La noticia publicada el viernes por Ámbito, sobre una nueva suspensión de la producción en la planta de Toyota, causó fuerte repercusión en la empresa y es el reflejo de un tema delicado que es prioridad principal hoy en la empresa. Fue la segunda vez en la semana pasada que la terminal no logró convocar la cantidad de operarios necesarios para hacer funcionar las líneas en las que se fabrica la pickup Hilux. El problema es que esta situación está generando consecuencias diversas, algunas lógicas, otras inesperadas. Entre estas últimas, por ejemplo, se produce un hecho insólito que sólo puede imaginarse que suceda en un país como la Argentina, acostumbrado a transitar el camino de lo absurdo. Los operarios de la automotriz festejan cada vez que se cae un día adicional de producción por su resistencia a hacer horas extras. Para los más despistados, el conflicto se origina en el rechazo a trabajar feriados por el impacto que tiene en los sueldos los descuentos por Impuesto a las Ganancias. La culpa, está claro, no la tienen los trabajadores. Con razón, entienden que su sacrificio laboral no se refleja en lo que, luego de las deducciones fiscales, llega a sus bolsillos. “No voy a perder un día de estar con mi familia si no se justifica económicamente” comentó un operario con un sentido común irrebatible. Si bien en la cúpula de la empresa lo comprenden, hay mucho malestar (pero mucho de verdad). Una parte del enojo lo canalizan por señalar a la “presión mediática” por la difusión del problema pero el tema es más serio de lo que puede contar un periodista. Acá se está hablando de plata, de productividad, de competitividad. Sólo la semana pasada, Toyota se perdió de fabricar unas 900 unidades de Hilux, el 70% para exportar. Se estima que son más de u$s15 millones que se dejan de facturar ahora. Por los altos costos y la gran presión impositiva, vender vehículos al exterior es un milagro y Toyota lo logra, con el esfuerzo de todos, desde el empleado más bajo hasta el presidente de la compañía. La mitad de los 0 km que salen del país llevan su logo en la parrilla. Todo el tiempo están luchan con la reducción de costos y para poder vender en la región. Así logran ganarle la pulseada a la planta de Tailandia, una filial que espera, con paciencia y ansiedad, un traspié de Argentina para beneficiarse con más producción. Mientras Zárate funcione correctamente, la vida de sus instalaciones está garantizada. La única garantía es esa pero si los números no cierran… Nada está asegurado. Es por eso que las autoridades de Toyota Argentina ya no saben cómo explicarle la situación a la casa matriz. Esa es la otra consecuencia que se mencionaba anteriormente, la lógica, que se desprende de esta situación: en Japón no cae para nada bien lo que sucede hoy en Argentina. Para la filial local, no poder llegar a la cantidad de unidades producidas previstas es un golpe muy duro y no saben ya como no quedar expuestos pese a los malabares matemáticos que realizan. No es un tema menor. Hay mirarlo con ojos japoneses, que son los que evalúan todo esto. No cumplir con lo proyectado, es una mancha, según la tradición de ese país. En la Argentina, puede ser habitual. El presidente de la automotriz, Daniel Herrero, no deja de pedir al Gobierno una solución. La empresa necesita vender y exportar pero también el Estado necesita dólares, lo que hace más incomprensible todo. Así no gana ninguno. Por suerte, el próximo sábado producirá debido a que los trabajadores deberán concurrir para recuperar un día perdido por falta de piezas en diciembre, dentro de lo que se denomina “banco de horas”. Pero es una excepción. Mientras espera una decisión oficial, la terminal tomó ayer una serie de medidas para reducir costos y mejorar la productividad. Tienen que ver, por ejemplo, con cambios en los protocolos de transporte que estuvieron vigentes hasta el viernes. Serán más flexibles en materia sanitaria, menos distanciamiento social, para poder trasladar más gente y mejorar la productividad. También se eliminó la separación de una hora entre la entrada de un turno y la salida de otro para mantener “burbujas”. Ahora se cruzan. Son medidas a las que tiene que apelar la compañía para cumplir con los objetivos previstos. Se pueden cuestionar por exponer a los trabajadores a un riesgo mayor. Es cierto. Pero si el Estado no entiende que su apetito fiscal pone en riesgo la actividad de una industria, la empresa buscará la forma de sobrevivir. La alternativa puede ser peor: que los operarios pierdan sus empleos.

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