13 de noviembre 2000 - 00:00

Palm Beach, capital de EE.UU.

Palm Beach - El condado de Palm Beach tiene 425.000 electores. Y muchas horas de sol sobre sus cabezas, ironizan en Nueva York. El país asiste de nuevo -apagados los ecos de Elián González- a otro circo mediático en Florida, cuyos habitantes corren el riesgo de ser caricaturizados como una banda de ciudadanos imprevisibles dispuestos para fiestitas a expensas de la seriedad nacional. Imaginen que la Segunda Guerra Mundial se hubiese decidido en las playas de Marbella, Cannes o Portofino. Que John Kennedy hubiese sido asesinado en el Radio City Hall de Nueva York durante el tradicional show navideño de las «rockettes». O que «Playboy» hubiera destapado el Watergate. El futuro presidente de Estados Unidos se dirime en cuatro condados de Florida como Palm Beach, tierra de condominios, meca de jubilados hiperactivos, empalagosas vendedoras inmobiliarias de «real state» y adolescentes que conducen descapotables. Añadan decenas de abogados de primera litigando sobre los agujeros de una papeleta «mariposa», uno de los pocos puentes del calendario laboral y centenares de periodistas entrevistando a personas que votaron a otro.

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Esto es West Palm Beach, Florida, la capital mundial del «media-show», el único lugar del mundo donde el destino de un niño -¿recuerdan a Eliancito?- o el futuro del país más poderoso del mundo terminan caricaturizados en vivo y en directo.
«No es extraño que en el Norte piensen que somos unos idiotas. Porque lo somos», filosofa
James Clayton, un abogado partidario de George W. Bush. Con la elección, el resto de Estados Unidos mira de nuevo con incredulidad, sarcasmo y hastío de «déjà vu» a Florida, el simpático estado del sol radiante. «Les da mucho el sol», ironizaba en la CNN una adora-
ble viejecita neoyorquina. «En Texas nos ponemos el sombrero antes de votar», dijo un vecino de hotel en Austin.
Habría podido pasar en la heladera de New Hampshire o en el sofisticado estado de Washington pero sucede en Florida. De nuevo.

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West Palm Beach es hoy la capital de Estados Unidos. Los hoteles a reventar; 18 satélites de televisión instalados frente a la oficina gubernamental; decenas de abogados recopilando irregularidades; miles de turistas del Norte apurando el puente, y centenares de residentes movilizados para dar su opinión. El circo estaba ayer en la oficina gubernamental. Dispuestos a no dejarse avasallar tras unos días de hegemonía «demócrata» en los medios, los republicanos parecen en mayoría. Uno porta una pancarta tremendista, «Gore=Milosevic», que agita detrás de cada presentadora cuando entra en directo. Ponga una cámara en el rincón más apacible del mundo y terminará difundiendo la batalla de Trafalgar. Hoy, los menos de 50 manifestantes reunidos en el aparcamiento de la oficina gubernamental, dan impresión de guerra civil, civilizada pero guerra.
Pobre periodista de la MSN-NBC,
Suzanne Malveaux. Cada vez que entra en directo
-y ocurre cada hora en punto-, los manifestantes agitan las pancartas y entran en una escalada de gritos que cesa, en segundos, cuando la conexión termina.
«Yo soy el que votó por otro distinto al que quería votar», bromea desde el final de la barra un tipo achispado que ya ha sacado a bailar a todas las mujeres -excepto a la suya- de un céntrico bar de West Palm Beach donde un cantante-orquesta igual clona una canción de los Rolling Stones que una de la Streisand.
La vida sigue en West Palm Beach y los indígenas parecen satisfechos con el protagonismo inesperado y folklórico de este condado con 425.000 electores y muchas horas de sol.

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