Tenía apenas cuatro años cuando quedó cautivado con el ajedrez. "Fui a la casa de un compañero de jardín y me llamó mucho la atención cuando el hermano mayor sacó un tablero y se puso a jugar con el padre. De ahí en más ya no paré", recuerda. Alan Pichot tiene ahora 16, ya es campeón mundial (Argentina no tenía uno a nivel individual desde 1992) y en el 2015 tiene pensando jugar varios torneos en Europa, ya enfrentando a profesionales consagrados.
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Ahora está en San Luis, disputando el Abierto Internacional Universidad de La Punta, y es uno de los líderes del certamen y buscando la segunda norma que lo acerque a ser Gran Maestro (son tres), su próximo objetivo.
Pero como toda historia, tiene un origen y el darse cuenta de la capacidad para hacer algo. "Me pasó que me aburría bastante en el colegio y un par de veces llamaron a mi vieja para llamarle la atención. Ahí caímos en un psicólogo que me hizo unos test que dieron que mi inteligencia estaba por encima de la media. Ahí me cambié de colegio y me metí más en el ajedrez", narra el campeón del mundo.
Los resultados arrojaron que Alan cuenta con un coeficiente intelectual (131) que pertenece a ese 5% de la población que engloba a las personas más inteligentes, algo que en el ajedrez pocos han tenido, como Bobby Fisher, Garry Kasparov y Judit Polgar, únicos en superar los 150. "Igual el click lo hice hace dos años, cuando mis profesores me convencieron de que tenía que empezar a estudiar, algo que a mí no me gustaba. Me decían que tenía el talento para sobresalir, los escuché, empecé a hacerlo y así llegó el título del mundo, casi sin pensarlo", cuenta Pichot.
Fue el 29 de septiembre cuando, en Durban, Sudáfrica, Alan se consagró campeón Sub 16 tras vencer al ruso Litivinov y se convirtió en el Maestro Internacional (MI) más joven en la historia argentina. "Me veía con chances de hacer un buen papel, pero no para ganarlo. Eso sí, me cambió la vida. Tuve que empezar a dar muchas entrevistas y en algunos torneos, tras mi regreso, me jugó una mala pasada. Fue difícil manejar todo", explica quien cursaba el tercer año del secundario, pero tuvo que dejar momentáneamente para dedicarse de lleno al ajedrez: "Son al menos tres horas de estudio por día, en la compu, con mi entrenador, buscando opciones y variantes. Es algo esencial si quiero dar un salto más de calidad".
"Lo mejor de ser campeón del mundo es el reconocimiento y la oportunidad de tener más apoyo económico para continuar mi carrera, y lo peor es esa presión que tenés para seguir ganando y un poco toda esta atención que no es fácil de manejar. Algunos, por ejemplo, me preguntan si soy un genio", expresa sobre las dos caras de estar en la cima.
A la hora de describirse como jugar, Pichot asevera que es "agresivo, siempre salgo a ganar, aunque a veces sé que no me conviene tanto. Por eso, con mi técnico, estudiamos a los rivales y trato de hacer un juego inteligente, equilibrado".
Líder en el certamen que se disputa en la provincia puntana, asegura que le "gusta mucho estar acá porque es el mejor torneo del calendario, con todo el equipo olímpico argentino y varios jugadores internacionales que yo ni conocía. Pero no me sorprende porque sé que San Luis tiene tradición y viene apoyando al ajedrez para lograr tener estas competencias".
"Ganar una norma sería un buen resultado, pero sé que es difícil por la calidad de jugadores que hay. Mi idea es aprovechar la experiencia y rozarme con buenos rivales para seguir creciendo. Mi sueño es ganarme la vida jugando al ajedrez", cierra Pichot, una promesa que cada vez está más cerca de ser realidad.
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