia por la tragedia, el barman alarga el billete de $ 100 a su cliente y le confiesa:
-Mirá, te devuelvo la plata; no te puedo cobrar la apuesta porque esto ya lo pasaron antes y yo lo había visto...
-¡No te preocupes: cóbrame! ¡Yo también lo había visto, pero jamás imaginé que el gilipollas iba a saltar de nuevo!