9 de junio 2006 - 00:00

''Vengan a recorrer el lugar de los coyotes''

El que fuera el barrio residencial de los conquistadores españoles en México, tiene en su centro una estatua a los coyotes que rinde homenaje a la cultura náhuatl.
El que fuera el barrio residencial de los conquistadores españoles en México, tiene en su centro una estatua a los coyotes que rinde homenaje a la cultura náhuatl.
Coyoacán es el barrio de Hernán Cortés, de la Malinche, de Agustín Lara, de Salvador Novo, de Frida Kahlo y Diego Rivera, de Emilio «el Indio» Fernández y el mío. Estas calles vieron pasar, una y otra vez, a Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, María Félix, Luis Buñuel, Octavio Paz, Augusto Monterroso, entre tantos otros. Vengan a recorrerlo. Coyoacán en náhuatl quiere decir «lugar de los coyotes»; por eso en la plaza central de Coyoacán hay una estatua en honor de esa mezcla de lobo y perro pastor.
Los aztecas dividían sus grandes barrios en calpullis. Esta era una ciudad separada de Tenochtitlán, la capital del imperio de los aztecas. Era una ciudad de descanso, donde había aguas termales, vegas y estaba muy arbolada. Cuando los conquistadores descubrieron que aquí el clima era estupendo, construyeron sus viviendas y fue su barrio residencial. Aquí, en el Barrio de la Concepción, está la plaza de la Conchita, donde vivió Cortés. No hay que dejar de ver aquella churrigueresca capilla. Y allí, en Fernández Leal 70, donde está la Hacienda de Cortés, y hoy podemos sentarnos a comer algo, estuvieron las caballerizas del conquistador español.
En la plaza de la Conchita está la casa de la Malinche, amante y traductora de Cortés, mujer extraordinaria que traducía del maya y del náhuatl. Cortés hizo su mujer a la Malinche, y le puso Marina. Pero su nombre, la Malinche, se convirtió para los mexicanos en la denominación de traidor a la patria. Por eso, cuando decimos que alguien es malinchista, nos referimos a la Malinche, a alguien que traiciona a los suyos.

AHORA ES UN BAZAR
Luego está la plaza de Coyoacán y, más allá, sale la calle de Francisco Sosa, donde están las casas de la mayoría de los conquistadores españoles, como Pedro de Alvarado, con fama de haber sido el más sanguinario. Es un barrio colonial y se ha mantenido como tal; eso lo ha hecho muy atractivo. Y es una de las paradojas de nuestra historia. Veamos.
Los mexicanos tenemos una ideología muy antiespañola hasta la fecha. Un buen ejemplo es que Cortés está enterrado en una tumba sin nombre, en el Hospital de Jesús. No hay una estatua para él ni para el mestizaje en la Ciudad de México. Somos, en ese sentido, muy alérgicos a lo español. Antigachupines, porque gachupines son los españoles. Y aunque el guión ideológico es muy antiespañol, curiosamente las zonas que consideramos más atractivas siempre son españolas. Las ciudades más hermosas de México, de mayor reputación turística, Zacatecas, Guanajuato, Mérida, Oaxaca y Puebla, tienen cascos urbanos totalmente españoles. Lo mismo ocurre en zonas de la Ciudad de México como San Angel o Coyoacán.
A la gente le gusta mucho venir a Coyoacán. Sábados y domingos se vuelve un lugar de una densidad poblacional como la de Hong Kong. Y se ha convertido, por decirlo así, en un bazar de la cultura pop. Hay un fuerte arraigo de lo que queda del hippismo con artesanos, lectores del tarot y adivinos que incitan la paranoia de sus clientes diciendo: «Atrévase a conocer su horrendo futuro» y, curiosamente, tienen gran éxito. Hay también danzas indígenas y una variante new age de esas danzas, unos aerobics relajantes al compás de música indígena.
El Jardín Hidalgo y el zócalo de Coyoacán, el corazón de esta zona, es un centro de vida alternativa y de cierta bohemia que se vincula en torno de sus cafés y librerías.
Coyoacán pertenece también a la mitología de Frida Kahlo, la mexicana más famosa del mundo. Aquí está «la casa azul», la casa de Frida con el folclore con que ella la decoró y en el cual vivió. Está plena de objetos de arte popular mexicano: exvotos, judas de carrizo y papel encolado, juguetes de feria, muebles de ocote y oyamel, muertes de yeso, de cartón, de azúcar, de papeles recortados, petates, sarapes, huaraches, flores de papel y de cera, tocados, piñatas y máscaras.
Entrar en esa casa es como entrar en uno de sus cuadros. Ella quiso hacer una casa que fuera como un tableau vivant, y estar así inmersa en una de sus obras. Aquí vino para ver sus obras Diego Rivera, con quien se casó dos veces, y a vivir su exilio León Trotsky, quien luego de dos años y una discusión con Diego Rivera se fue a vivir muy cerca, en Avenida Río Churubusco.
Trotsky estaba muy enamorado de Frida y la visitaba con frecuencia, le mandaba recados con la sirvienta. Trotsky habitaba con su mujer en un universo concentracionario. Convirtió su casa en una fortaleza inexpugnable. Los pasillos tienen tabiques para que nadie pueda andar libremente. Hay sensores eléctricos. Todas las ventanas están tapiadas. Y sin embargo, pudo ser asesinado allí por el agente de la policía política soviética Ramón Mercader, que utilizó una astucia extraordinaria para ganarse su confianza. Fue como periodista, enamoró a la secretaria de Trotsky y se mostró elogioso con el dueño de casa. La vanidad traiciona cualquier prudencia. Trotsky confió en él. El 18 de agosto de 1940, Mercader le dio a leer un artículo que dijo haber escrito. Trotsky se sentó a leer. Mercader tomó un pico de montañista que decoraba la pared y se lo clavó en el cráneo a quien fuera el primer comisario de Asuntos Exteriores de la Rusia bolchevique. Trotsky murió dos días después. Esa casa museo también puede ser visitada.
Testimonio recogido por Máximo Soto

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