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Copiar a Woody Allen no es tarea sencilla

La comedia sobre un escritor egocéntrico y autodestructivo está bien filmada y actuada (sobre todo por un inesperado Jonathan Pryce), pero intenta abarcar demasiadas cosas.

Éste es el típico ejemplo de esas comedias que podrían llegar a ser realmente divertidas si no pecaran de pretenciosas.

El director independiente Alex Ross Perry siempre se ha ocupado de historias inspiradas en ambientes literarios, y en este caso vuelve a estos círculos con la historia de los impulsos autodestructivos del personaje del título, un escritor terriblemente egocéntrico que con su estúpido e irracional comportamiento no sólo pone en riesgo el éxito de su última novela sino también el de su vida sentimental.

Jason Schwartzman es Philip, y si su talento actoral se mide por lo insoportable que debía ser su composición del personaje central, entonces debe ser genial, ya que resulta absolutamente insufrible. Pero en el elenco el que realmente se luce es un inesperado Jonathan Pryce, que venía siendo desaprovechado en demasiadas superproducciones hollywoodenses, mientras que aquí, como un escritor venerable y también egocéntrico y autodestructivo que se relaciona con Philip, realmente encuentra un papel a su altura.

Es una película interesante pero despareja, bien filmada y actuada pero que intenta abarcar demasiadas cosas y que, por otro lado, funciona como una película de Woody Allen sin Allen, lo que de por sí es algo un poco extraño.

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