(Enviado especial).- La conferencia de prensa brindada por el gobernador de San Juan, José Luis Gioja, fue el saludo definitivo a la previa del inicio del Cruce de los Andes. Con una inusitada cantidad de micrófonos, cámaras de fotos y canales de TV el acto dio luz verde a la séptima expedición, que será la más nutrida de todas las que se hayan hecho: 105 expedicionarios entre cronistas, personal de Gendarmería y organización. Sólo se acerca, recuerdan aquí, a la de 2008 cuando hubo 87 participantes.
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Remembranzas del cruce de 1817, la intención de "seguir los pasos de San Martín". Hacerlo en aquel momento "era como ahora viajar a la luna e intentar conquistar Marte", sostuvo el mandatario sanjuanino.
Casi 200 años aquí vamos: atravesando Calingasta en una 4x4. Es uno de los cuatro valles en los que se separa la precordillera, ubicado al sudoeste de la provincia y el que eligió el grueso de las tropas para iniciar la marcha hacia el combate en Chile. Saliendo de la ciudad irrumpen los viñedos de uva comestibles a la vera de la ruta, el prólogo de un camino de serpenteante de 200 kilómetros que nos conducirá, como una vena, hacia el interior de la montaña.
El desierto, todavía con el recuerdo del rally Dakar a flor de piel, sólo es alterado por pequeños cactus sobre las laderas pero más adelante, en la zona del valle, la vegetación vuelve a la vida y exhibe plantaciones de peras y duraznos. El río, este año mucho menos caudaloso que los anteriores, acompaña el trajinar de las camionetas desde el margen derecho y, tras una breve e inesperada lluvia, el camino nos deposita en el anochecer el destacamento de Barreal.
Un lugar amable, un espejismo de lo que serán los próximos días. Esperan varias horas de preparativos y charlas, anécdotas vividas e imaginadas para aplacar la ansiedad. Alguien comenta que "allá arriba" ronda una tormenta y todos le creemos. La altura ya es, como ante cada partido que un equipo de fútbol debe afrontar en La Paz o Quito, el tema excluyente. Si en el histórico cruce fueron la cebolla y el ajo los grandes aliados de los combatientes, ahora las sugerencias coinciden en la necesidad de consumir bastante agua para aplacar los efectos de la montaña.
Cuentan que las mulas y los caballos viven expectantes las horas previas a la salida, como si comprendieran también que se acerca el inicio de la lucha contra la roca, el cansancio y, quizás, la tormenta luego de la llegada a Manantiales, el verdadero centro de operaciones donde se gestó el cruce de 1817.
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