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En estos días se cumplen diez años de gobiernos kirchneristas, un hito prácticamente inédito para la historia política argentina y para nuestra democracia, que también en 2013 cumple tres décadas de continuidad ininterrumpida.
Mucha es la discusión alrededor del balance de este período. El relato oficial habla de una década ganada, mostrando algunos resultados que respaldan la afirmación. Otros argumentan que es una década perdida, o en la que se ha perdido una oportunidad histórica e irrepetible de consolidar de una vez por todas un sendero de crecimiento sustentable.
Sin embargo, en estos diez años en realidad se han mezclado algunos de crecimiento vertiginoso y mejoras sociales aceleradas con otros de estancamiento en ambos terrenos, en especial en la última parte. Algo que no debería llamar la atención, atendiendo la historia económica argentina de las últimas décadas. Considerar la década como un todo y como un único esquema de política económica es desde nuestra perspectiva un error. De acuerdo a nuestro diagnóstico, está compuesta por tres etapas, y no sólo una. Una diferencia que no es menor, ya que los resultados a los que se llega siguiendo este camino abren un manto de dudas acerca de las bondades de la década.
Los quiebres que marcan el paso de una etapa a otra no son del todo contundentes pero pueden identificarse de una manera más o menos clara. La primera fue la de la abundancia, entre 2003 y algún momento entre 2007 y 2008, caracterizada por un alto crecimiento en un ambiente de baja inflación, donde un mundo y condiciones iniciales muy favorables dieron márgenes notables para una política económica expansiva. Pero en la que se falló en sentar las bases para sostener el crecimiento. No hubo orden fiscal, monetario ni financiero, ni estrategia de inserción en la economía global, ni se construyeron consensos distributivos compatibles con incentivos a la inversión, entre los grandes temas.
Esto dio paso a una nueva etapa, entre 2008 y 2011, donde comenzaron a hacerse poco a poco más visibles las inconsistencias. Y en la que en lugar de mejorar y cambiar estas cuestiones se intentó emparchar las fallas de la anterior. Una etapa donde quedó de lado la abundancia, las restricciones fiscal y externa comenzaron a operar en mayor o menor medida y, por ende, los grados de libertad de la política económica se redujeron. Así, en medio de una volatilidad más acentuada de la mano de estos menores márgenes y un contexto externo convulsionado, la economía mostró mayor heterogeneidad en materia de crecimiento (con años buenos y otros malos), con una tendencia a la desaceleración. Con una característica que distinguió a la etapa: una inflación en ascenso hasta estabilizarse en niveles elevados.
Una etapa que tuvo su final en 2011. Ese año, todos los parches a las inconsistencias arrastradas desde la etapa anterior se mostraron insuficientes para contener las presiones por todos lados a la política económica. Lo que dio comienzo a la etapa de la escasez. El resultado final de este cúmulo de medidas sin una coordinación aceitada fue un cambio de régimen. No ya modificaciones sobre una misma base de política económica, sino un cambio total de las reglas de juego. Y durante este período se apagó el crecimiento. La inversión se desplomó y la economía dejó de generar puestos de trabajo en el sector privado, poniendo en peligro los logros en inclusión social.
La economía volvió así a entrar de lleno definitivamente a los ciclos de stop-and-go que la caracterizaron en toda la posguerra, con sucesión de recesiones y expansiones en el marco de inflación alta. Y nada va a desarticular estos ciclos de aquí en adelante si no se desactiva primero el negativo régimen de política económica que hoy rige. Es imposible pensar en repetir los resultados exitosos de la primera etapa si sólo hacemos cambios marginales de política económica o apostamos a la suerte (Brasil, soja, etc.).
Afortunadamente, a diferencia de la experiencia de las décadas pasadas, hoy existen diferencias no menores. El contexto internacional, representado en un precio de la soja en torno a los U$S 500 por tonelada, y una presión fiscal inédita, con una recaudación que subió 10% del PBI en todos estos años. Luce prácticamente inexplicable que haya faltante de dólares y problemas fiscales en un escenario con esas dos características. Sólo la mala praxis de las autoridades puede explicar que esto suceda. Pero, además, los problemas argentinos no son tan graves como lo fueron en el pasado, aun cuando la coyuntura sea un cúmulo de malas noticias.
Lo fundamental de la economía local no se encuentran tan fuera de línea, no sólo con respecto a décadas pasadas sino también a muchas de nuestros vecinos e incluso otros mercados emergentes. Lo que sienta las bases para una salida al actual laberinto en el que la política económica nos ha puesto. Sin embargo, hasta que no haya una decisión de afrontar las causas de los problemas en lugar de las consecuencias, esta salida seguirá brillando por su ausencia.
Por el momento, nada permite presumir que una decisión de este tipo esté próxima a tomarse. Por lo que deberemos seguir dependiendo de la suerte, con todo lo que eso implica en materia de resultados económicos y sociales, incluyendo tomar riesgos crecientes que lucen innecesarios.