La inflación es el enemigo público número uno, pero la obsesión del sector privado es la recesión. Hoy más que nunca. Después de los progresos de la lucha contra la inflación en octubre y noviembre, Wall Street recalculó la hoja de ruta que ve más probable. La Fed es tu amiga, sentencia el refrán. Y es verdad: la política monetaria no ceja en su empeño y derrama por fin resultados alentadores. Pero lo que asusta cada vez más es el fuego amigo. No la suba generalizada del nivel de precios; sí, una contracción de la economía. O sea, el alto precio a pagar por devolver la inflación al corral del 2%. Y que eso arruine los balances de las compañías (lo que no está incorporado en los precios).
Recesión: Wall Street y la suma del miedo
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El GPS de los inversores detecta un peligro inminente en el recorrido alcista del mapa de puntos de la Fed. No se consigna allí ninguna intención de dar marcha atrás hasta 2024. Y el recelo se exacerba porque toda la banca central del G10 persevera por la misma senda. ¿Es demasiado sutil advertir que la Fed, el BCE, el Banco de Inglaterra y el Banco Nacional de Suiza, todos en simultáneo, desensillaron de los aumentos de tasa de 75 puntos base y optaron por los de 50? ¿Y qué del Banco de Japón? Sin cambiar de monta, relaja las riendas del control de la curva de rendimientos, levanta el “techo” admisible de la tasa de 10 años y no arma revuelo en los mercados internacionales. En otras circunstancias, cuando la primer ministro Liz Truss, por ejemplo, pifió el “timing” de su rebaja de impuestos en Gran Bretaña, pudo provocar un momento Lehman. Pero no. El gobernador Kuroda desactivó una granada de mano y se podrá retirar en paz. Sin embargo, las señales de moderación no son suficientes. Una recesión brusca empujada por el rigor extremo de los bancos centrales es la amenaza que quita el sueño. Y lo que se pretende es un imposible. Una declaración formal de cese de hostilidades no es aceptable. Todavía la inflación es muy elevada; sobre todo, la de servicios. No hay garantías de que los progresos no se estanquen, o se reviertan. La presión tenaz del costo laboral es una rigidez que no cederá si no lo hace la demanda primero (dado que la oferta de trabajo no responde). La faena de la banca central no concluyó, aunque los mercados ansían un recreo. Están obligados a raspar más (pero hacen bien en suavizar el énfasis).
La recesión nos respiró en la nuca todo el año. La FED apretó las clavijas monetarias con inusitado vigor desde el inicio de 2022. El mercado bear de Wall Street se estrenó el 4 de enero. Las tasas cortas escalaron recién a mitad de marzo. Y ya suman 425 puntos base. La canasta de indicadores líderes, otro predictor confiable de un parate, dejó de crecer en febrero y cae desde entonces sin interrupción. Son nueve meses consecutivos en baja. La luz amarilla titilante de una probable contracción se convirtió en roja hace tiempo. Pero la recesión amaga y amaga, inclusive la dimos por sentada, y, sin embargo, no comparece. Pese a viento y marea, los indicadores coincidentes aumentan mes a mes y niegan la definición. Una recesión no crea 200 mil empleos netos por mes a menos que se haga populismo estatal (y no es el caso). Tamaña fogosidad preocupa, y sobre todo su correlato salarial. No ofrece coartada a los halcones. ¿Es inevitable entonces un choque frontal? Wall Street sufre la idea. La desvela que solo con el estruendo de una colisión, cuando ya sea tarde, se suspenda la artillería. ¿Debería la banca central informar mejor sobre sus planes? ¿Posee una estrategia para lidiar con un escenario así? Tres semanas atrás, Jay Powell en Brookings, prometió no exagerar el apretón monetario. ¿La decisión del medio punto no es un mensaje acaso? Desde ya. La Fed no quiere romper nada. Y así no eriza las tasas de largo plazo, y facilita una merma de las tasas hipotecarias cuando la recesión inmobiliaria amerita prudencia. El mapa de puntos que tanto irrita no sugiere tampoco ningún desenfreno pendiente. Apenas esboza un tramo por recorrer de 75 puntos base. En febrero, se podría regresar a los retoques de 25. Quizás sea la gota que rebalsa el vaso; presumiblemente, no. No para la economía, tal vez sí para la ansiedad agónica de los inversores. Queda claro que si la Fed hubiera querido tranquilizar, Santa Claus no se espantaría. Si hizo mutis por el foro es porque una recesión franca no es compatible con la rentabilidad que proyectan los balances y el hilo siempre se corta por lo más delgado.
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