21 de abril 2025 - 13:12

El consumidor argentino y su rol clave en la construcción de un sistema alimentario sostenible

Se estima que un tercio de los alimentos producidos en el mundo se desperdician, lo que equivale a tirar 250 mil millones de metros cúbicos de agua al año, suficiente para llenar 100 millones de piscinas olímpicas.

Buena parte de ese desperdicio ocurre cuando los alimentos ya están listos para ser consumidos: en nuestras casas, supermercados, restaurantes o verdulerías. 

Buena parte de ese desperdicio ocurre cuando los alimentos ya están listos para ser consumidos: en nuestras casas, supermercados, restaurantes o verdulerías. 

Cada año, Argentina pierde 16 millones de toneladas de alimentos, según la FAO. Esto equivale al 12,5% de toda su producción agroalimentaria. No son sólo números: detrás de cada kilo de comida que termina en la basura hay agua, energía, trabajo humano, tierra y tiempo desperdiciados. En un país que enfrenta desafíos urgentes como la inflación alimentaria y el impacto del cambio climático, esta pérdida debería dolernos un poco más.

Buena parte de ese desperdicio ocurre cuando los alimentos ya están listos para ser consumidos: en nuestras casas, supermercados, restaurantes o verdulerías. Es decir, cuando aún podrían haber cumplido su propósito.

Los consumidores jugamos un papel clave en la construcción de un sistema alimentario más sostenible. Cada decisión que tomamos —qué compramos, cuánto servimos, qué aprovechamos— tiene un efecto directo en la cadena de valor. No se trata sólo de evitar tirar comida en casa; también podemos optar por negocios que prioricen la reducción de desperdicios, apoyar iniciativas que fomenten el aprovechamiento de excedentes y exigir mayor responsabilidad a la industria alimentaria.

Se estima que un tercio de los alimentos producidos en el mundo se desperdician, lo que equivale a tirar 250 mil millones de metros cúbicos de agua al año, suficiente para llenar 100 millones de piscinas olímpicas. Cada alimento que no aprovechamos es un recurso perdido: por ejemplo, una torta desperdiciada representa 6.000 litros de agua, suficiente para hidratar a una persona por más de ocho años, mientras que un kilo de arroz tirado equivale a 2.500 litros, lo mismo que 50 duchas de cinco minutos.

Hoy, la tecnología y la innovación nos ofrecen herramientas que facilitan este cambio. Desde aplicaciones que conectan a consumidores con establecimientos que venden excedentes de alimentos hasta plataformas que promueven la economía circular, las opciones para reducir el desperdicio están al alcance de la mano. Sin embargo, estás soluciones solo son efectivas si hay un compromiso real por parte de la sociedad.

Combatir el desperdicio de alimentos no significa renunciar a la calidad ni al placer de comer bien. Al contrario, es una oportunidad para revalorizar lo que consumimos, entender mejor los ciclos de producción y hacer elecciones más conscientes. En definitiva, es una forma de ejercer nuestro poder como consumidores para transformar la industria y cuidar el planeta.

La sostenibilidad alimentaria no es una tarea titánica ni exclusiva de gobiernos y empresas. Es una responsabilidad compartida que empieza con las personas. La pregunta: ¿estamos listos para liderarlo?

CEO de Cheaf

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