23 de mayo 2013 - 08:39

Una década para reflexionar

Cristian Ritondo.
Cristian Ritondo.
Por Cristian Ritondo, especial para ámbito.com.-

La aparición del kirchnerismo, luego de la crisis de 2001, provocó una modificación notable del escenario político argentino, en sintonía con la experiencia de otros países de la región. Prácticamente desconocido para la mayoría de los argentinos, Néstor Kirchner inició una etapa nueva, caracterizada por su sello personal, a veces iracundo, otro negociador.

Paralelo a la irrupción del estilo K, la sociedad recibió con alivio la recuperación de la producción y el trabajo. Las variables económicas ordenadas durante el interinato de Eduardo Duhalde, cuyo ministro de Economía fue Roberto Lavagna, comenzaron a mejorar la situación social y el liderazgo de Kirchner se consolidó a pesar de haber asumido con el 22% de los votos, tras la deserción del balotaje de Carlos Menem.

Ello acompañado por un aumento de los precios internacionales de los commodities (la soja por las nubes) y la incorporación de China al consumo mundial, entre otras ventajas económico-financieras que dotaron al Estado de una masa de recursos inédita en la historia contemporánea.

Lamentablemente, debemos decir que el kirchnerismo desaprovechó la oportunidad de desarrollar el país y priorizó la profundización de medidas circunstanciales. Lo que era un punto de partida devino en punto de llegada. Nos referimos a los subsidios de toda clase, sin desconocer que algo había que hacer para paliar la emergencia social y la desocupación.

Pero, reiteramos, en forma circunstancial, nunca permanente. Porque hoy padecemos las consecuencias del clientelismo que ha deteriorado, por un lado, la construcción institucional. Y, por el otro, ha afianzado un círculo burocrático ajeno a la realidad del país y abocado de lleno a despilfarrar recursos públicos en la autojustificación del llamado "modelo nacional y popular". Es decir, la burocracia kirchnerista se dedica a sobrevivir ocultando los problemas reales y acuciantes a fuerza de relato oficial que no es otra cosa que la tergiversación y falseamiento del presente y del pasado reciente, y lo que es peor: la hipoteca del porvenir.

Esto es grave. En vez de debatir en el Congreso de la Nación, por ejemplo, políticas públicas acordes al siglo 21, los kirchneristas apuestan a discusiones arcaicas, alejadas de la racionalidad y el decoro de la República. Nos mienten. Nos imponen ideas agotadas en nombre de una transformación ilusoria.

Por más que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández insista con índices preparados para retroalimentar al relato, nunca nos aclara cómo combatirá la inflación o el desempleo galopante, cuándo los subsidiados -que son millones- tendrán un trabajo decente, o la educación será un instrumento de progreso y no de contención, o dejará de cobrar el impuesto al salario.

Queremos ser optimistas y siempre estamos dispuestos a salir adelante con propuestas respetuosas de la Constitución y de la voluntad popular. Sin embargo, la embestida kirchnerista contra las instituciones y los sectores críticos coartan cualquier posibilidad de alcanzar una democracia madura.

Por momentos, el grito desde el atril presidencial ensordece y el monólogo de la cadena nacional es tan fuerte que erosiona el crecimiento libre de los argentinos, sometiéndonos a un paternalismo estatal totalmente alejado de la tradición republicana y la justicia social.

Por eso, sostenemos que la década kirchnerista, antes de ser festejada o denostada debiera llamarnos a la reflexión, para que recuperemos el diálogo pluralista y abandonemos esa manía insana de hacer comparaciones impropias con la crisis de 2001 o la década de los 90. Los gobiernos deben ser juzgados por sus políticas públicas y por los recursos con que disponen para ejecutar sus programas de acción. A partir de estas premisas estaremos en condiciones de analizar sin mezquindades lo que ha hecho de positivo el kirchnerismo y lo que dejó de hacer por incapacidad, desidia o corrupción.