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En el caleidoscopio del Distrito Federal

-Todos -volvió a la carga el publicitario- te ofrecen impresiones diversas que tienen algo en común, que en el fondo no pasa por la comida, ni por las playas, ni por el folklore, ni por el idioma, ni por las costumbres; es algo mágico, una experiencia que hay que vivir.
-Por favor, hay rastros de todo eso en Sor Juana Inés de la Cruz, en Alfonso Reyes, en Octavio Paz, en Carlos Fuentes, en Oscar Lewis, en Juan Rulfo, en Malcom Lowry, en Héctor Aguilar Camín, los dos Castañeda... ¿sigo? -el escritor tuvo un ademán de clara superioridad.
-En todos ellos -concedió el publicitario-, pero no siempre en los libros. México es una suma, es como un sabroso hojaldre. Un chamán en el gran Centro Ceremonial de Teotihuacán, mientras me llevaba a ver la zona del oráculo, me comentó que en la tradición azteca ése era «el ombligo de la luna», y que el De Efe era «el ombligo del mundo». Pensé que acaso al DF le llaman también simplemente México como si todo el país cupiera en la maraña de sus calles. Recuerdo que aquel chamán después me mostró cómo producían los aztecas con insectos y plantas sus brillantes colores, el rojo, el verde, el amarillo. Así de colorida es México, pensé. Lo cierto es que yo me sentí en ese «ombligo del mundo» en el Zócalo.
-Esa plaza seca es tan la imagen de mucha América latina que se llama así, y no Plaza de la Constitución, porque se puso el zócalo de un monumento a la Independencia que al final nunca se realizó- sentenció el abogado.
-El Zócalo fue para mí como un aleph -siguió el publicitario-, miraba para un lado y tenía una de las mayores catedrales del mundo, construida y reconstruida sobre los resto del Templo Mayor pagano, que si uno espía por un costado se encuentra con él, con sus serpientes emplumadas, con sus mujeres que vuelan, con sus hermanos que se despedazan, historias que parecen de mitos griegos.
-O novelas de realismo mágico- planteó el escritor.
-Pero eso era el pasado, una de las capas
-continuó el publicitario-; al girar había unos mariachis, rodeados por muchachos y chicas con princing y tatoo, que cantaba un tema de Paz Martínez que es parte del repertorio de Los Nocheros. Y, entre autos y más autos, me fui hacia un mercado popular, un tinguis, que competía con los shopping con productos de todo el mundo. Me compré un disco nuevo de Café Tacuba, que me enteré que lleva un nombre que viene de lejos, prehispánico. Hay más, pero para qué seguir: los que fueron, ya saben; y para los otros, a partir de acá es inenarrable. Es como jugar con un caleidoscopio.
No pudimos dejar de hablar de México por más que él lo propusiera.
Una visita al Distrito Federal de México suele tener este tipo de consecuencias, provoca fascinación. Es una de las 5 mayores ciudades del mundo, la cuarta en la lista de Tokio, San Pablo, Nueva York y Bombay. Como toda metrópolis, es claro el ejemplo de Buenos Aires, está marcada por su identidad, por un estilo, por un carácter, por rasgos que le son propios y emblemáticos.
Pero el Distrito Federal de México parece haberse armado sin programarlo para desplegar posibilidades poco habituales al turista. Uno puede estar parando en un hotel cinco estrellas, pero no se libra de la tentación de un «antojito» o que desde una taquería portátil alguien le proponga: «Su taco lo puede rellenar de aguacate, salsa y queso fresco; de chicharrón, de carnitas y de mole con arroz». No se precisa ser gourmet para saber de enchiladas y tamales, del mezcal, ese con el que se emborrachaba el cónsul de la extraordinaria novela «Bajo el volcán», de Malcolm Lowry, y menos aún haber dejado de paladear un tequila.
Callejear por el extenso mosaico del DF tiene los atractivos que el visitante elija: ir de compras a un shopping o al Six Flax, el parque de diversiones más grande y moderno de Hispanoamérica. Ir al Museo Nacional, al muy visitado Museo Papalote o a una de las muchas obras teatrales o presenciar el musical de moda. Al pasear por las cercanías del Zócalo se pueden recorrer las vidrieras de las joyerías de la calle Francisco Madero o buscar en la avenida Pino Suárez una cantina desde donde ver pasar el trajinar de la ciudad. Esto es para andar la primera vez, pero en el DF muchas visitas son como la primera vez. Cuando busque diagramar otros recorridos, lejos del Centro Histórico, una guía le propondrá no dejar de ver: la Alameda Central, el Paseo de la Reforma, la Villa de Guadalupe, Tacuba y Azcapotzalco, Insurgentes y la Ciudad Universitaria, San Angel, Coyoacán y Churubusco, entre tantos otros lugares.
Luego de que el publicitario expresara su fascinación por el DF, un amigo le pidió detalles de lugares, y él le dijo: «Andá, mirá y después me decís si es o no es un aleph».


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