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De la fiebre del oro al oro de la poesía

Transitar la ascendente, vieja y polvorienta calle del pueblo, custodiada por antiguas casas de piedra de grandes patios verdes y arbolados es una experiencia maravillosa. La villa cuenta con unos 250 habitantes. De ser sólo un camino hacia una de las minas de oro fue creciendo hasta convertirse en uno de los lugares turísticos más visitados de San Luis.
En minas como la Buena Esperanza se
exhiben las herramientas que utilizaban los obreros, los respiraderos y las formaciones que con el paso de los años y las vertientes internas fueron formando estalactitas, estalagmitas de colores varios como también las fallas geológicas de la montaña. Para disfrutar al máximo de la excursión al interior de la mina se ofrece la vestimenta adecuada para esa actividad, como cascos con linternas y botas de goma.
La Carolina fue llamada así en homenaje al rey Carlos III de España, dado que ese rey pertenecía a la familia de los Carolinos.
Dos siglos atrás, un casual descubrimiento generó la más descabellada fiebre del oro que se vivió en la Argentina. Ante la enorme afluencia de aventureros y para evitar los desórdenes socioeconómicos, en el año 1792 el marqués de Sobremonte, entonces gobernador de Córdoba y del Tucumán, intendencia a la que pertenecía San Luis en el Virreinato del Río de la Plata, intervino las minas y decidió el trazado de una villa real en homenaje a Carlos III de España, y la llamó La Carolina.
El gobierno de San Luis puso en marcha a fines de 2006 un plan con el objetivo de conocer propuestas de revalorización cultural, histórica y estructural de La Carolina. Los proyectos, la mayoría ya terminados y otro por finalizar, contemplan la puesta en valor de los recursos turísticos, mediante la creación de nuevas atracciones y la refacción de lugares históricos de la localidad. Se destacan la construcción de una casilla de seguridad que regula el acceso del público, la oficina de informes turísticos en el camino de acceso a la localidad, una plaza temática sobre el margen derecho del camino de ingreso, la remodelación de la calle principal y un laberinto ubicado frente a la casa de Juan Crisóstomo Lafinur, en la cima de un cerro.

