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Canela: “Lo que lleva a un chico a leer es lo mismo que a un adulto”
Gigliola Zecchín, más conocida como Canela, lleva editados más de 250 libros de literatura infantil y juvenil, de los cuales 30 son propios.
Periodista: ¿Cómo surge «La silla de imaginar», el más reciente de los libros que dedicó a los chicos?
Canela: Tiene una larga historia. Daniel Roldán, gran ilustrador, tenía que ir a Bratislava, lugar donde se nuclean los ilustradores del mundo. Cada uno tiene que llevar un cuento, y él me dijo: ¿Canela, podés imaginar un cuento para mí? Yo tenía la idea de «La silla de imaginar». Se llevó el cuento, y tuvo que debatir con sus pares, por qué la pampa es lo qué es, una línea. En ningún país de los participantes había un paisaje como el nuestro, tuvo que explicar el horizonte lineal infinito. Gustó mucho el cuento. Cuando volvió de Europa trabajamos el final. Trabajamos porque la ilustración está muy involucrada con el final. Es un libro que hice con él, potenciando su trabajo. Y Roldán ganó el premio White Ravens que otorga la Internationale Jugendbibliothek de Munich, que es como el ombligo, el ónfalo, la biblioteca para niños del mundo. Allí se reciben todos los libros para niños del mundo, se codifican, se analizan y se clasifican.
P.: ¿Cuándo comenzó su interés por la literatura infantil?
C.: Mi madre nos hablaba de las filastrocche, que se parecen al nursery rimes que inspiró a María Elena Walsh. La filastrocca es un versito popular anónimo donde se dice algo muchas veces absurdo, por eso están emparentados con los poemas nonsense británicos. Mi mamá, como tenía tantos hijos y trabajar para alimentarlos, nos llenaba de versitos, de palabras, de risas, de complicidades con el lenguaje. Creo que ahí nace mi interés por las palabras. Aprendí a leer muy pronto. Cuando pasé de idioma, me enamoré del castellano. Las palabras eran mi destino. Por eso siempre he escrito mis propios guiones. Al principio me puse a adaptar cuentos, obras de títeres. Mi primer cuento, «Marisa que borra», lo envié a dos editoriales. A los dos les encantó, y yo elegí la que más me gustaba, Sudamericana. Y Gloria Rodrigué me ofreció la dirección editorial del área juvenil.
P.: ¿Y usted que le contestó?
C.: Mirá que yo no se hacer libros. Eso te lo enseñamos en poco tiempo, vos lo que sabés es comunicar, y para nosotros el libros es comunicación. Esa fue la base contractual. Me quedé, aprendí a hacer libros, y como lo primero que había leído fue mí libro, fue el primero que editamos. En esa época que un editor editara sus propios libros no estaba mal visto, porque la mayoría de los editores de aquella época surgieron del Centro Editor de América Latina. Eran editores y correctores que comenzaron a ser autores. Era una práctica común. Desde entonces tengo editados como treinta y tantos libros para niños, y después están los para adultos.
P.: La mayoría de sus libros son para el público infantil.
C.: Ahora tengo un grupo de libros, que ya forman un corpus, de poesía para adultos. Estoy terminando un libro de cuentos, concluí una novela para adultos, y tengo un conjunto de ensayos con otros autores. Desde que me dedico a los adultos en televisión, tengo esa otra necesidad expresiva. Porque son dos necesidades distintas, si bien escribir es una sola, son dos caminos distintos que van al mismo lugar
P.: ¿Cómo ve, tras ser editora y escrito tantos libros para chicos, ese género de literatura que vive un cambio muy grande?
C.: Muy grande. En la Argentina, si nos vamos al pasado, ha habido varias vueltas de tuerca. Javier Villafañe fue una vuelta de tuerca importante. María Elena Walsh la completa definitivamente, estableció un modelo a partir del cual la literatura infantil ya no fue la misma. Y hubo ramificaciones. Toda clase de expresiones. A la par se desarrolló una industria editorial que tiene que ver con la producción del libro objeto, que se ha ido magnificando, sobre todo a partir de la práctica de editoriales que hacen libros de tapa dura con lomo finito, que antes no se podían hacer. Las facilidades técnicas han colaborado en el desarrollo. Y las librerías más importantes crearon un espacio de libros para chicos que había que llenar. La gran parte de esos libros eran importados. Cuando se vio que el resultado era bueno la industria reaccionó y generó muchos libros álbum argentinos. Eso llevó a un desarrollo en la ilustración, a la relación entre texto e ilustración, y que el ilustrador se sintiera también autor, es reconocido como tal y comparte los derechos con el autor del texto. Aparte de esto, como siempre que algo funciona, se edita más de lo necesario. Hay muchos libros que podrían ser mejor pensados, ser mejor editados tanto literariamente como en la ilustración. A veces la premura o la inexperiencia de los editores produce esas cosas. Pero no hay libro que no tenga una línea que no merezca su edición. Recuerdo que en una convención de maestros pregunté cuál había sido el libro que nos marcó en la infancia, y alguien me dijo: «El Patito Coletón». Aún mirado con ternura es un libro cuyo nivel lo da el nombre, pero para esa persona era un recuerdo imborrable, acaso por la forma en que se lo leyeron o se lo dieron, y eso da una pista de cómo hacer para que el niño se encuentre con el libro: el ámbito adecuado, la posibilidad de elegir, un regalo amoroso, el momento adecuado. Como el libro para los adultos, en el fondo es lo mismo.
P.: ¿Qué piensa del fenómeno Rowling y su Harry Potter?
C.: Ahora cuando ella acaba de sacar su primera novela para adultos, «The casual vacancy», estoy leyendo «Harry Potter» a propósito de este paso que ella da. Es un paso, porque no hay diferencia. Si Harry Potter en vez de un chico fuera un adulto, si en vez de una escuela para niños y adolescentes fuera una escuela de magia para adultos, el resultado para el lector es el mismo. Lo básico es que se entienda lo que se lee, que tenga la cantidad de metáforas necesarias, una buena adjetivación, una buena puntación, que sea claramente comprensible, y que tenga un manejo del suspenso que atrape, un crescendo y un buen final. Ese es el secreto, tanto para niños como para adultos. No hay otra fórmula. Sobre todo en busca del lector medio. Después está quien va a buscar a un escritor de culto, quien va en busca de las rarezas, que las encontrará. Pero para los lectores del común, las que ha dado son para mi reglas de oro. Y aún cumpliendo con esas reglas de oro hay grandes autores. Rowling ha sido un fenómeno. Lograr que el mundo entero se interesara en libros de largo aliento fue una hazaña. Chicos no lectores, acostumbrados a cuentos, a libros sólo ilustrados, de pronto quedaron prendidos en una historia en la cual está muy bien manejada la identificación del niño con el héroe. Un héroe que es un mix de héroe y antihéroe porque le va pésimo, siempre está sufriendo, padeciendo, pero precisamente es la metáfora de la vida. Eso atrapó a los niños del mundo, porque no hay un niño que no sufra, porque si no sufre no está creciendo. Ese acompañamiento con el crecimiento de un niño es lo que ella logró. A mucha gente le resultó deleznable, a mi no, me resulta muy entretenida, y me apena que se haya hecho tan pronto de los libros una serie de películas.
P.: ¿Qué relación hay en su producción entre relato infantil y poesía?
C.: Para mi la buena escritura siempre está sustentada en un texto poético. No porque sea lírica sino porque la poesía es la que se separa del lenguaje cotidiano y lleva a otro lugar. La poesía es dueña de la metáfora, de los adjetivos, de la buena escritura. No hay un hiato tan grande, en todo caso hay un puente muy transitable entre el territorio de la poesía y el de la prosa, y el lector va de un lado a otro, y si el texto es suficientemente sugestivo seguramente su capacidad lectora va ampliarse. La poesía ocupa un papel muy importante en la primera infancia y se recupera con la adolescencia, con la expresión de los sentimientos amorosos. A mi me sale tan naturalmente la poesía para niños y para adolescentes como para adultos, es como una condición natural.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
C.: Por primera vez, una obras por encargo. La segunda parte de un libro muy exitoso sobre diez pintores argentinos, en el que escribo cuentos inspirados en sus cuadros. Es, además, un acercamiento a la historia de nuestra pintura, porque junto a las narraciones está la biografía de los artistas. Después está mi primera novela, que me llevó cinco años. Comencé con un paisaje y fue surgiendo un mundo donde no podía haber fisuras. Me hizo muy feliz escribirla. Es una novela psicológica que tiene de historia de amor, para mi fue una aventura que fue mutando al avanzar en la escritura.
Entrevista de Máximo Soto

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