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Experiencias de un cruce histórico
Las mulas, grandes protagonistas del cruce.
La primera señal del arribo a los refugios es el típico mate cocido, té o café con tortas fritas preparadas por las fuerzas militares que los custodian. Minutos después comienza la preparación de la cena.
Quizás no en la primera salida, pero al cabo de tres días a nadie deja de llamar la atención la destreza asombrosa de estos animales para desplazarse en la montaña.
Como guiadas por una inteligencia ajena a ellas, atraviesan senderos infernales formados de piedra, barro, agua y nieve con la habilidad de una bailarina y la fortaleza de un acorazado de guerra. Donde el caballo duda, la mula avanza.
Una mano a centímetros de una roca, la pata aferrándose en la nieve y un nuevo paso que la acerca sin temor a un precipicio. Por un llamado de la especie o un entrenamiento intensivo, no dejan de llamar la atención de los visitantes.
• El frío
Se cuela por todas partes y a todas horas y aunque era previsible superó las expectativas. Es que además de las bajas temperaturas se hizo inseparable un fenómeno al que los cuyanos denominan garrotillo, una mezcla de lluvia, aguanieve y granizo que golpea como un martillo con ritmo incesante, esperando el momento preciso para humedecer y enfriar las pertenencias de todos los que llegaron a la montaña.
La tecnología no está a salvo: baterías de cámaras de notebooks, cámaras fotográficas y de video sucumbieron sin oponer resistencia.


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