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''He puesto mis obras al servicio de los niños''

Diana de Francia: Pasé mi infancia de país en país, lo que fue muy agradable. Como mi padre, el príncipe Enrique de Orleans, conde de París, era un exiliado político, yo nací en Brasil, en la ciudad imperial, Petrópolis, en la montaña. Luego nos fuimos al Marruecos francés, de donde nos echaron al Marruecos español, de ahí tuvimos que pasar a Pamplona, y de allí Franco nos echó a Portugal. Pasábamos de un lugar a otro porque había políticos franceses que decían que mi padre hacía política o que estaba cerca de Francia y no tenía derecho a eso. Mi padre era hijo de la duquesa de Guisa, que vivió hasta su muerte en el Marruecos español.
P.: ¿Cómo sentía eso de pasar de país en país?
D. de F.: Era ir de aventura en aventura. En Marruecos tuvimos que hacer los equipajes en 24 horas. Dejábamos cosas por el camino, pero para mí son recuerdos lindos. Para mamá y papá no era divertido, pero para nosotros, los chicos, creo que sí.
P.: ¿Cuándo comienza a implicarse en acciones solidarias?
D. de F.: Desde pequeña iba con la nanny a ayudar a los pobres. Madeleine iba a lavar a los ancianos y yo, que tenía 7 años, le tenía la jofaina. Eso que sentí de chica no se va. Los mismo que mi atracción por el arte. A los 14 años comencé a pintar telas con pintura de plomo. Sin saberlo,
el plomo me entró poco a poco en el cuerpo. En 1960 me casé, a los 20 años, con el duque Karl de Wür-
ttemberg. Tuve cinco niños en cinco años: Friederich, Eberhard, Mathilde, Phillip y Fleur. Tras mi último hijo, Michy, a los 27 años, me siento enferma. Estaba siempre fatigada, sin fuerza, tenía bronquitis, sistitis, montones de cosas. Todo iba mal. Después de Michael, perdí dos niños. Mi cuerpo comenzó a ponerse peor. Tenía algo como leucemia, estaba mal de los riñones, del hígado, todo lo que es musculatura se iba estropeando. Me daban antibióticos, cortisona y para sacarme los dolores, morfina. Me pinchaban todo el tiempo. Estaba realmente mal. Siempre estaba con frío, no me quedaban autodefensas. El doctor me dijo: «Princesa, le doy dos años de vida». Como soy religiosa, pensé: «Dicen que la muerte viene como un ladrón, pero yo tengo mucha suerte, sé cuándo vendrá y puedo prepararme: voy a ser una santita y voy a ir derecho al cielo». Una amiga artista me dijo: «Princesa, usted tiene muchos hijos, usted no puede morir». «Es que no sé qué hacer, a qué aferrarme». «Si usted se agarra a Dios y a la Virgen, va a estar mejor». Le dije a mi marido que me dejara ir a París, que estaba a 6 horas en auto. Me fui a la Rue du Bac, a la Virgen de la Medalla Milagrosa, y le digo: «Virgen Santísima, nunca te he visto, sé que haces milagros, quiero ofrecerte a vos, a Jesús, a los santos y ángeles que hay aquí y que yo no veo, que si me salvan (me sentía un trapo despreciable), toda mi vida la voy a ofrecer a los niños enfermos, porque no quiero verlos sufrir como estoy sufriendo yo». Y me volví.
P.: ¿Empezó a mejorar?
D. de P.: Me fui con mis hijos a una playa de Bretaña, famosa por su yodo. Pensaba: «Si la mamá está muy enferma, que los hijos estén muy sanos». Un día, a una señora de ese pueblo le cuento lo que me sucedía, y me dice: «Hay aquí una mujer que es una santa y que trabaja con los doctores del hospital porque tiene un magnetismo muy fuerte, y ha salvado gente del cáncer». Fui a verla y todo se volvió positivo. Después de 12 años de enfermedad empezó por quitarme la morfina, la penicilina, la cortisona, todo. Cada vez que tenía dolores me hacía imposición de manos. Me dijo: «Ahora su cuerpo tiene que recuperarse por dentro; coma sanamente, ni tabaco ni alcoholes (yo no fumo ni bebo). Cuando tiene sueño, duerma, aunque sean diez minutos, viva lo que más pueda al aire libre». Yo pasé durante 10 años todas las vacaciones y fiestas junto a ella, con mis niños, en la preciosa Saint-Malo. Cuando empecé a mejorar, me dije: «Tengo que cumplir con lo que prometí».
P.: ¿Creó su fundación?
D. de P.: Aún no. Fui a un negocio de pintura. Y el comerciante me dio aceite de lino, trementina, pinturas, pinceles, telas para que pintara al óleo. Me fui al castillo y elegí un cuarto muy feo donde poner mi atelier, donde hacer ese trabajo que ensucia. Comencé a pintar. Y le dije a la Virgen: «Yo pinto y tu vas a vender todo para que yo pueda ayudar a los niños». Yo hablo con Jesús, la Virgen, los santos, y les pido: «Ayúdenme». Cuando hice 10 cuadros, le pedí a mi marido salir a venderlos. Íbamos de tienda en tienda. La primera vez que gané mucho fue con 15 cuadros que todo mi servicio me los compró. Después quise recomprárselos, pero no quisieron. En esa época, por los años 80, gané 5.000 marcos. Me enteré de que en la montaña había unos niños abandonados que tenían un jardín muy feo y querían tener juegos. Hablé con el doctor que los cuidaba y les regalé un tobogán. Y ahí empecé a regalar juguetes. Y a continuar pintando, para lograr fondos para ayudar.
P.: ¿Exponía?
D. de P.: En lugares gratis. No quería pagar, porque el dinero era para los niños. Seguí pintando, hasta que un día leí en el diario que una señora daba clases de escultura en un convento. Cuando, al empezar, hice el retrato de una mujer, me dijo: «Usted sabe». Yo no quería que allí, en Württemberg, donde la familia de mi marido es como los reyes, se supiera quién era. Un día me vio en un acto oficial junto al primer ministro, y me preguntó: «¿Qué hace aquí?» Tuve que decirle: «Es que soy la mujer del duque (ríe)». Fue a ver a mi marido y le dijo: «Tiene que dejar a su mujer en mi atelier porque es una gran artista, no le permita que haga cosas de otro tipo porque ella tiene que trabajar en el arte. Y así fui pasando a otras actividades artísticas, artesanales, creativas. Me volví escultora. Luego agregué el diseño de muebles, de indumentaria, de elementos.
P.: ¿Dónde se puede ver todo eso?
D. de P.: Voy a hacer una muestra en la Argentina, en Buenos Aires, en setiembre del año que viene. Van a estar mis cuadros y mis bronces, las mesas y las sillas, los vestidos y las muñecas, los cinturones, los bolsos y las carteras, las tacitas de porcelana
y los vidrios (que ahora me los han prohibido por los pulmones). Soy muy habilidosa para los trabajos manuales. Y muy práctica; he hecho cinturones muy lindos con restos de tenedores, botones, cucharitas, cosas que les saco a amigos anticuarios. En mi atelier de Alemania trabajo muy bien porque tengo unos obreros fantásticos. Un zapatero con el que hago los bolsos y los cinturones. Un herrero con el que hago los ángeles gigantes. Un sastre. Y un carpintero. Con ellos hago cosas extraordinarias.
P.: ¿Cómo empezó a hacer muñecas?
D. de P.: Estaba en un hospital, y un niña me dice: «¿Me hacés una muñeca?» Le dibujé una. Se puso furiosa. Quería una que pudiera tener en los brazos. Me acordé de las que se hacían en Estados Unidos en el tiempo de los cowboys, con trapos y llenas de serrín, el rostro pintado. La hice igual, pero rellena de algodón y se la regalé. Fue la primera de una serie. Algunas veces las doy a la venta para reuniones de beneficencia. La vez pasada un niña me pidió una muñeca, pero no quería una de las mías, quería una de la juguetería (ríe).
P.: ¿Sigue haciendo obras de beneficencia para los niños?
D. de P.: Todo lo que hago y vendo entra en mi Fundación Princesa Diana de Francia, que está reconocida por el gobierno alemán. Esto significa que tengo que tener cuentas muy claras.
P.: ¿Su fundación tiene aportes de otra gente?
D. de P.: No, la sostengo solita, con mis obras, con los pinceles, pinturas y géneros que pago yo. Este año han entrado a mi fundación 300.000 euros: he trabajado bien.
P.: Volviendo a sus viajes, ¿cuál es un lugar de su corazón?
D. de P.: Portugal. Allí estuve con mis primos, el rey Simeón; con Juan Carlos, el rey de España, al que conocí a los 12 años y no parábamos de jugar. Eramos un terremoto. Nosotros solos éramos 11 hermanos, y yo, justo la del medio.
P.: ¿A qué se dedican sus hermanos, los otros príncipes y princesas borbones de Francia?
D. de P.: La verdad es que son bastante vagos; yo soy la única que hace cosas. Pero mi hijos trabajan. Phillip es director de Sotheby's para Europa; Friedrich dirige con su padre las fábricas del duque, se dedica a resguardar la fortuna familiar (en esta época tener que mantener castillos es un horror); Michael hace el vino de la familia, y Eberhard, que vino muchas veces a la Argentina, está absolutamente dedicado a planificar mi fundación. En Tíbet estuvo al frente de la construcción de la casa que hice para niños abandonados. Ahora tengo la idea de ayudar a Paraguay; allí los niños necesitan mucho. Si tengo una base allí, siempre podré ayudar en la Argentina.


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